¿A quién le pertenecemos?
¿Cuándo fue la última vez que dijimos: “Mi dueño es Jehová”?
Bueno, lo dijimos en la canción que acabamos de cantar, la 40.
Es importante que pensemos en el voto que hicimos cuando nos dedicamos.
¿Por qué?
Porque nos ayuda a centrarnos en algo esencial: nuestra relación con Jehová.
En este discurso veremos que pertenecerle a Jehová es bueno, porque con él estamos seguros.
Pero, antes de eso, analizaremos la idea de que también le pertenecemos a la congregación cristiana.
¿En qué sentido le pertenecemos a la congregación?
Bueno, los invito a buscar 1 Corintios 3.
Déjenme ponerlos en contexto.
En el primer capítulo, el apóstol Pablo explica que la congregación de Corinto estaba dividida.
Había bandos en la congregación.
Algunos tenían sus preferencias y, por ejemplo, decían “Yo soy de Pablo” o “Yo soy de Apolos”, y otros “Pues yo soy de Cefas” o Pedro.
Claro, estos hombres fieles tenían unas cualidades extraordinarias.
Pero ¿debían los hermanos centrarse en esas cualidades?
Eran excelentes pastores y maestros, y tal vez los hermanos de Corinto decían “Apolos es mi orador favorito” o “Para mí el mejor misionero es Pablo” o “Mi superintendente favorito es Pedro; él es muy humano”.
¿Qué consejo les dio Pablo?
Lo encontramos en los versículos 21 a 23.
1 Corintios 3:21-23: “Que nadie se enorgullezca de los hombres, porque todas las cosas son de ustedes: ya sea Pablo, Apolos, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, las cosas presentes o las cosas futuras.
Todo es de ustedes.
Y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios”, por supuesto.
“Que nadie se enorgullezca de los hombres”.
¿Qué significa?
Los cristianos de Corinto no tenían razones para decir que eran de Pablo, de Apolos, de Pedro… En realidad, era justo al revés.
Pablo había dicho: “Todo es de ustedes”.
Todas las cosas le pertenecen a la congregación.
Todo lo que Jehová ha hecho y organizado está a la disposición de los cristianos.
Es para su propio bien.
Pablo, Apolos y Cefas trabajaban unidos para edificar y fortalecer la congregación.
Eran de la congregación porque Jehová se los había regalado.
Se los dio para ayudarlos.
¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?
¿Dónde encajan ustedes?
Sabemos que todos ustedes hoy se gradúan de Galaad.
¿Cómo les ayudará todo esto allí donde vayan?
Bueno, todos nosotros formamos parte de la congregación cristiana y hemos dicho que a ella le pertenece todo.
Los superintendentes de circuito, los misioneros, los ancianos, los betelitas… son regalos que Jehová nos ha hecho para animarnos.
¡Qué bien nos hace sentir!
Pero le podemos dar la vuelta a esto.
Tal como Pablo, Apolos y Pedro, nosotros también, como individuos, le pertenecemos a la congregación.
En realidad, todos somos regalos para la congregación.
En otras palabras, a veces la congregación nos da ánimo y a veces somos nosotros los que damos ánimo a los demás.
Tiempo después, Pedro escribió en 1 Pedro 4:10: “Según el don que cada uno haya recibido, [fíjense en lo que dice:] úsenlo para servirse unos a otros como buenos mayordomos de la bondad inmerecida de Dios que se expresa de diversas maneras”.
Cada uno de ustedes tiene un don y son un regalo para la congregación.
Así que permítanle a Jehová que siga usándolos.
Él puede utilizarlos para demostrar su bondad inmerecida a los hermanos, pero solamente si ustedes hacen algo por ellos.
Ahora bien, en Corintios Pablo añadió una idea más.
Dijo: “Ustedes son de Cristo”.
Cristo es la cabeza de la congregación cristiana.
La congregación es como un cuerpo, y la cabeza controla el movimiento del cuerpo.
Lo dirige todo: cómo nos movemos, lo que hacemos… Así pues, ¿decidimos nosotros mismos lo que vamos a hacer en el servicio a Jehová?
Todos tenemos nuestras preferencias o soñamos con alcanzar alguna meta, pero ¿decidimos nosotros dónde serviremos?
Cuando llegué a Betel quería que me pusieran en construcción o en el Departamento de Arte.
Y me tocó encuadernación.
Pero, si vemos las asignaciones como algo que viene de Jehová o de Jesús —nuestra cabeza—, estaremos contentos.
Pensemos en los superintendentes.
¿Deciden ellos cuál será su circuito?
¿Y qué pasa con los misioneros recién nombrados?
¿Eligen ellos el país o, tal vez, la ciudad donde irán?
Ustedes saben bien que no.
Podemos compararlo con el controlador aéreo de un aeropuerto.
Mediante la organización, Jesús controla cuándo despegamos y cuándo o dónde aterrizamos.
O podría decirnos: “Por ahora no vuelas”.
Quizás no estemos listos, nos haga falta combustible o haya que retirar el avión.
Pero estamos seguros de algo: Jesús tiene el control.
En el aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey, todos los días hay unos 1.200 vuelos.
De hecho, en agosto de 2023 hubo 36.387 vuelos.
Eso requiere mucha coordinación.
Además, tienen que tener en cuenta si hay mucho viento, lluvia o tormentas de nieve, y no solo en su aeropuerto, sino en otros aeropuertos del país.
¿Qué pasaría si no hubiera nadie que controlara eso?
Los aviones chocarían unos con otros y se perderían vidas.
Seguro que habría muchos problemas.
Un caos total.
De modo parecido, Jesús dirige la congregación a la perfección.
Y nosotros nos esforzamos por obedecerlo.
Piensen en la coordinación que hace falta.
Hay que nombrar y capacitar Comités de Sucursal, superintendentes de circuito, ancianos, siervos ministeriales, precursores regulares… Sin mencionar la organización que conllevan las escuelas teocráticas: Galaad, la Escuela para Evangelizadores del Reino, para ancianos de congregación, la del servicio de precursor… Hace falta muchísima coordinación, algo comparable a lo que haría el mejor controlador aéreo.
¿No están felices de pertenecer a esta organización con Cristo a la cabeza?
Pero a veces tenemos que hacer algunos sacrificios.
El piloto no le puede decir al controlador dónde y cuándo aterrizar.
Tiene que seguir las instrucciones que le den.
En La Atalaya del 1 de agosto de 1998, está la historia de George Couch.
Muchos aquí lo conocimos.
En 1957, mientras estaban en la obra de circuito, él y su esposa recibieron la invitación de servir en Betel.
Y el primer día, el hermano Couch recibió un consejo muy directo del hermano Knorr.
¿Saben qué le dijo?
“Usted ya no es un siervo de circuito; está aquí para trabajar en Betel.
Esta es su labor primordial […], y deseamos que dedique su tiempo y […] energías a poner en práctica la preparación que reciba”.
El hermano Couch explicó que al principio lo asignaron a los departamentos de Revistas y de Envíos.
Tres años después, el hermano Knorr le comunicó la verdadera razón por la que estaba allí.
Le dijo: “Está aquí para hacerse cargo del Hogar Betel”.
En esos tres años, el hermano Couch debió preguntarse a quién se le ocurrió sacarlo de la obra de circuito para meterlo en los departamentos de Revistas y de Envíos.
Pero Jesús sabía por qué, el hermano Knorr también, y, mirando hacia atrás, nosotros también lo sabemos.
El hermano Couch estuvo a cargo de Hogar durante décadas, y lo queríamos mucho.
Y qué acertado que su biografía se titulara “Hemos hecho lo que deberíamos haber hecho”.
¡Qué buen ejemplo nos puso el hermano Couch!
¿Qué hemos aprendido hasta ahora?
“Todo es de ustedes”.
Todo le pertenece a la congregación.
Tenemos que servirnos unos a otros, cuidarnos unos a otros, como parte del mismo cuerpo.
Bien lo dijo Pablo en Romanos 12:5: “Somos miembros [de un solo cuerpo] que nos pertenecemos unos a otros”.
Y ustedes, los estudiantes, ya han demostrado eso.
Se han apoyado unos a otros.
Han apoyado a los betelitas, que también están pasando por dificultades en la vida.
También hemos aprendido que “le pertenecemos a Cristo” —la cabeza de la congregación—, y él decide cómo, cuándo y dónde le vamos a servir mejor.
Así que, sí, le pertenecemos a la congregación.
Por lo tanto, sea donde sea que se nos asigne a servir, sabemos que allí habrá hermanos a los que podremos ayudar, a los que podremos animar y fortalecer.
Tal como les ocurrió al apóstol Pablo, a Apolos y a Pedro, seremos felices sirviendo a los hermanos, ayudándolos en lo que necesiten.
Analicemos ahora el segundo punto: “Le pertenecemos a Jehová”.
¿Recuerdan el día que se bautizaron?
¿Recuerdan cómo olía el agua?
Si fue en un Salón de Asambleas, quizás olía a cloro.
O, si fue en el mar, quizás olía a salitre.
O puede que lo que más les impactara fuera la temperatura del agua.
¿Recuerdan el discurso de bautismo, o quizás las preguntas?
Todos los años escuchamos esas preguntas tres veces, en las asambleas de circuito y la regional.
“¿Se ha arrepentido de sus pecados, se ha dedicado a Jehová y ha aceptado que Jesucristo es el medio […] para la salvación?”.
Y la segunda: “¿Comprende que al bautizarse demuestra públicamente que es testigo de Jehová y que […] forma parte de la organización de Dios?”.
Delante de cientos o quizás miles de personas —y de los testigos más importantes, que están en el cielo—, primero dijimos que sí y después nos bautizamos.
¡Y con eso alegramos muchísimo el corazón de Jehová!
Pero la dedicación es algo personal.
Nuestros padres no pueden tomar la decisión por nosotros, ni nuestro maestro de la Biblia.
Es algo que hacemos cada uno.
¿Y por qué le hemos dedicado nuestra vida a Jehová?
Porque lo amamos, porque amamos su organización, porque nos encanta su personalidad.
Y ahora, aquí en Galaad, han aprendido muchas más razones por las que amar a Jehová y su organización.
¿Y qué diríamos ahora de nuestra relación con Jehová?
Quizás diríamos lo que se menciona en Isaías 44:5. Y piensen en si esto refleja lo que ustedes sienten por Jehová: “Uno dirá: ‘Yo pertenezco a Jehová’.
Otro se llamará a sí mismo por el nombre de Jacob, y otro más se escribirá en la mano: ‘Propiedad de Jehová’.
Y adoptará el nombre de Israel”.
“Propiedad de Jehová”.
Está escrito con tinta permanente.
No le podemos decir a Jehová que nos equivocamos al dedicarnos.
Hemos creado un vínculo con el Todopoderoso.
¡Qué gran privilegio pertenecerle al único Dios verdadero!
Estamos orgullosos de llevar su nombre, Jehová.
Y, en momentos como este, tal vez repitamos las palabras de Josué, quien dijo: “Los de mi casa y yo, nosotros serviremos a Jehová”.
Y, al ver que están decididos a seguir sirviéndole, la pregunta es: ¿qué siente Jehová por ustedes?
Pues veámoslo en Isaías 43:1.
“Ahora, esto es lo que dice Jehová, tu Creador […]: ‘No tengas miedo, porque yo te he recomprado.
Te he llamado por tu nombre.
Tú me perteneces’ ”.
Jehová aquí se estaba refiriendo a la nación en conjunto, pero él nos conoce de forma individual.
2 Timoteo 2:19 nos dice claramente: “Jehová conoce a los que le pertenecen”.
Jehová tiene un vínculo especial con cada uno.
Ve a cada uno de sus siervos como algo muy valioso.
Y eso es lo que Jehová siente por ustedes.
¿Será que habernos dedicado a Jehová nos protege de tener problemas?
¿Qué creen?
No.
Todos pasamos por pruebas.
Pero fíjense en estas palabras de la Biblia.
Volvamos a Isaías 43:2.
Aquí Jehová nos da esta garantía: “Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo y, al atravesar los ríos, […] no te cubrirán.
Cuando pases por el fuego, no te quemarás y las llamas no te chamuscarán”.
Me pregunto si Hananías, Misael y Azarías recordaron estas palabras cuando Nabucodonosor quería echarlos al horno de fuego.
¿Cuál es la lección?
Que Jehová no promete quitarnos las pruebas, pero nos dice: “Cuando pases por el río o por fuego, estaré contigo”.
Jehová puede calmar nuestros miedos para que podamos aguantar las pruebas y permanecer fieles aunque nos enfrentemos a la muerte.
Y ¿cómo se ve esto en la vida real?
Repasemos el ejemplo de una valiosa sierva de Dios, Valentina Garnovskaya.
Ella es una de los muchos testigos de Jehová de Rusia que permanecieron fieles pese a las terribles pruebas que vivieron.
En 1945, cuando tenía unos 20 años, un hermano le predicó.
Le hizo un par de revisitas, pero nunca volvió a verlo.
¿Qué hizo ella con el poco conocimiento que tenía de la verdad?
Comenzó a predicar.
Comenzó a hablarles a sus vecinos, y por eso la arrestaron y la condenaron a ocho años de trabajos forzados.
Cuando fue puesta en libertad, en 1953, Valentina se puso a predicar otra vez.
Pero la volvieron a arrestar y la condenaron a 10 años más.
En la foto podemos ver a Valentina y a otras hermanas mientras estaban en el campo de trabajos forzados, alrededor de 1959.
Bueno, en 1967 Valentina fue puesta de nuevo en libertad y por fin pudo bautizarse como símbolo de su dedicación a Jehová.
¡Qué increíble!
Imagínense: predicó y pasó años en campos de trabajos forzados sin estar bautizada.
Pero ahí no acabó todo.
En 1969 la arrestaron de nuevo y la condenaron a tres años más.
Nunca dejó de predicar.
Antes de morir, en el 2001, había ayudado a 44 personas a aprender la verdad.
En total pasó 21 años entre cárceles y campos.
Ella dijo: “Nunca tuve un lugar propio donde vivir.
Todas mis pertenencias cabían en una maleta.
Pero yo era feliz y me sentía satisfecha de servir a Jehová”.
¿Qué aprendemos?
“Jehová conoce a los que le pertenecen”.
Y los cuida siempre, incluso en tiempos de pruebas.
Recientemente, el fuego de la persecución ha ido creciendo y creciendo en Rusia.
Aquí tienen un collage con casi 700 fotos de hermanos rusos que han sido perseguidos por pertenecerle a Jehová.
Una de las hermanas que aparece ahí se llama Liudmila y actualmente está en la cárcel.
¿Qué delito ha cometido?
Según menciona un documento del tribunal: “Describir lo agradable que es servir a Jehová”.
¡Qué triste que persigan a nuestra hermana por eso!
Les debería dar vergüenza.
Estos hermanos son muy valiosos para Jehová, y él cuida de ellos aunque estén en la cárcel.
Mediante su Palabra les dice: “Tú me perteneces.
[…] Yo estaré contigo”.
Para estos queridos hermanos y para nosotros, que también le pertenecemos a Jehová, encontramos algo interesante en Isaías 43:13.
Dice: “Además, siempre soy el mismo; y nadie puede arrebatarme nada de la mano.
Cuando yo hago algo, ¿quién lo puede impedir?”.
Jehová dice: “Cuando yo hago algo, ¿quién lo puede impedir?”.
“Nadie puede arrebatarme nada de la mano”.
La versión anterior decía: “No hay nadie que efectúe liberación de mi propia mano”.
En otras palabras, cuando Jehová actúa contra sus enemigos —como hizo con Babilonia, según el versículo 14—, nadie puede arrebatarle la victoria.
Lo que dice ahora, “Nadie puede arrebatarme nada de la mano”, me hace pensar en las palabras de Jesús que están en Juan 10.
En el versículo 29 dice: “Nadie puede arrebatar las ovejas [las ovejas de Jesús] de las manos del Padre”.
No hay lugar más seguro que ese: las manos de Jehová.
Hagamos una breve comparación.
Pensemos en una de las creaciones de Jehová: el oso grizzly, en especial, las osas.
Ellas protegen muchísimo a sus crías.
¿Que cuánto las protegen?
Métanse entre ellas y las crías, y lo podrán ver.
Se dice que las osas pueden ser cariñosas, protectoras, dedicadas, estrictas, sensibles y atentas con sus crías.
Y también empáticas, temerosas, alegres, juguetonas, sociales y hasta altruistas.
¿Y qué hay de Jehová?
Si una osa puede ser protectora y dedicada, Jehová aún mucho más.
Jehová se preocupa por cada uno de ustedes, por todos nosotros, incluidos los hermanos que están en Rusia.
Si vivimos o si morimos, “le pertenecemos a Jehová”.
La mano de Jehová es un lugar seguro.
Y no queremos hacer nada que lo hiera y que nos saque de ese lugar.
Al contrario, queremos vivir a la altura de nuestra dedicación.
Entonces, ¿qué hemos visto?
¿A quién le pertenecemos?
Le pertenecemos a la congregación —una hermosa hermandad llena de padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, hijas…— y todos nos pertenecemos unos a otros.
“Le pertenecemos a Cristo”, que dirige la congregación, así como nuestro servicio a Jehová.
Él nos dice cuándo despegar y dónde aterrizar.
Y “le pertenecemos a Jehová”, el bondadoso Padre de una familia universal que nos ama.
Así que siempre valoremos el valioso lugar que tenemos en el pueblo de Dios.
Y, queridos estudiantes, recuerden que los amamos y que tienen nuestro apoyo.
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