Episodio 2: “Este es mi Hijo” [52:46]

En el año 15 del reinado de Tiberio César —siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes gobernante de distrito de Galilea, su hermano Filipo gobernante de distrito de la región de Iturea y de Traconítide, y Lisanias gobernante de distrito de Abilene—, en los días del sacerdote principal Anás y de Caifás, Juan, el hijo de Zacarías, recibió en el desierto un mensaje de Dios.


Este hombre vino como testigo, para dar testimonio acerca de la luz, para que gracias a él personas de todo tipo creyeran.


Juan no era aquella luz, sino que vino a dar testimonio acerca de aquella luz.


En aquellos días, Juan el Bautista comenzó a predicar en el desierto de Judea.


Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos se ha acercado.


De modo que él fue por toda la región del Jordán predicando el bautismo en señal de arrepentimiento para el perdón de pecados.


Sucedió tal como está escrito en el libro del profeta Isaías: “La voz de alguien grita en el desierto: ‘¡Preparen el camino de Jehová!


Hagan que los caminos de él queden rectos.


Todo valle tiene que ser rellenado, y toda montaña y colina tiene que ser allanada; los caminos torcidos tienen que hacerse rectos y los caminos accidentados tienen que hacerse llanos.


Todos verán la salvación de Dios’”.


Juan iba vestido con ropa de pelo de camello y llevaba un cinturón de cuero a la cintura.


Se alimentaba de langostas y miel silvestre.


Y la gente de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del Jordán iba a verlo.


Él los bautizaba en el río Jordán y ellos confesaban sus pecados públicamente.


Al ver venir a muchos fariseos y saduceos al lugar del bautismo, Juan les dijo: Crías de víboras, ¿quién les advirtió que huyeran de la ira que va a venir?


Primero produzcan frutos que demuestren su arrepentimiento.


No se les ocurra decirse a sí mismos “Nuestro padre es Abrahán”.


Porque les digo que Dios puede hacer que de estas piedras surjan hijos para Abrahán.


El hacha ya está junto a la raíz de los árboles.


Así que todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego.


Rabí.


Y las multitudes le preguntaban: Entonces, ¿qué tenemos que hacer?


El que tiene dos prendas de vestir, que comparta con el que no tiene, y el que tiene algo de comer, que haga lo mismo.


Hasta cobradores de impuestos vinieron a bautizarse.


Maestro, ¿qué tenemos que hacer?


No exijan más que el impuesto establecido.


Los soldados también le preguntaban: ¿Qué tenemos que hacer?


No acosen a nadie ni acusen falsamente a nadie; más bien, confórmense con lo que se les paga.


El pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan sería el Cristo.


Juan aclaró el asunto diciéndoles a todos: Yo, por mi parte, los bautizo con agua, pero viene el que es más poderoso que yo, y ni siquiera merezco desatarle las correas de las sandalias.


Él los bautizará con espíritu santo y con fuego.


Tiene el aventador en la mano para limpiar por completo su era y recoger el trigo y guardarlo en su granero.


Pero la paja la quemará con un fuego que no se puede apagar.


También le dio al pueblo muchos otros consejos y siguió anunciándoles las buenas noticias.


Entonces Jesús fue de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara.


Pero Juan intentó impedírselo.


Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?


Deja que sea así esta vez, porque está bien que cumplamos de este modo con todo lo que es justo.


Entonces Juan dejó de impedírselo.


En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y en aquel momento los cielos se abrieron y él vio el espíritu de Dios bajando como una paloma y viniendo sobre Jesús.


Y entonces una voz dijo desde los cielos: Este es mi Hijo amado; él tiene mi aprobación.


Enseguida, el espíritu lo impulsó a ir al desierto.


Pasó 40 días en el desierto, y fue tentado por Satanás.


Estaba rodeado de animales salvajes, pero los ángeles lo atendían.


Cuando Jesús comenzó su labor, tenía unos 30 años.


Era, según se opinaba, hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melquí, hijo de Janaí, hijo de José, hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahúm, hijo de Eslí, hijo de Nagái, hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semeín, hijo de Josec, hijo de Jodá, hijo de Joanán, hijo de Resá, hijo de Zorobabel, hijo de Sealtiel, hijo de Nerí, hijo de Melquí, hijo de Adí, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Er, hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judas, hijo de José, hijo de Jonam, hijo de Eliaquim, hijo de Meleá, hijo de Mená, hijo de Matatá, hijo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Boaz, hijo de Salmón, hijo de Nahsón, hijo de Aminadab, hijo de Arní, hijo de Hezrón, hijo de Pérez, hijo de Judá, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abrahán, hijo de Taré, hijo de Nacor, hijo de Serug, hijo de Reú, hijo de Péleg, hijo de Éber, hijo de Selá, hijo de Cainán, hijo de Arpaksad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.


Después de haber ayunado 40 días y 40 noches, Jesús tenía hambre.


Y el Tentador se le acercó.


Si eres hijo de Dios, diles a estas piedras que se conviertan en panes.


Está escrito: “No solo de pan debe vivir el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Jehová”.


Entonces el Diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: Si eres hijo de Dios, arrójate abajo, porque está escrito: “Les dará a sus ángeles órdenes acerca de ti”, y “Te llevarán en sus manos para que no te golpees el pie con ninguna piedra”.


Pero también está escrito: “No pongas a prueba a Jehová tu Dios”.


Ahora el Diablo lo llevó a un lugar alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra habitada.


El Diablo entonces le dijo: Te daré la gloria de estos reinos y autoridad sobre ellos, porque esta autoridad me la han entregado a mí y yo se la doy a quien yo quiera.


Por eso, si realizas ante mí un solo acto de adoración, todo será tuyo.


¡Vete de aquí, Satanás!


Porque está escrito: “Adora a Jehová tu Dios, adóralo y sírvele solamente a él”.


Entonces el Diablo lo dejó, y en eso vinieron unos ángeles y se pusieron a atender a Jesús.


Este es el testimonio que dio Juan cuando los judíos le enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: ¿Quién eres tú?


Él no se negó a contestar, sino que admitió: Yo no soy el Cristo.


¿Entonces qué?


¿Eres Elías?


No, no lo soy.


¿Eres el Profeta?


¡No!


Dinos quién eres, dinos, para que les llevemos una respuesta a los que nos enviaron.


¿Tú qué dices de ti mismo?


Yo soy la voz de alguien que grita en el desierto “¡Hagan que el camino de Jehová quede recto!”, tal como dijo el profeta Isaías.


Ahora bien, aquellos enviados venían de parte de los fariseos.


Y le preguntaron: Si no eres el Cristo ni Elías ni el Profeta, ¿entonces por qué bautizas?


Yo bautizo en agua.


Hay alguien entre ustedes al que no conocen.


Es el que viene detrás de mí, y yo no merezco ni desatarle las sandalias.


Estas cosas pasaron en Betania del otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.


Al día siguiente, Juan vio a Jesús viniendo hacia él.


¡Miren, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!


Este es aquel del que dije “Detrás de mí viene un hombre que se me ha adelantado, porque existía antes que yo”.


Ni siquiera yo lo conocía, pero la razón por la que vine bautizando en agua es esta: para que él fuera puesto de manifiesto a Israel.


Vi el espíritu bajar del cielo como una paloma y quedarse sobre él.


Ni siquiera yo lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: “Sabrás quién es el que bautiza en espíritu santo cuando veas que el espíritu baja y se queda sobre él”.


Y yo eso lo vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.


Al día siguiente, Juan estaba otra vez allí, acompañado de dos de sus discípulos, y al ver a Jesús caminando dijo: ¡Miren, el Cordero de Dios!


Cuando los dos discípulos lo oyeron decir eso, siguieron a Jesús.


Entonces Jesús se volvió y al ver que lo seguían les preguntó: ¿Qué buscan?


Rabí, ¿dónde te hospedas?


Vengan y verán.


Así que fueron, vieron dónde estaba hospedado y se quedaron con él el resto del día; era como la hora décima.


Andrés, el hermano de Simón Pedro, fue uno de los dos que oyeron lo que Juan dijo y siguieron a Jesús.


Encontró primero a su propio hermano, Simón.


Hemos encontrado al Mesías.


Y lo llevó adonde estaba Jesús.


Andrés.


Tú eres Simón hijo de Juan.


Tú serás llamado Cefas.


Al día siguiente, Jesús quería irse a Galilea.


Entonces encontró a Felipe y le dijo: Sé mi seguidor.


Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro.


Y Felipe encontró a Natanael.


¡Natanael, Natanael!


Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en la Ley, y también los Profetas: a Jesús hijo de José, de Nazaret.


¿Puede salir algo bueno de Nazaret?


Ven y verás.


Cuando Jesús vio a Natanael viniendo hacia él, dijo: Miren, sin duda un israelita en quien no hay engaño.


¿Cómo es que me conoces?


Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.


Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.


¿Crees en mí porque te dije que te vi debajo de la higuera?


Verás cosas más grandes que estas.


De verdad les aseguro que ustedes verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando hacia el Hijo del Hombre.


Al tercer día se celebró un banquete de boda en Caná de Galilea, y allí estaba la madre de Jesús.


También invitaron al banquete de boda a Jesús y a sus discípulos.


Cuando se estaba acabando el vino, la madre de Jesús le dijo: No les queda vino.


Mujer, ¿por qué debería importarnos a ti y a mí?


Mi hora todavía no ha llegado.


Su madre les dijo a los que estaban sirviendo: Hagan todo lo que él les diga.


Resulta que había seis vasijas de piedra para el agua, puestas allí para cumplir con las normas de purificación de los judíos.


En cada una cabían dos o tres medidas de líquido.


Llenen de agua las vasijas.


Y las llenaron hasta el borde.


Ahora saquen un poco y llévenselo al director del banquete.


Así que ellos se lo llevaron.


Cuando el director del banquete probó el agua que había sido convertida en vino, como no sabía de dónde venía (aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), llamó al novio y le dijo: Todo el mundo sirve primero el buen vino y luego, cuando la gente ya está borracha, sirve el de peor calidad.


Tú has tenido guardado el bueno hasta ahora.


Esto que hizo Jesús en Caná de Galilea fue el primero de sus milagros.


Así él puso de manifiesto su gloria, y sus discípulos pusieron su fe en él.


Después de esto, bajó a Capernaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.


Cuando faltaba poco para la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.


En el templo se encontró a los que vendían reses vacunas, ovejas y palomas..., Esto es más que suficiente por una oveja como esta.


No, no, no, no.


—¿Por qué pides más?


—Ese es el precio.


Pero es que esto es todo lo que tenemos.


¡Ovejas!


¡Ovejas!


Aquí, toma. Ya está.


...y a los que cambiaban dinero sentados en sus asientos.


¡No te puedo dar más por dos palomas!


¡Ovejas!


¡Ovejas!


No es suficiente.


No, no es suficiente.


—Gracias. ¡Siguiente!


—¡Ovejas!


Gracias. ¿Quién sigue?


Ese es el precio.


Es lo que vale.


—Eso es todo.


—¡Es demasiado!


—Circulen.


—Por favor… Márchate.


¡Ovejas! —No es justo. Venimos desde lejos.


—¡Ovejas!


¡Nos quedaríamos sin nada!


Por favor, no insistas.


¡Por favor, con esto no nos da para el sacrificio!


¡Fuera, fuera!


Así que, después de hacerse un látigo de cuerdas..., ... los echó a todos ellos del templo, junto con las ovejas y las reses vacunas..., —Mi dinero.


—... y desparramó las monedas —de los que cambiaban dinero...


—¡El dinero!


¿Qué haces?


¡El dinero!


—¡Mi dinero!


—¡Mi dinero!


¿Pero qué haces?


¿Qué estás haciendo?


—¡El dinero!


—... y volcó sus mesas.


¿Pero qué te pasa?


Y a los que vendían palomas les dijo: ¡Quiten todo esto de aquí!


¡Dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado!


Sus discípulos recordaron que está escrito: “La devoción que siento por tu casa arderá en mi interior”.


¿Tienes autoridad para hacer esto?


¡Muéstranos una señal!


Derriben este templo y en tres días yo lo levantaré.


Tomó 46 años construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?


Pero el templo del que él hablaba era su cuerpo.


Cuando fue levantado de entre los muertos, sus discípulos recordaron que él solía decir eso, y creyeron lo que decían las Escrituras y lo que Jesús había dicho.


Ahora bien, cuando estuvo en Jerusalén para la fiesta de la Pascua, muchos pusieron su fe en el nombre de él al ver los milagros que hacía.


Pero Jesús no confiaba por completo en ellos, porque los conocía a todos...


¡Por favor, abran paso!


... y no necesitaba que nadie le explicara nada sobre el hombre, ya que él sabía lo que había dentro del hombre.


Mon, 19 Jan 2026 15:54:00 +0000





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