¡Dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado!
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, un gobernante de los judíos.
Él fue a ver a Jesús de noche.
Rabí, sabemos que eres un maestro enviado por Dios, porque ningún hombre puede hacer los milagros que tú haces si Dios no está con él.
De verdad te aseguro que, si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.
¿Cómo puede alguien nacer cuando es viejo?
No puede meterse en la matriz de su madre y nacer por segunda vez, ¿verdad?
De verdad te aseguro que, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.
Lo que ha nacido de la carne es carne, y lo que ha nacido del espíritu es espíritu.
No te asombres de que te haya dicho “Ustedes tienen que nacer de nuevo”.
El viento sopla donde quiere y, aunque lo puedes oír, no sabes ni de dónde viene ni adónde va.
Así sucede con todo el que ha nacido del espíritu.
¿Cómo puede suceder esto?
¿Tú eres maestro de Israel y no sabes estas cosas?
De verdad te aseguro que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan ese testimonio.
Si les he hablado de cosas de la tierra y aun así no creen, ¿cómo van a creer si les hablo de cosas del cielo?
Además, ningún hombre ha subido al cielo excepto el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre.
Y, así como Moisés alzó la serpiente en el desierto, así tiene que ser alzado el Hijo del Hombre para que todos los que crean en él tengan vida eterna.
Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito para que nadie que demuestre tener fe en él sea destruido, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para que él juzgue al mundo, sino para que se salven por medio de él.
El que demuestra fe en él no será juzgado.
El que no demuestra fe ya ha sido juzgado, porque no ha demostrado fe en el nombre del Hijo unigénito de Dios.
Esta es la base del juicio: que la luz vino al mundo y, en vez de amar la luz, las personas amaron la oscuridad, porque las cosas que hacían eran malas.
Porque el que practica cosas malas odia la luz y no va a la luz, para que las cosas que hace no sean puestas al descubierto.
Pero el que hace lo que es verdadero va a la luz, para que se vea claramente que las cosas que hace están de acuerdo con la voluntad de Dios.
Después de esto, Jesús entró con sus discípulos en la zona rural de Judea, y allí pasó algún tiempo con ellos y estuvo bautizando.
Pero también Juan estaba bautizando, en Enón, cerca de Salim, porque allí abundaba el agua, y la gente venía y se bautizaba; y es que Juan todavía no había sido encarcelado.
Entonces los discípulos de Juan discutieron con un judío sobre la purificación.
Rabí, mira, el hombre que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, está bautizando, y todos se están yendo con él.
Nadie puede recibir nada a menos que se le haya dado del cielo.
Ustedes mismos son testigos de que dije “Yo no soy el Cristo, he sido enviado delante de él”.
El que tiene a la novia es el novio.
Pero el amigo del novio, cuando está cerca de él y lo escucha, se siente inmensamente feliz al poder oír la voz del novio.
Por eso ahora mi felicidad es completa.
Él tiene que seguir aumentando, pero yo tengo que seguir disminuyendo.
El que viene de arriba está por encima de todos los demás.
El que es de la tierra es de la tierra y habla de cosas de la tierra.
El que viene del cielo está por encima de todos los demás.
Y da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio.
El que ha aceptado su testimonio ha confirmado que Dios es fiel a la verdad.
Es que aquel a quien Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios da el espíritu generosamente.
El Padre ama al Hijo y ha entregado en sus manos todas las cosas.
El que demuestra fe en el Hijo tiene vida eterna, pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.
Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había encadenado en prisión a causa de Herodías, la esposa de su hermano Filipo.
Y es que Herodes se había casado con ella y Juan le había estado diciendo a Herodes: “No te está permitido tener a la esposa de tu hermano”.
Por eso Herodías le guardaba rencor y quería matarlo, pero no podía hacerlo, porque Herodes le tenía temor a Juan.
Él sabía que era un hombre justo y santo, y lo tenía protegido.
Cada vez que lo escuchaba, se quedaba muy confundido, sin saber qué hacer; aun así, le gustaba escucharlo.
Cuando el Señor se enteró de que los fariseos habían oído que él hacía y bautizaba más discípulos que Juan —aunque no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos—, salió de Judea y se dirigió otra vez a Galilea.
Pero tenía que pasar por Samaria.
Así que llegó a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca del campo que Jacob le había dado a su hijo José.
De hecho, allí estaba el pozo de Jacob.
Y Jesús, que estaba cansado del viaje, se sentó junto al pozo.
Era alrededor de la hora sexta.
En eso llegó una mujer de Samaria a sacar agua.
Dame de beber.
(Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos).
¿Cómo es que tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?
(Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos).
Si supieras del regalo de Dios y quién es el que te está diciendo “Dame de beber”, tú le habrías pedido agua, y él te habría dado agua viva.
Pero, señor, si ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es profundo.
¿De dónde vas a conseguir esa agua viva?
¿Acaso eres tú superior a nuestro antepasado Jacob?
Él fue quien nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y su ganado.
Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed.
El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed.
Más bien, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial que brotará para dar vida eterna.
Señor, dame de esa agua, para que no vuelva a tener sed ni tenga que estar viniendo aquí a sacar agua.
Anda, llama a tu esposo y vuelve aquí.
Yo no tengo esposo.
Tienes razón al decir que no tienes esposo, porque has tenido cinco y el hombre que tienes ahora no es tu esposo.
Lo que has dicho es verdad.
Señor, veo que eres profeta.
Nuestros antepasados adoraban a Dios en esta montaña, pero ustedes dicen que es en Jerusalén donde debemos adorarlo.
Créeme, mujer: viene la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación comienza con los judíos.
Sin embargo, viene la hora —de hecho, ha llegado ya— en que los auténticos adoradores del Padre lo adorarán con espíritu y con verdad.
Porque el Padre sin duda está buscando a personas así para que lo adoren.
Dios es un espíritu, y los que lo adoran tienen que adorarlo con espíritu y con verdad.
Yo sé que va a venir el Mesías, al que llaman Cristo.
Y, cuando el Mesías venga, él nos lo va a explicar todo.
Ese soy yo, el que está hablando contigo.
Justo en ese momento llegaron sus discípulos y les extrañó que él estuviera hablando con una mujer.
Pero, claro, ninguno preguntó “¿Qué estás buscando?” o “¿Por qué estás hablando con ella?”.
Entonces la mujer dejó allí su vasija de agua y se fue a la ciudad a decirle a la gente: “Vengan para que vean a un hombre que me dijo todo lo que yo he hecho.
¿No será este el Cristo?”.
La gente salió de la ciudad y fue a verlo.
Mientras tanto, los discípulos le insistían: Rabí, come algo.
Yo tengo un alimento del que ustedes no saben.
Nadie le trajo comida, ¿verdad?
Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y completar su obra.
¿No dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la cosecha?
Pues fíjense en lo que les digo: levanten la vista y miren, los campos están blancos, listos para la cosecha.
Ya el cosechador está recibiendo su paga y recogiendo fruto para vida eterna.
Así, el sembrador y el cosechador pueden alegrarse juntos.
Porque en esto se cumple el refrán ‘Uno es el que siembra y otro es el que cosecha’.
Yo los mandé a cosechar lo que no les costó ningún trabajo.
Fueron otros los que trabajaron duro, y ustedes se han beneficiado de su trabajo.
Muchos samaritanos de aquella ciudad pusieron su fe en él gracias al testimonio de aquella mujer, que aseguró: “Me dijo todo lo que yo he hecho”.
Así que, cuando los samaritanos lo fueron a ver, le pidieron que se quedara con ellos, y él se quedó allí dos días.
Como resultado, al oír lo que enseñaba, muchos más creyeron en él, y le dijeron a la mujer: “Ya no creemos solo por lo que tú nos contaste.
Lo hemos oído nosotros mismos y sabemos que de verdad es el salvador del mundo”.
Después de esos dos días, salió de allí rumbo a Galilea.
(Jesús mismo dio testimonio de que al profeta no se le honra en su propia tierra).
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, pues ellos también habían ido a la fiesta y habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta.
El tiempo fijado ya se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado.
Arrepiéntanse y tengan fe en las buenas noticias.
Entonces fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Y había un funcionario del rey que tenía a su hijo enfermo en Capernaúm.
Cuando este hombre oyó que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le pidió que bajara a curar a su hijo, porque estaba a punto de morir.
A menos que vean milagros y cosas impresionantes, nunca van a creer.
Señor, baja conmigo antes de que mi niño se muera.
Vuelve a tu casa, que tu hijo está vivo.
El hombre creyó lo que Jesús le dijo y se fue.
Y, mientras bajaba a su casa, sus esclavos salieron a su encuentro para decirle que su hijo estaba vivo.
Así que él les preguntó a qué hora había empezado a sentirse mejor.
La fiebre se le fue ayer a la hora séptima.
Ahí el padre se dio cuenta de que era la misma hora en que Jesús le había dicho “Tu hijo está vivo”.
Y él y todos los de su casa se hicieron creyentes.
Este fue el segundo milagro que Jesús hizo después de volver de Judea a Galilea.
Luego fue a Nazaret, donde se había criado, y, como era su costumbre en sábado, entró en la sinagoga y se puso de pie para leer.
Entonces le pasaron el rollo del profeta Isaías.
Él lo abrió y encontró el lugar donde estaba escrito: “El espíritu de Jehová está sobre mí, porque él me ungió para anunciarles buenas noticias a los pobres.
Me envió para proclamar libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos, para darles libertad a los oprimidos, para predicar el año acepto de Jehová”.
Después enrolló el rollo, se lo devolvió al ayudante de la sinagoga y se sentó.
Todos los que estaban allí tenían sus ojos fijos en él.
Hoy este pasaje de las Escrituras que acaban de oír se cumple.
Todos se pusieron a hablar bien de él y se quedaban asombrados por las palabras tan hermosas que salían de su boca.
Este es hijo de José, ¿no es cierto?
Sí, es verdad.
Sin duda me aplicarán este dicho: “Médico, cúrate a ti mismo”.
Y dirán: “Haz también en tu tierra las cosas que oímos que hiciste en Capernaúm”.
Les aseguro que ningún profeta es aceptado en su propia tierra.
¡Sí!
¡Eso!
Por ejemplo, les digo de verdad que había muchas viudas en Israel en los días de Elías, cuando el cielo estuvo cerrado por tres años y seis meses, y hubo una época de mucha hambre en toda aquella tierra.
Pero Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino únicamente a una viuda de Sarepta, en la tierra de Sidón.
Además, había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo.
Pero él no limpió a ninguno de ellos; solo a Naamán el sirio.
—Entonces, todos los que oyeron —¡Blasfemia!
estas cosas en la sinagoga se llenaron de rabia.
Así que se levantaron, lo sacaron rápidamente de la ciudad y lo llevaron hasta lo alto de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad para lanzarlo de cabeza desde allí.
Pero él pasó por en medio de ellos y siguió su camino.
Y después de salir de Nazaret se estableció en Capernaúm, que está junto al mar, en los distritos de Zabulón y Neftalí.
Esto pasó para que se cumpliera lo que se había dicho por medio del profeta Isaías: “¡Galilea de las naciones, tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, que estás en el camino que va al mar, al oeste del Jordán!
El pueblo que estaba sentado en oscuridad vio una gran luz; sobre los habitantes de una región que estaba bajo la sombra de la muerte, se alzó una luz”.
En una ocasión, Jesús estaba de pie junto al lago de Genesaret y la multitud se aglomeraba alrededor de él para escuchar la palabra de Dios.
Él vio dos barcas en la orilla del lago.
Los pescadores habían salido de ellas y estaban lavando sus redes.
Él se subió a una de las barcas y le pidió a Simón, el dueño de esa barca, que la alejara un poco de la orilla.
Entonces se sentó y comenzó a enseñar a las multitudes desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: Rema a aguas profundas y echen allí las redes para que pesquen.
Maestro, trabajamos sin descanso toda la noche y no sacamos nada; pero, porque lo dices tú, bajaré las redes.
Y, cuando lo hicieron, capturaron muchísimos peces, tantos que sus redes empezaron a romperse.
Así que les hicieron señas a sus socios, que estaban en la otra barca, para que fueran y los ayudaran.
Ellos fueron, y entonces llenaron las dos barcas.
Estaban tan llenas que empezaron a hundirse.
Al ver esto, Simón Pedro cayó junto a las rodillas de Jesús.
Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador.
Y es que él y los que estaban con él habían quedado enormemente asombrados por todo lo que habían pescado, igual que Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón.
Pero Jesús le dijo a Simón: Ya no tengas miedo.
A partir de ahora estarás pescando hombres.
De modo que, después de llevar las barcas de vuelta a la orilla, dejaron todo y lo siguieron.
Síganme y yo los haré pescadores de hombres.
