A veces nos dan una tarea o una responsabilidad, y sentimos que somos capaces de cumplir con ella.
Tal vez es algo que hicimos antes, o nos capacitaron para hacerlo, así que tenemos confianza de sobra para comenzar.
Pero luego están esas otras tareas y responsabilidades, las que nos hacen sentir totalmente abrumados; nos hacen sentir pequeños y nos parecen gigantes.
Entonces, detengámonos y pensemos: “Tal vez es algo que ya he hecho antes o tal vez no.
Pero, si ya lo hice y salió bien, ¿qué fue lo que hizo que saliera bien?
Y ¿cómo me podría servir esto de ahora en adelante?”.
El texto para hoy, que es Marcos 1:11, nos dice cuáles son los ingredientes —la receta, la fórmula— para que las cosas salgan bien.
Leámoslo juntos, pero antes veamos el contexto de lo que estaba pasando aquí.
Sea que nos tengamos que enfrentar a un desafío pequeño, mediano, grande o incluso aunque sea gigante, hay algo que nos va a ayudar.
Vamos a empezar con Marcos 1:9.
Aquí vemos que Juan está bautizando a Jesús en el Jordán, y el 10 dice: “En cuanto salió del agua, vio que los cielos se abrían y que el espíritu [es decir, el espíritu de Dios] bajaba sobre él como una paloma.
Y de los cielos salió una voz [la voz de Dios] que dijo: ‘Tú eres mi Hijo amado.
Tú tienes mi aprobación’.
Enseguida, el espíritu lo impulsó”.
¿Lo impulsó a qué?
“A ir al desierto.
Pasó 40 días en el desierto, y fue tentado por Satanás.
Estaba rodeado de animales salvajes”.
Era una comisión muy difícil, pero notemos lo que hizo Jehová por su Hijo amado: Jehová envió ángeles.
¿Para qué?
Para que atendieran a su Hijo.
Pensemos en cómo debió sentirse Jesús cuando escuchó la voz de su Padre que le decía: “Te quiero, hijo mío.
Tienes mi aprobación.
Tienes todo mi apoyo, y estoy a tu lado”.
Seguro que le llegó al corazón, seguro que se alegró mucho y le dio la confianza que necesitaba para hacer lo que se le había asignado.
La nota de estudio “Tú tienes mi aprobación” es muy interesante.
Dice que también puede significar “Estoy muy complacido contigo” o “Tú me das mucha alegría”.
Es casi como si Jehová le dijera a Jesús: “Hijo mío, te quiero, te quiero muchísimo.
Estoy muy orgulloso de ti.
Siempre te he apoyado y lo seguiré haciendo.
Siempre estaré contigo”.
Y Jehová lo hizo.
Desde que Jesús comenzó su ministerio en la Tierra hasta que dio su último aliento y murió y dio su vida por nosotros, tuvo que enfrentarse a muchas muchas situaciones difíciles que una y otra vez pusieron a prueba su fe.
Pero, a pesar de todo eso, cumplió con su asignación.
¿Cómo?
Pues, aunque era perfecto, no se creía autosuficiente, no confió solo en sí mismo.
Confiaba en la ayuda que le daba Jehová, se apoyaba en él.
Lo fortaleció escuchar la voz de Jehová.
Además, tenía su Palabra escrita y su espíritu santo.
También lo fortalecieron sus hermanos celestiales, los ángeles.
¿Qué aprendemos de esto?
Pues muchas cosas.
De los ángeles, aprendemos que no tenemos por qué haber pasado por las mismas pruebas o situaciones que otros para poder animarlos o fortalecerlos.
También aprendemos algo del ejemplo de Jehová: él le dio a Jesús el apoyo y la confianza que necesitaba para cumplir con su asignación.
¿Verdad que nos anima cuando alguien se da cuenta de algo que hicimos bien y nos felicita?
Ya sea en Betel, en la congregación o en cualquier otro lugar.
Nuestros amigos en Betel y en la congregación, nuestros compañeros, nuestra familia…, todos necesitan cariño y todos necesitan ánimo.
Y, cuando los felicitamos, los fortalecemos, les damos el ánimo que necesitan para seguir sirviendo a Jehová lealmente y con alegría a pesar de cualquier situación difícil
a la que se enfrenten.
Queremos demostrarles a los demás cuánto los valoramos diciéndoselo, y eso es justo lo que Jehová hizo con Jesús.
Y, cuando estuvo en la Tierra, Jesús también hizo eso todo el tiempo.
Cuando les decimos a los demás que los valoramos, ellos pueden ver que nos damos cuenta de su buen trabajo y que estamos agradecidos por todo lo que hacen.
Todos nuestros hermanos necesitan escuchar palabras de ánimo.
Una hermana dijo: “En el trabajo es raro que alguien te dé una palmadita en el hombro.
El ambiente es frío y competitivo.
Por eso me siento tan contenta cuando un anciano me dice que valora lo que hago en la congregación”.
Ella dice cómo se siente: “¡Me da muchas fuerzas! […] Es una muestra del amor de mi Padre celestial”.
Aunque sabemos lo que se siente, esta hermana lo expresó muy bien.
Preguntémonos: “¿Convertimos nuestros pensamientos en palabras y esas palabras en acciones?”.
Si ves algo bueno en otros, díselo, no te lo guardes.
Eso es exactamente lo que hizo Jehová.
Cuando felicitamos de corazón a los demás, hacemos que se sientan mejor y más felices y, además, los ayudamos a superar problemas tan grandes como gigantes.
Y, hablando de problemas gigantes, ¿les viene a la mente alguien que se enfrentara a un gigante de verdad?
Cómo no, David.
Y ya sabemos lo que pasó cuando David era solo un muchacho.
Con la ayuda de Jehová acabó con un gigante, con Goliat.
Pero años más tarde, cuando David y sus hombres peleaban contra los filisteos, esta vez David se enfrentó a otro gigante.
¿De quién estamos hablando?
Nos referimos al gigante llamado Isbí-Benob.
Tal vez lo recuerden.
Daba mucho miedo.
Pero solo sería un gigante más para David, ¿no?
Pues no.
Veamos lo que pasó en 2 Samuel, capítulo 21, y leeremos desde el versículo 15.
Pero fijémonos en cómo cambia la historia esta vez.
2 Samuel 21:15: “Una vez más, estalló la guerra entre los filisteos e Israel.
Así que David bajó con sus siervos y peleó contra los filisteos, pero empezó a sentirse muy cansado.
Uno de los descendientes de los refaím, llamado Isbí-Benob, que tenía una lanza de cobre que pesaba 300 siclos [unos 4 kilos o unas 8 libras] y una espada nueva, quiso matar a David”.
Sin embargo, “enseguida Abisái hijo de Zeruyá vino a salvarlo”.
¿Qué hizo Abisái?
“Atacó al filisteo y lo mató”.
Ahora la cosa había cambiado: David casi muere al enfrentarse a un gigante.
¿Por qué?
Bueno, no es que David perdiera el valor; simplemente perdió las fuerzas.
El versículo dice que David “empezó a sentirse muy cansado”.
En cuanto el gigante se dio cuenta de que David estaba agotado, agarró su espada nueva y fue directo hacia él para matarlo.
Quería acabar de una vez por todas con el matagigantes, con el rey.
David necesitaba ayuda, y la necesitaba desesperadamente.
Y en el versículo 17 leemos que “enseguida”, de inmediato, Abisái vino a ayudarlo.
Menos mal.
Seguro que David estaba muy agradecido de que Abisái se diera cuenta de lo que le estaba pasando y le quitara de encima ese problema gigante.
De hecho, en los versículos 16 a 22 se dicen los nombres de cuatro gigantes de los refaím de Gat, una raza de gigantes.
Estaba Isbí-Benob, Saf y un tal Goliat, que no sabemos si era hermano de Goliat o era otro que se llamaba igual.
Y había uno que destacaba todavía más.
No sabemos su nombre, pero la Biblia dice que era “un hombre de tamaño extraordinario”.
¿Y qué más dice sobre él?
Que tenía “6 dedos en cada mano y 6 dedos en cada pie, 24 en total”.
Estos gigantes daban miedo, pero la verdad es que no eran nada comparados con Jehová.
Entonces, ¿qué aprendemos de este relato?
Los gigantes no son rival para Jehová ni tampoco para sus siervos leales, porque él los apoya.
Por eso el versículo 22 dice que estos cuatro gigantes murieron a manos de David y a manos de sus siervos.
En este mundo malvado, estamos constantemente luchando contra las preocupaciones y también podríamos sentirnos cansados; podríamos desanimarnos.
Cuando nos sentimos así, somos más vulnerables, y es más fácil que nos derribe algún gigante como un problema, una asignación o una responsabilidad con la que habíamos cumplido bien en el pasado pero que ahora se nos está haciendo muy difícil.
Al enfrentarnos a estos desafíos, nos anima mucho saber que Jehová nos da su aprobación, nos da su apoyo y nos ama.
Y también contamos con el apoyo de nuestros hermanos que, al igual que Abisái, están pendientes de lo que nos pasa, listos para ayudarnos.
Nosotros podemos animar a los demás con cosas sencillas: escucharlos, enviarles un mensaje, llamarlos, preocuparnos por ellos.
Así que convirtamos nuestros pensamientos en palabras y esas palabras en acciones.
Con la aprobación, el apoyo y el amor de Jehová, Jesús venció al mundo, y David y sus hombres vencieron a gigantes.
¡Nosotros también podemos superar cualquier problema, incluso los gigantescos!
Porque nuestro Dios, Jehová, está a nuestro lado.