“¿Qué tengo que hacer?”.
¿Se han preguntado esto alguna vez?
Si son como yo, seguro que se lo preguntan todos los días, y quizá hasta muchas veces.
“¿Qué es lo que tengo que hacer ahora?”.
Pero hay otra pregunta que deberíamos hacernos, y quizá no nos la hemos hecho desde hace algún tiempo: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
Quizá te hiciste esta pregunta cuando empezaste a estudiar la Biblia, y con razón.
O puede que durante las clases de Galaad te lo preguntaste en más de una ocasión.
Pues la Biblia dice que hubo dos hombres que le hicieron a Jesús esta misma pregunta.
Los dos se la hicieron durante los últimos seis meses del ministerio de Jesús en la Tierra.
Y, aunque la pregunta era la misma, la respuesta fue diferente.
Veamos la primera.
Lucas 10:25: “Un hombre experto en la Ley se levantó para ponerlo a prueba y le preguntó: ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’”.
Pero Jesús tuvo en cuenta que ese hombre ya conocía muy bien la Ley.
Probablemente sabía la respuesta.
Quizá lo que en verdad quería no era una respuesta, sino probar a Jesús.
Y ¿qué hizo Jesús?
Él deja que sea el hombre el que responda a la pregunta.
Versículo 26: “¿Qué está escrito en la Ley?
¿Qué lees en ella?”.
En el versículo 27, el hombre da una respuesta impresionante.
En solo una frase, consigue resumir por completo la Ley de Moisés.
Y lo hace exactamente de la misma manera como lo había hecho Jesús en dos ocasiones anteriores.
Claro, Jesús se queda impresionado y le dice en el 28: “Contestaste correctamente; sigue haciendo eso y conseguirás la vida”.
Aquí hay dos lecciones.
Cuando hablamos de la Biblia con la gente en la predicación, a veces nos damos cuenta de que tienen algo de conocimiento.
Devolvámosle la pregunta, “¿Usted qué piensa?”, o mejor, “¿Qué dice la Biblia?”.
Otra cosa que podemos hacer está en el versículo 28.
Felicitemos a la persona si responde bien.
Hagámosle ver que puede alcanzar la vida eterna.
Aquel hombre preguntó de nuevo y dejó ver otra intención.
Pasó de interrogar a Jesús a querer demostrar que él era justo.
En el 29 pregunta: “¿Quién es en realidad mi prójimo?”.
Siendo un judío experto en la Ley, también sabía la respuesta a esta pregunta, ¿verdad?
Quizá estaba pensando: “Jesús me va a decir lo que quiero oír, que mi prójimo son mis amigos judíos, quizás los de mi pueblo, especialmente los que obedecen la Ley”.
Así que la pregunta no era muy sincera; era capciosa.
“¿Quién es en realidad mi prójimo?”.
¿De verdad quería saber eso?
Entonces, ¿qué hace Jesús ahora?
Para evitar que este hombre se salga con la suya y corregir su punto de vista sobre el prójimo.
Como bien sabemos, Jesús aquí usa una parábola muy bonita, la del buen samaritano, y describe una situación en los versículos 30 a 32.
Un hombre va de camino de Jerusalén a Jericó, lo atacan unos ladrones, lo desnudan, lo golpean, lo dejan medio muerto… Y da la casualidad de que un sacerdote pasa por allí, pero no se detiene, pasa de largo.
Y lo mismo sucede con un levita; otro que también pasa de largo.
Estos dos hombres tenían responsabilidades en la organización de Dios.
¡Qué frialdad!
¡Qué insensibles!
¿Otra lección para nosotros?
Puede que tengamos responsabilidades en la organización de Jehová.
Nunca permitamos que eso nos vuelva insensibles a las necesidades de los demás y que no estemos dispuestos a sacrificar nuestro tiempo para ayudar a alguien.
Y ahora llega un samaritano, versículos 33 y 34.
Él viajaba por ese camino y, al ver al hombre, se conmovió profundamente.
Le echa aceite y vino en las heridas, se las venda, lo monta en su propio animal y lo lleva a una posada.
Y al parecer se queda allí con el hombre todo el día.
Al día siguiente (versículo 35), saca dos denarios (el salario de dos días de trabajo) y se los da al dueño de la posada y le dice: “Cuídalo, y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”.
El salario de dos días.
Seguramente le dio todo lo que llevaba, porque iba a tener que volver para darle más dinero.
Y todo por un hombre que era judío, alguien que en circunstancias normales ni lo saludaría.
Entonces Jesús le hace otra pregunta, pero ahora cambia la pregunta que había hecho el hombre, no “¿Quién es mi prójimo?”, sino “¿Cuál de los tres piensas que se hizo prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”.
Esa sí es una buena pregunta.
No “¿Quién es mi prójimo?”, sino “¿Cómo puedo hacerme yo prójimo?”.
El hombre capta la idea y vuelve a contestar correctamente.
No dice el samaritano; no está dispuesto a hacerlo.
Pero dice: “El que lo trató con compasión”.
Entonces Jesús le dice: “Vete y haz tú lo mismo”.
Y ahí termina el relato, con un toque final positivo.
Cuánto aprendemos aquí sobre cómo hablar con la gente en el ministerio o en nuestras conversaciones del día a día en el trabajo con nuestros hermanos.
Cuando alguien nos haga una pregunta, no le restemos valor a la pregunta.
Más bien, ayudémosle a llegar a la conclusión correcta.
No critiquemos a alguien porque creamos que su motivación no es la mejor.
Respondamos con cariño.
Quizá un ejemplo o una comparación lo ayude a captar la idea.
Bueno, como les dije, esta no es la única vez que Jesús lidió con esa pregunta.
Veamos ahora la otra ocasión.
Esa la encontramos en Lucas 18:18.
Aquí nos encontramos con un hombre que no era un experto en la Ley, era un gobernante.
La Biblia dice que “era muy rico”.
Y otro Evangelio añade que era joven.
Rico, joven y gobernante; estos tres ingredientes no siempre combinan bien.
Veamos el versículo 18.
La conversación comienza con este hombre que corre hacia Jesús, se arrodilla y le dice: “Buen Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
Claro, Jesús no puede quedarse sin decirle que no está bien darle a él un título que solo le pertenece a Jehová, el título de “Buen Maestro”.
Por eso en el versículo 19 lo corrige amablemente.
Después, en el versículo 20, Jesús menciona algunos de los Diez Mandamientos.
Pero, en el 21, el hombre dice: “Todo esto lo llevo obedeciendo desde muy joven”.
En otras palabras, “¿Qué más tengo que hacer?”.
Después de escucharlo, Jesús se da cuenta de que a este hombre le falta algo por hacer.
22: “Te falta una cosa: vende todo lo que tienes y reparte lo que saques entre los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos.
Luego ven y sé mi seguidor”.
Bueno, esto era demasiado para él.
El relato de Marcos nos dice que en ese momento Jesús sintió cariño por el hombre, porque vio que de verdad era sincero.
Pero, aunque el hombre tenía buenas intenciones, no pudo obedecer.
“Al oír esto, […] se entristeció muchísimo, ya que era muy rico”.
Marcos dice que “tenía muchas posesiones”.
Bueno, de este relato aprendemos varias cosas.
Aprendemos que hay personas con buenos motivos que no tienen buenas cualidades.
En este caso, él estaba muy apegado a sus posesiones, y eso le impidió aprovechar una preciosa oportunidad de oro: ser seguidor de Jesús.
De estos dos relatos extraemos varias lecciones.
La primera es que cualquier buen samaritano puede enseñarnos algo.
¿Les ha pasado eso alguna vez?
A mí sí.
Hace muchos años, iba con mi auto y se me pinchó una rueda.
Tenía una de repuesto, pero no tenía las herramientas.
En esa época no había celulares.
Caminé hasta una casa cercana y dije: “¿Puedo usar su teléfono, por favor?
Necesito una grúa”.
Y el hombre dijo: “Pero ¿qué pasó?”.
“Tengo que cambiar una rueda”.
“Yo le ayudo”.
Él salió de su casa, agarró las herramientas y en pocos minutos cambió la rueda.
Mientras lo hacía, yo pensaba: “Es de otra religión, de otra cultura, tiene antecedentes distintos… y me está cambiando la rueda”.
Cuando me fui, pensé: “Hoy Jehová me enseñó algo usando a un ‘samaritano’”.
Así que ¿qué aprendemos?
Pues que no es mala idea de vez en cuando hacer esa pregunta, ¿verdad?
Aquellos dos hombres la hicieron.
Tristemente, al menos uno no hizo caso.
Pero, si de vez en cuando le decimos a Jehová: “Por favor, dime qué debo hacer para heredar la vida eterna”, seguro que Jehová nos contestará la oración.
Quizá por medio de nuestro estudio personal o incluso quizás por medio de un “samaritano”.