Mark Noumair: Yo me aferro a ti, y tú me agarras a mí

Hermanos, en este discurso vamos a ver lo poderoso que es el amor leal.

Porque esta cualidad, el amor leal, y el poder que tiene, puede ayudarlos a enfrentarse a los desafíos, a las dificultades, y a hacerlo confiando en Jehová.

¿Recuerdan la definición de amor leal?

Bueno, fue una pregunta de uno de los exámenes.

La respuesta era: “Es el amor motivado por un fuerte compromiso y un apego profundo”.

Y leamos cómo describe el rey David el amor leal que había entre él y Jehová.

En el Salmo 63:8, dijo: “Me aferro a ti; tu mano derecha me agarra con fuerza”.

Así que esto es el amor leal: “Yo me aferro a ti, y tú me agarras a mí”.

Vayamos ahora al primer siglo.

Había una mujer, una mujer que era un ejemplo sobresaliente de aferrarse a Jehová.

Se trata de Ana.

¿Qué hizo?

Vamos a verlo.

Vayamos a la Biblia, a Lucas 2:36, 37, y veamos qué podemos aprender y cómo aplicarlo: “También había allí una profetisa, Ana hija de Fanuel, de la tribu de Aser.

Era una mujer de avanzada edad que, después de casarse, había vivido con su esposo siete años y ahora era una viuda de 84 años de edad.

Siempre estaba en el templo, donde prestaba servicio sagrado día y noche ayunando y haciendo ruegos”.

Bueno, aquí está.

Esto es todo.

Lo único que sabemos de Ana es esto, lo que escribió Lucas.

Cuando Lucas nos la presenta, Ana tiene 84 años de edad.

Seguro que no vivió lo suficiente como para ser seguidora de Jesús, para ser ungida con espíritu o para predicar las buenas noticias del Reino.

Eso es todo.

Claro, si solo nos quedamos con esto.

¿Pero y si no?

¿Y si profundizamos?

¿Cómo les puede ayudar el ejemplo de Ana?

Vamos a verlo.

Ana nació alrededor del año 86 antes de nuestra era.

Cuando tenía 23 años de edad, en Jerusalén había mucha violencia y conflictos.

Había luchas entre los líderes judíos, como los macabeos, hasta que llegó el general romano Pompeyo.

El ejército romano vino para poner orden, y unos 12.000 judíos murieron en esa guerra.

Y es posible que el esposo de Ana fuera una de las víctimas.

Luego, cuando Ana tenía 47 años, los romanos nombraron a Herodes rey de Judea. ¿Herodes?

Este hombre no era descendiente de David.

Ni siquiera era israelita, era un edomita.

Los edomitas eran archienemigos de la adoración verdadera.

Y, para colmo, los hipócritas líderes religiosos judíos le hacían la vida imposible a la gente, incluso a las viudas como Ana.

Así que tuvo que ver cómo la “casa de oración” de Jehová, el lugar que tanto amaba, se convirtió en una “cueva de ladrones”.

La adoración pura se estaba apagando.

¿Qué haría Ana?

Podría haber tropezado.

Podría haber pensado: “Siempre he apoyado la adoración verdadera.

He tenido fe en las profecías sobre la llegada del Mesías.

Voy al templo todos los días.

He hecho lo que es correcto.

Pero las cosas van de mal en peor.

Dios dejó morir a mi esposo, un edomita está reconstruyendo el templo… ¿Qué está pasando?

¿Nos habrá dejado Jehová?

¿Debería yo dejarlo a él?”.

Ana pudo haberse rendido, pudo haberse amargado, pero no lo hizo.

¿Por qué? ¿Por qué?

Porque su amor leal estaba arraigado en su corazón.

Y eso la ayudó.

Su amor leal era profundo y tenía las raíces bien agarradas a Dios.

Eso le dio el poder para seguir aferrada a él a pesar de las circunstancias.

Ana estaba decidida a servir a Jehová y a darle lo mejor.

¿Y qué es lo que hizo ella?

Leámoslo de nuevo en el 37.

Ana “siempre estaba en el templo”, estaba en el lugar correcto.

“Prestaba servicio sagrado día y noche”, hacía lo que es correcto.

“Ayunando y haciendo ruegos”, tenía la actitud correcta.

Estaba haciendo lo correcto, en el lugar correcto, con la actitud correcta.

Aunque Ana era una mujer mayor que parecía ser frágil, nada le impidió aferrarse a su mejor amigo, Jehová.

Era como si Ana dijera: “Me aferro a ti, Jehová”.

Y él vio su amor leal.

En Lucas 2:38 dice que Ana estaba presente en el templo cuando Jesús era un bebé y sus padres lo llevaron allí.

¿Y qué hizo ella cuando lo vio, según el versículo 38?

Dice que “se acercó a ellos y empezó a darle gracias a Dios y a hablar acerca del niño a todos los que estaban esperando la liberación de Jerusalén”.

¿Notaron la alegría de Ana?

¿Se imaginan cómo se sintió al ver y, quizás, al tener en sus brazos al futuro Mesías?

Esto era algo que aquella anciana jamás se hubiera imaginado en toda su vida.

El bebé que estaba viendo era una prueba, una prueba sólida, una evidencia clara de que Jehová no había abandonado a su pueblo.

Y tampoco había abandonado a Ana.

No fue solo que Ana se aferró a Jehová, sino que Jehová la agarró a ella.

Y además… además la recompensó.

Eso es el amor leal.

La fe de esta mujer era tan conocida que unos 50 años después, 50 años después, Lucas se sintió impulsado a escribir sobre ella.

¿Cómo sabía Lucas toda esta información?

¿Quién se la contó?

¿Quizás habló con María o la entrevistó?

¿O los mayores le dijeron: “Había una mujer llamada Ana, siempre estaba en el templo, nunca faltaba”?

No lo sabemos.

Pero lo que sí sabemos es que Jehová inspiró a Lucas para que escribiera sobre ella en la Biblia y que esto nos sirva de lección a nosotros.

Y aquí estamos unos 2.000 años después, usando su vida como ejemplo de completa lealtad, de integridad inquebrantable.

Hacen bien en imitarlo.

Entonces, ¿qué pueden aprender ustedes de Ana?

Puede que afronten una pérdida de algún tipo.

Tendrán que soportar las imperfecciones de los demás.

Puede que alguien los ofenda o que tengan que enfrentarse a ciertos cambios en su vida que no son agradables.

O quizás puede que piensen que alguien en la organización los ha tratado injustamente o que los ha juzgado mal.

¿Qué harán entonces?

Esto es lo que van a hacer: se aferrarán a Jehová.

Y verán cómo él los agarra con fuerza.

Se aferran a él, y él los agarra a ustedes.

Por ejemplo, recuerdo a un hermano que servía en una congregación de otro idioma que dejó de ser anciano por culpa de un malentendido.

Él pensaba que la decisión era injusta y estaba muy dolido.

Pero él y su esposa no dejaron de aferrarse a Jehová y siguieron con su rutina espiritual.

Un día en una asamblea regional, un hermano se le acercó y le dio las gracias por el discurso que había dado.

Él había ayudado en el departamento de Limpieza, pero no había dado ningún discurso.

Entonces el hermano le dijo al que había sido anciano: “Veo tu sonrisa, tu actitud positiva… Así que para mí diste un discurso sobre la lealtad.

Hablaste fuerte y claro”.

El hermano que había sido anciano cuenta: “Aquello nos enseñó mucho a mi esposa y a mí.

Ningún problema ni desgracia tienen que ser una amenaza para nuestra espiritualidad.

No deben desanimarnos de servir a Dios.

Hemos visto que, si nos equivocamos, nos rechazan o nos juzgan mal, no es que hicimos algo malo, sino que es algo que le pasa a todo el mundo.

En lugar de hundirnos, crecimos”.

Así que esta pareja no se centró en sus problemas.

Se aferró a Jehová.

¿Cómo?

Imitando a Ana.

Ellos siempre estaban adorando a Jehová (estaban en el lugar correcto), prestando servicio sagrado día y noche (hacían lo que es correcto), “ayunando y haciendo ruegos”, y a veces hacían esos “ruegos” con lágrimas en los ojos, pero con la actitud correcta.

Y Jehová los agarró con fuerza, nunca los soltó.

Ese hermano sigue en una congregación de otro idioma.

Volvió a ser anciano y da unos discursos excelentes.

Hermanos, ¿qué queremos recordar de este discurso?

Queremos recordar esto: cuando se les presenten pruebas (que se presentarán), o cuando vengan desafíos (que vendrán, porque así es la vida), estén en el lugar correcto, hagan lo que es correcto y tengan la actitud correcta.

Si hacen esto, estarán diciendo: “Jehová, me aferro a ti y confío en que tú me agarras a mí”.



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