Codicia: todo lo que esta palabra representa va en contra de lo que significa ser un auténtico cristiano.
Se ha definido la codicia como “un deseo egoísta y exagerado de tener más de lo necesario”.
En japonés, codicia se dice Don’yoku, que es una palabra que se forma al unir dos caracteres chinos.
El primero significa “desear algo tanto, que nunca se está satisfecho”.
Y el segundo significa “tener un deseo, un anhelo desesperado por algo”.
Al ponerlos juntos se forma una palabra nada agradable.
Para aprender más sobre la codicia, leamos Colosenses 3:5.
A menudo usamos este texto para mostrar que tenemos que evitar la inmoralidad sexual.
Pero también nos enseña que la codicia es un pecado muy grave.
Pero ¿de verdad es tan grave?
Veámoslo en Colosenses 3:5: “Den muerte a los miembros de su cuerpo que están en la tierra en lo que tiene que ver con la inmoralidad sexual, la impureza, la pasión sexual descontrolada, los malos deseos y la codicia, que es idolatría”.
Ahora bien, ¿por qué equipara Jehová la codicia con la idolatría?
La codicia es un deseo fuera de control.
Y, si perdemos el control de nuestros deseos, estos se convierten en nuestro dueño, el amo al que servimos.
De hecho, estos deseos llegan a ser nuestro dios.
Anteponemos nuestros deseos a nuestra adoración a Jehová, y eso es idolatría.
¿Pero es idolatría querer una casa más grande o un auto más nuevo?
No necesariamente.
Una familia con hijos puede tener buenas razones para querer una casa más grande.
O un precursor que predica en un territorio rural y tiene un auto destartalado tal vez necesite, y con razón, tener uno en mejores condiciones.
Entonces, ¿cómo podemos saber si hemos cruzado la línea que separa un deseo legítimo de la codicia?
Una manera de saberlo es haciéndonos dos preguntas.
La primera: “¿Cuál es el verdadero motivo por el que quiero algo?”.
Y la segunda: “¿Realmente necesito tenerlo?”.
Para ayudarnos a saber si hemos cruzado la línea, vamos a poner un ejemplo.
Podemos comparar la diferencia entre un deseo legítimo y la codicia con la diferencia entre una pequeña fogata y un incendio forestal.
Los deseos normales son como una fogata que nos sirve para cocinar y calentarnos.
Pero la codicia es como un incendio descontrolado que consume todo lo que se encuentra a su paso.
Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que dejaron que sus deseos se salieran de control: Adán y Eva, Acán, Balaam, Guehazí, los israelitas que recogieron codornices y Judas Iscariote.
Así que la codicia es muy peligrosa incluso para los siervos de Jehová.
Tito 1:7 y 1 Timoteo 3:8 dicen que, si un hombre es codicioso, no reuniría los requisitos para ser siervo ministerial o anciano en la congregación.
Esto tal vez indica que en el siglo primero algunos cristianos se volvieron codiciosos.
Hoy día vivimos en un mundo dominado por la codicia.
Así que es importante que no nos dejemos contagiar por ese espíritu tan desagradable y anticristiano.
Podemos conseguirlo: primero, si mantenemos nuestros deseos bajo control y, segundo, si nos mantenemos enfocados en nuestro servicio a Jehová.
Jesús dejó clara esta idea en los versículos anteriores al texto de hoy.
Vayamos a Lucas, capítulo 12, y veamos qué fue lo que llevó a Jesús en el versículo 15 a advertir a sus discípulos contra la codicia.
En Lucas 12:1, Jesús les dijo a los que le estaban escuchando que tuvieran cuidado con la hipocresía de los fariseos.
Luego en los versículos 4 y 5 él les dice que “no teman a los que matan el cuerpo” pero no pueden robarles la esperanza de la vida eterna.
Después, en los versículos 6 y 7, les asegura a sus discípulos que “valen más que muchos gorriones”.
Y en el 12 les promete que, cuando prediquen, el espíritu santo les ayudará a saber qué decir.
Estos eran asuntos muy serios.
Eran cosas que los discípulos y la gente que estaba allí necesitaba escuchar.
¿Y qué pasa entonces?
Versículo 13.
De pronto un joven dice en voz alta: “Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo”.
Eso sería como estar escuchando un discurso en una asamblea y de repente que alguien se ponga de pie y grite: “Dile al hermano Fulano que me pague el dinero que me debe”.
Pensaríamos “¿Y qué le pasa a este?”.
En el caso del joven que interrumpió a Jesús, es lógico preguntarse: ¿realmente estaba prestando atención a lo que Jesús decía?
Seguramente no.
Parece que lo único que le preocupaba era que Jesús se involucrara en los problemas económicos que tenía.
¿Cuál fue su error?
Bueno, la Ley mosaica era muy clara en el asunto de las herencias.
Y, aunque ese hombre tuviera razones para quejarse, ese no era ni el momento ni el lugar para sacar ese tema.
Obviamente, este hombre tenía una grave falta de aprecio por las cosas espirituales.
Es cierto que el relato no nos dice el grado de codicia al que había llegado este hombre, pero parece que había cruzado la línea entre los deseos normales y la codicia.
Jesús detectó que tenía un grave problema espiritual y usó su caso para explicarles a sus oyentes por qué es tan peligrosa la codicia.
Y, después de decirles en el versículo 15 que evitaran “todo tipo de codicia”, usó una interesante comparación: la del hombre rico que tenía un terreno que produjo mucho.
¿Hay alguna lección para nosotros?
Claro que sí.
Puede que estemos sentados en una reunión y de repente nos demos cuenta de que estamos pensando en algo que no tiene nada que ver con lo que se está diciendo en la plataforma.
Si eso nos pasa, sería bueno que nos preguntáramos qué es lo que nos está distrayendo.
¿Estamos pensando en cosas materiales?
¿Pudiéramos decir que en sentido figurado algunas chispas de nuestra fogata están empezando a saltar y a provocar un gran incendio?
¿Cómo pueden los que están en el servicio especial de tiempo completo asegurarse de no cruzar la línea entre un deseo normal y la codicia?
Claro, nuestros recursos económicos son limitados, pero quizás nos gustaría tener lo último en tecnología o viajar para poder asistir a una asamblea internacional.
Entonces vamos a casa de un hermano y nos empieza a hablar de lo último que compró y de los viajes que va a hacer.
Bueno, si ellos toman la iniciativa y nos ofrecen cosas como esas, tal vez decidamos aceptar y darles amablemente las gracias.
Sin embargo, jamás deberíamos soltar indirectas sobre cuánto nos gustaría tener esto o hacer aquello.
Cuidado, queremos mantener nuestra fogata bajo control.
Vayamos a 1 Timoteo 6 y leamos los versículos 6 a 8.
Y, mientras los leemos, fijémonos en qué cualidad nos ayudará a evitar la trampa de la codicia.
1 Timoteo 6:6-8: “Y es cierto, la devoción a Dios produce muchas ganancias cuando uno está contento con lo que tiene.
Porque no trajimos nada al mundo y tampoco podemos llevarnos nada.
Así pues, si tenemos comida y ropa, estemos contentos con eso”.