Un hermano se siente culpable por cosas que hizo antes de bautizarse.
Un padre se siente mal porque sus hijos dejaron la verdad.
Una hermana se siente culpable al divorciarse de su esposo infiel.
¿Qué tienen todos ellos en común?
Que un equivocado sentimiento de culpa los abruma.
Una comediante dijo: “Las religiones son un sentimiento de culpa con distintos días festivos”.
¿Por qué suelen sentirse culpables las personas religiosas?
¿Sirve de algo sentirse así?
En la Biblia se relaciona la culpa con el pecado, la transgresión y las leyes divinas.
Busquemos Gálatas 3:19 y veamos el efecto que la Ley mosaica ejercía sobre los israelitas.
Dice: “Entonces, ¿por qué la Ley?
Fue añadida para poner de manifiesto las transgresiones”.
Sí, la Ley les recordaba todos los días a los israelitas que eran pecadores, pues dicha Ley era perfecta, pero imposible de cumplir a la perfección.
Por eso, ellos siempre se sentían culpables.
¿Por qué hizo eso Jehová?
¿Por qué les dio la Ley, que los hacía sentir así?
Hablemos de tres razones.
Primero, es bueno sentirse culpable si uno ha hecho algo malo, pues recordamos que Jehová es el Soberano del universo y que sus normas son justas.
Además, eso indica que la conciencia nos funciona.
Segundo, tenemos que reconocer que, a veces, aunque aún no hayamos hecho algo malo, la verdad es que nos gustaría hacerlo.
En esos momentos, la culpa es un buen aliado.
Es como el dolor físico, que puede estar alertándonos sobre un problema de salud.
Pues el dolor provocado por la culpa podría estar avisándonos de ciertos peligros en sentido moral o espiritual.
Y, tercero, cuando la culpa motiva al pecador a confesar, tanto él como el perjudicado sienten alivio.
Quien ha pecado puede recibir el perdón, mientras que la víctima suele sentirse mejor al ver que este la quiere lo suficiente como para disculparse.
Ahora bien, podemos llegar a sentirnos culpables aunque no lo seamos.
Y dicho sentimiento de culpa puede causarnos mucha angustia e incluso hacernos demasiado críticos con nosotros mismos.
Así que veamos tres casos en los que un sentimiento de culpa fuera de lugar nos puede frenar, y qué hacer para seguir adelante.
El primer caso tiene que ver con lo que llamaremos “la culpa continua”.
Cometimos un error, ya nos hemos arrepentido y todos nos han perdonado...
menos nosotros mismos.
Así que seguimos dándole vueltas al asunto, lo que nos roba la alegría y las fuerzas.
¿Qué debemos hacer?
Pensemos en el apóstol Pablo, quien a veces se sentía atribulado por cosas que había hecho en el pasado.
¿Qué hacía en esos momentos?
La respuesta la encontramos en Primera a los Corintios, capítulo 15, versículos 9 y 10.
Como sabemos, antes de bautizarse, Pablo persiguió a los cristianos.
Incluso aprobó el asesinato de Esteban.
¿Cómo se sentiría al pensar en todo aquello?
Leamos sus palabras en el versículo 9: “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la congregación de Dios”.
Para quien tiene un puesto de responsabilidad, como Pablo, el sentimiento de no ser digno de nada puede ser aplastante.
Y eso es justo lo que el Diablo quiere: que dudemos de que Jehová aún nos ve con buenos ojos.
Y este enemigo ataca en el peor momento, cuando ya nos sentimos decepcionados, aplastados por el peso de nuestros errores y defectos.
Pero Pablo no se dejó vencer, no cedió ante la presión.
Leamos sus palabras en el versículo 10: “Mas por la bondad inmerecida de Dios soy lo que soy.
Y su bondad inmerecida que fue para conmigo no resultó ser en vano, sino que trabajé laboriosamente mucho más que todos ellos, pero no yo, sino la bondad inmerecida de Dios que está conmigo”.
Sí, Pablo estaba seguro de que Jehová lo aceptaba como era.
Él sabía que no podía cambiar el pasado, por mucho que quisiera.
Pero valoraba la bondad inmerecida de Jehová y dejaba que él lo usara en su servicio.
Como Pablo, nosotros ya nos hemos arrepentido de nuestros pecados y los hemos confesado como corresponde.
Por eso, podemos estar seguros de que Jehová ya nos ha perdonado.
Sí, él promete perdonar generosamente a sus siervos.
No dudemos de su palabra y aceptemos su misericordia.
Hablemos ahora de un segundo caso.
Se trata de “la culpa por no hacer más”.
Esta hace que la persona sienta que no ha hecho lo suficiente para ayudar a alguien más.
Quienes están cuidando a otros pueden sentir esa clase de culpa.
Aun cuando están haciendo todo lo que pueden, se sienten mal por no poder hacer más.
Una hermana que cuidaba de sus padres envejecidos comentó en una ocasión: “Es sumamente difícil tener que decir: ‘Es que no puedo hacer nada más por ti’”.
¿Qué puede ayudarnos en un caso así?
Bien, identifiquemos en Eclesiastés 7:16 algo que todos debemos evitar: “No te hagas justo en demasía, ni te muestres excesivamente sabio.
¿Por qué debes causarte desolación?”.
Dicho en otras palabras, no hay que ser perfeccionistas.
Y es que el deseo de hacer las cosas bien puede hacernos caer en el perfeccionismo.
Si nos obligamos a hacer más de lo que queremos, debemos o podemos, vamos a fracasar...
y nos sentiremos frustrados.
Un ejemplo: hay quienes cuidan a sus padres envejecidos con la idea de pagarles todo lo que hicieron por ellos cuando eran pequeños.
¡Pero pagarles a nuestros padres todo lo que nos han dado es imposible!
Si pensamos así, siempre nos sentiremos culpables.
Y, si esa es nuestra motivación, terminaremos agotados y no seremos de mucha ayuda.
¿Qué es mejor hacer?
Repartir la carga.
La familia, los amigos, los vecinos y los profesionales de la salud pueden ayudar.
Así que pidamos ayuda, y hagámoslo con toda franqueza.
Solo insinuarlo no siempre funciona.
Quizás nos sorprenda ver cuánta gente está dispuesta a echarnos una mano cuando se lo pedimos.
Por último, tenemos el caso de “la culpa imaginaria”, que también paraliza a algunas personas.
Es sentirnos responsables de algo que no fue culpa nuestra.
Una hermana llamada Theresa, cuya hija murió en un accidente automovilístico, dice: “¡Cuánto lamento haberle pedido que saliera aquel día!”.
Otra hermana expresa: “Cuando te divorcias, el sentimiento de culpa puede ser abrumador, aunque no seas tú quien falló”.
¿Qué se puede hacer en situaciones así?
En primer lugar, es importante no tragarse esos sentimientos.
Es mejor abrirse con un amigo que muestre empatía.
Y, si nos dice que el dolor puede hacer que nos culpemos sin una razón válida, no dudemos de sus palabras.
En segundo lugar, recordemos que, por mucho que amemos a alguien, no podemos controlar lo que ocurre en su vida.
Eclesiastés 9:11 hace esta afirmación que se cumple en todos y cada uno de nosotros: “Regresé para ver, bajo el sol, que los veloces no tienen la carrera, ni los poderosos la batalla, ni tienen los sabios tampoco el alimento, ni tienen los entendidos tampoco las riquezas, ni aun los que tienen conocimiento tienen el favor; porque el tiempo y el suceso imprevisto les acaecen a todos”.
En efecto, no nos culpemos por cosas imposibles de controlar.
Y, si creemos que hemos cometido un error, primero asegurémonos de que realmente fue así.
Hablemos abiertamente con un buen amigo y centremos nuestra vista en el futuro.
Centrarse en lo que pudo haber sido no cambiará nada, y solo nos hará más difícil seguir adelante.
Así que no permitamos que la culpa imaginaria nos domine.
En resumen, la culpa puede y debe motivarnos a confesar cualquier pecado, y a hacer lo que se espera de nosotros.
Pero un equivocado sentimiento de culpa es peligroso.
Puede hacernos sentir aplastados y frenarnos de darle a Jehová lo mejor.
No, ¡que no nos paralice la culpa!
Concentremos nuestras energías en lo que sí podemos hacer y en el maravilloso futuro que nos espera.