David Iannelli: Nunca olviden lo que Jehová recuerda [10:38]

Lección 10: Aprende a compartir

¡Caleb, Sofía, les tengo unos regalos!

¿De veras?

¿Qué es?

¡Súper, un auto!

¡Eeeh!

¡Pinceles!

¡Gracias, mami!

¡Gracias, mami!

¡Humm!

¡Son míos!

¡Humm!

¡Dámelo!

¡Es mío!

¡Préstamelo, quiero verlo!

¡Dámelo!

¡Es mío!

¡Yaaa!

Ya, niños.

Aquí alguien tiene que aprender a compartir.

¡Oh!

Cuando Jehová hizo el Paraíso, ¿se quedó con todos los animales para él solo?

No.

Dejó que los cuidara Adán.

¡Hasta los más bonitos!

Así es.

Jehová comparte sus cosas.

O sea que, ¿qué vamos a hacer?

¡Guau!

¡Dame esos cinco!

¡Sí!

Empieza tú.

Mejor tú primero.

¿De veras?

Sí.

En sus marcas...

listos...

¡fuera!

Entonces se volvió hacia la gente y preguntó: ‘¿Quién me tocó la ropa?’.

Pero sus discípulos le contestaron: ‘Ves que la multitud te está apretando...

¿y preguntas quién te tocó?’.

Con todo, él seguía mirando a su alrededor para ver quién lo había tocado.

La mujer, que sabía lo que le había pasado, estaba temblando de miedo.

Entonces se acercó, cayó a sus pies y le confesó toda la verdad”.

“¿Quién me tocó la ropa?”.

“¿Quién me tocó?”.

Estas preguntas son mucho más profundas de lo que parecen.

Jesús estaba preguntando quién lo había tocado de forma literal, pero en realidad le interesaba algo más que solamente quién lo había tocado.

El versículo 30 explica que, cuando la mujer lo tocó, Jesús “sintió […] que había salido poder de él”.

En esta ocasión, Jesús no había sanado directamente a aquella mujer, como cuando tocó al leproso para sanarlo o como cuando le tocó los ojos al hombre ciego.

Él sabía que esta vez era diferente.

En esta ocasión, Jehová había intervenido directamente.

Jehová había sanado a la mujer, y Jesús quería saber quién era ella, por qué su Padre estaba tan interesado en ella que quiso sanarla él mismo.

Jehová conocía su historia, y Jesús también quería saberla.

Como dice el 33, Jesús escuchó su historia, “toda la verdad”.

Gracias a eso, él pudo comprender por qué su Padre amaba tanto a esa mujer.

¿Cuál era “toda la verdad”?

¿Cómo se llamaba?

¿Cuántos años tenía?

¿Se había casado?

Si era así, ¿la habría abandonado su esposo por la enfermedad, y quizás también sus hijos?

Nosotros solo sabemos lo que aparece en los Evangelios.

Pero, fuera cual fuera la verdad, Jesús permitió que la mujer le contara toda la verdad, toda su historia.

Al conocerla mejor, no la regañó por haber desobedecido una ley; al contrario, se sintió motivado a amarla, a amarla porque ahora sabía quién era ella, quién lo había tocado.

Hace unos 15 años, estaba en una clase con superintendentes presidentes, como se llamaban entonces, y me fijé en un hermano que estaba delante.

Él nunca contestaba, nunca levantaba la mano.

Estaba como desconectado.

Y miraba directo a la pizarra.

Así que me dije: “¿En qué estará pensando?

Qué triste me parece.

Creo que se está perdiendo esta enseñanza tan buena”.

Luego el instructor hizo esta pregunta: “¿Cuántos de ustedes afrontaron algún reto para venir?”.

¡Quién lo iba a decir, él levantó la mano!

El instructor le dio el comentario.

Y todos, pendientes de lo que iba a decir.

Él dijo lo siguiente: “Hermanos, tengo una enfermedad cerebral.

Me quedan pocos meses de vida.

Le pedí a Jehová que me dejara vivir lo suficiente para venir a esta clase.

Me resulta difícil concentrarme.

Pero estoy aquí, y lo agradezco.

Hoy es jueves, y, si muero hoy, seré el hombre más feliz del mundo”.

¡Qué mal lo juzgué!

Me pareció que no mostraba interés, que estaba desconectado.

Pero luchaba por mantenerse vivo.

Aquel hermano me tocó, me tocó de una forma que jamás olvidaré.

Cada hermano o hermana que pasa por sus vidas es como un libro que cuenta una hermosa historia.

Dedíquenles tiempo, háganles preguntas para conocerlos, abran ese libro y recorran las páginas de su historia.

Puede que se sorprendan al saber todo lo que han vivido.

Si hacen eso, entenderán mejor por qué Jehová los ama tanto, y entonces ustedes se sentirán motivados a amarlos más.

Pero recuerden que no todos somos iguales.

Algunos les contarán toda su historia, una historia que parece que no tiene fin.

Otros tal vez les cuenten muy poco porque son reservados con sus cosas.

Pero eso está bien.

Cada uno nos toca a su manera.

Esforcémonos por conocerlos y estemos contentos con lo que sea que ellos quieran compartir con nosotros.

Volvamos a Marcos, capítulo 5.

Después de que esta mujer tocara a Jesús con su historia, fíjense en lo que Jesús hizo para él tocarla a ella.

Versículo 34: “Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha curado.

Vete en paz y queda sana de tu angustiosa enfermedad’”.

Jesús no solo sanó el cuerpo de esta mujer.

Sus palabras cariñosas también sanaron su mente y su corazón.

La ayudaron a recuperar su dignidad.

Lo que le dijo la hizo sentir bien consigo misma.

Querida clase 157, esfuércense por hacer que quienes los rodean se sientan valorados, que ellos sientan que ustedes los quieren y los respetan.

Háganlos sentir valiosos, importantes.

Escuchen toda su historia.

Al escuchar lo que han vivido, pónganse en su lugar.

Fortalézcanse con sus ejemplos de fe.

Que sus historias los ayuden a ver que todos estamos luchando por ser leales.

Eso es lo que hacía Jesús.

Y podemos imitarlo.

Cuando este día termine y estén preparándose para dormir, tómense un momento.

Piensen en alguien con quien hayan conversado hoy.

¿Cómo los tocó?

Y hay una pregunta que es todavía más importante que se hagan.

Cuando se vayan y lleguen a su lugar de destino, ¿la vida de quién se van a esforzar por tocar?




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