“Andamos por fe y no por vista” [52:35]

¡Corre, baja!


¡Niños!


¡Niños!


¡No salpiquen!


¡Milagro!


¡Ahora veo!


“El espíritu del Señor Soberano Jehová está sobre mí, porque Jehová me ungió para anunciarles buenas noticias a los mansos.


Me envió para vendar a los que tienen el corazón destrozado, para proclamar libertad a los cautivos...”.


Tantos años...


—¡No puedo creerlo!


—Y al fin lo logramos.


Era nuestro sueño.


Nuestra tienda de vinos.


Hey, ¡mira lo que conseguí!


Es del Líbano.


¡Qué es esto!


Es de lo mejor.


¡Fantástico!


Ahí más alto, y eso más bajo.


¿Qué pasa?


Dile.


—No, Gedeón, eso va...


ahí.


—Al revés.


—Exacto.


—Así, perfecto.


Eso es.


Exacto.


Así.


—Nadab, ¿te gusta?


Y mira este.


—¡Si fuiste de compras ayer...!


Parecía que la vida en Jerusalén era totalmente normal.


La gente se dedicaba a sus tareas.


Los hombres en sus oficios...


...


las mujeres en sus hogares...


...


los niños jugaban y estudiaban...


Pero 30 años antes, Jesús había dado una profecía cuyo cumplimiento cambiaría nuestras vidas para siempre.


Para quienes éramos discípulos de Cristo, las señales eran más que evidentes.


¡Debes el tributo!


¡Y me lo cobro de aquí!


Es mi dinero, ¡no lo permitiré!


¡Esta es la ciudad santa!


¡¡¡Sí!!!


¡Es de los hijos de Abrahán!


No teníamos ni idea de las pruebas tan duras a las que se sometería nuestra fe cuando se cumplieran las profecías.


¡Es la ciudad de David!


¡La ciudad de Abrahán!


¡Ratas asquerosas!


¡Fuera!


Para entonces no imaginábamos lo difícil que sería mantener viva la llama de la fe en nuestro corazón.


“Cuando vean a Jerusalén rodeada de ejércitos acampados, sepan entonces que se ha acercado su devastación”.


Samir, ¿qué nos mandó hacer Jesús?


“Los que estén en Jerusalén, que se vayan de allí”.


Necesitábamos una fe fuerte que pudiera guiarnos en medio de la incertidumbre.


Todo ocurrió muy rápido: la rebelión de los judíos contra décadas de dominación imperial; la repentina y brutal venganza de Roma.


No hubo tiempo para pensar..., ...


había que actuar.


—Hermanos, ¿qué opinan?


—¿Lo hemos pensado bien?


La primera prueba de fe llegó en cuanto vimos claramente que la profecía de Jesús había empezado a cumplirse.


“...


la cosa repugnante y devastadora  [...] de pie en un lugar santo”.


Jamás olvidaré aquella reunión de ancianos.


“Huyan a las montañas”.


No faltó nadie a la reunión.


Estuvieron todos...


—¿Estuvo Jafet?


—Sí.


—¿Cómo vamos a irnos?


—¡Hay que prepararse!


Bueno, tú ganas.


Esto no puede estar pasando.


Creo que ya está todo.


No sé qué pensar...


¡Con todo lo que hemos trabajado!


—¿Y si se equivocan?


—Deja de darle vueltas, Nadab.


Para mí también es duro.


—¿Nos vamos, sin más, dejando todo atrás?


—Ya sé que no es fácil.


Pero tenemos que hacerlo.


¿Recuerdas cuando éramos niños?


Queríamos ser nazareos.


Sí, claro.


Me cortaste el pelo para ser más fuerte que yo.


¡Y era más fuerte!


Sé que tenemos que irnos.


Pero ¿cómo?


Estamos rodeados.


Jehová abrirá un camino, ya verás.


Me asusta tanta incertidumbre.


Siempre hemos vivido en Jerusalén.


Mi hermano está aquí, y tu tienda...


¿Cómo voy a cuidar de ustedes?


Ten confianza.


Jehová conoce la situación mucho mejor que nosotros.


Vamos, hay que seguir.


¿Por qué?


Dime por qué iban a hacer esa estupidez.


No tiene sentido, pero es cierto: se están retirando.


Señor, los informes coinciden en todo Jerusalén: la legión 12 se dirige al mar.


Dios los cegó.


Están locos.


¡Es obra de Dios!


Nos salvó.


Expulsó a sus enemigos de su santo templo.


Ahora sufrirán la furia divina.


¡Tras ellos!


¡Que no escapen!


¡Haremos con ellos lo que Dios hizo con los egipcios: aniquilarlos!


Pero, Eleazar, se retiraron.


¿Y si los dejamos?


¡No!


¡Sin piedad!


¡Nunca más atacarán al pueblo de Dios!


¡Vamos!


Toma, vuelvo enseguida.


Gedeón, hoy vamos a necesitar mucho vino barato.


La celebración será larga.


Nadab, ¿qué haces?


¿Aún no estás listo?


Ahora no puedo irme, Sebuel, pero tranquilo; luego los alcanzamos.


—¡Este el momento para escapar!


—Claro, estoy de acuerdo.


La profecía se ha cumplido; pero todo ha sido muy rápido.


Antes tengo que atender unas cosas.


Es más, tú deberías estar ayudándome...


Pero, Nadab ¿es que no te das cuenta?


¡Estamos hablando de la destrucción de Jerusalén!


Para tu información, ya hemos empezado a preparar el viaje; no insistas tanto.


Escucha, calculo que estaremos fuera —una o dos semanas máximo.


—¡Date prisa!


Asegúrate de que todos los clientes reciban sus pedidos.


¿Listos?


Vas a casa del padre de Sebuel y lo hablas con él...


Está abriendo la tienda.


No lo entiendo.


Tú, con él por el lado sur.


Los demás conmigo, por el lado norte, y nos reunimos todos en el oeste.


En marcha.


—¡Hola Jafet!


—¡Hola!


—¿Solo llevas eso?


—¿Para qué más?


Esto es lo importante.


¿No viene nadie más?


Bueno, por ahora seremos cuatro.


Seguro que luego vienen más.


Vamos.


¡No se separen!


¡Las puertas!


¡Abran paso!


¡Abran paso!


¡Barías!


¡Barías!


¡Raquel!


¡Samir!


—Tío, ¿vienes con nosotros?


—Gracias a Dios que nos encontramos.


¿Te enteraste, Raquel?


Sí, escuchamos que los romanos se retiraron.


Y vamos tras ellos.


Pagarán caro su ataque a la ciudad santa.


Baja.


Barías, tenemos algo que decirte.


Nos vamos.


¿Se van?


¿Por qué?


¿Adónde?


Conoces nuestras creencias.


Jesús dijo que cuando los ejércitos rodearan Jerusalén, sería la señal de que se acerca una gran tribulación.


¡Pero si los romanos están huyendo!


¡Hoy es un gran día!


¡La liberación!


Barías, no es a Jerusalén a quien Jehová ha liberado, sino a su pueblo.


“Su pueblo”.


Los cristianos.


¿Y qué pasa conmigo?


Soy tu hermano.


Voy al templo.


Guardo el sábado.


—¿No valgo nada para Dios?


—Barías, por favor...


¡Si le ocurre algo a Raquel...!


Hermano, por favor, ven con nosotros.


¡Tu vida está en juego!


¿Y adónde piensan a ir?


—Vamos a Pela, a las montañas del norte.


—¡Pela!


¡Estás loco!


¡Es una ciudad gentil!


Además, el viaje es peligroso.


—Aquí estás segura.


—Por favor ven, te lo ruego.


—¿Dónde se van a quedar?


—Tenemos amigos.


Viene el invierno.


¿De qué vivirán?


Jehová nos cuidará.


¡Toda tu vida está aquí!


¡No puedo creerlo!


¡Barías, vámonos!


Eres lo único que tengo.


No te vayas.


Toma, quédatelo.


Era de papá.


Vendré a buscarlo.


Tú me lo darás; cuando vuelva.


No te vayas.


Anda, hay que irse.


Nadab.


Nadab, espera, olvidé algo.


No vamos a volver...


—Voy yo, es un segundo.


—¡No!


No más retrasos.


Si no, tal vez no podamos salir.


¿Y si resulta que aún no llega el fin?


¿Acaso dudas de Jesús?


¡Pero es que lo dejamos todo!


La casa está bien cerrada, y tengo la llave.


Enséñamela, enséñamela ¡Si no, esta noche no duermo!


Ya cálmate.


¡Y encima dejas a cargo a Gedeón, que ni siquiera es hermano!


¿Y qué iba a hacer?


Los hermanos se han ido.


Aun así; no confío mucho en él.


Lleva años con nosotros, y además, tiene experiencia.


¿Adónde creen que van?


Soy Nadab, mercader de vino.


Vamos al norte, a ver a unos amigos.


¿Y llevas ropa y comida para todos?


¿Qué es todo eso que llevan?


Ya conoces a las mujeres.


No pueden vivir sin sus cosas.


¡Mientes!


Estás con los romanos.


¡Seguro que vas a irte con ellos!


—¡Traidor!


—¡No!


¡No es cierto!


¡No!


Soy un hombre de Dios.


Por favor, déjanos pasar.


Aquí nos hacen falta hombres.


¿Y tú quieres irte?


Espera, a lo mejor es cristiano.


¡Herejes!


Estos no toman las armas.


¡Déjamelo a mí!


Señores, por favor, se lo ruego.


Tomen, esto es para ustedes.


—Es vino tinto, el mejor de Jerusalén.


—¿Un soborno?


¡Me das asco!


¡Señor!


Déjalo.


Los cristianos no nos sirven.


—Gracias.


—Gracias.


Dios te bendiga.


El burro se queda.


—¡¿Qué?!


¡No!


—¡Pero señor...!


¡Por favor...!


Se queda, y punto.


Y, si se te ocurre volver, ni ese Jesús podrá salvarte.


Te lo juro.


Fuera de mi vista.


Esto no es lo que imaginaba.


Mira cómo estamos; tirados en el desierto, totalmente indefensos.


Jehová nunca nos abandona.


Nos sacó de Jerusalén y nos cuidará ahora.


Ojalá tuviera tu fe.


Tienes mucha fe.


Si no, no habrías dejado todo atrás.


Nunca pensé que vería el fin.


Pero aun así te mantuviste alerta.


Hiciste lo correcto.


¿Cuánto más esperaremos a Nadab y Débora?


Andarán de camino.


Si no llegan al amanecer, iremos a buscarlos.


No me explico por qué se están tardando tanto.


Tenían un burro para traer todas sus cosas.


No sé si hicieron bien.


“El que esté en la azotea, que no baje a su casa a sacar sus cosas”.


Jafet, estás cansado.


Duérmete un rato, y yo me quedo vigilando.


Te haré caso.


No puedo más.


—Vamos, sigue caminando.


—Me duele todo.


No puedo más.


—¡Ay!


—¿Estás bien?


Estoy harta.


¡Jafet!


¡Despierta, Jafet!


¡Viene alguien!


—Estoy helada.


—Llevamos horas.


Pronto llegaremos.


Espera.


¿Sebuel?


¿Sebuel, eres tú?


¿Nadab?


¡Por fin!


¡Qué alegría verte!


Pero, ¿qué sucedió?


Los de la puerta...


iban armados, —no pudimos hacer nada.


—¡Nos robaron!


¡Nos lo quitaron todo!


Ay, qué pena, cuánto lo siento.


—Sí.


Fue horrible.


Fue espantoso.


—Debió de ser terrible, ven conmigo.


¡No lo puedo creer...!


Sabía que tanta prisa no podía ser buena, ¡mira lo que ha pasado!


Nadab, lamento mucho lo sucedido.


Pero todos hemos perdido cosas.


Jesús nos mandó salir de allí, y eso hemos hecho.


Está bien, pero podíamos haber esperado...


hasta que las cosas se calmaran.


Hermanos, es tarde, mañana será un día largo.


Vamos a descansar.


No tenemos agua ni comida.


Lo traíamos todo en el burro.


Estarás agotado.


Sebuel, hay algo que no me encaja.


¿Qué cosa?


Mira, piénsalo.


¿No se suponía que Jerusalén caería cuando saliéramos?


Ajá.


Jesús dijo que sería como en Sodoma: Lot salió y cayó fuego del cielo ese mismo día, ¿no?


Sí, cierto, ¿qué quieres decir?


Los romanos se fueron de Jerusalén.


¿Cómo van a destruirla si están huyendo?


A no ser...


que no estén huyendo.


¡Es una trampa!


Quieren que los rebeldes judíos salgan de la ciudad; es una emboscada.


Si no, ¿por qué iban a huir?


Están al acecho, van a atacar.


Quizás por eso Jesús nos mandó salir de inmediato.


Jafet, ¿qué opinas tú?


Opino que estamos obedeciendo el mandato de Jesús.


¿No es eso lo único que importa?


Comprendía a Nadab, pero en ese momento había muchas cosas que no teníamos claras.


Y, cuando supimos que los rebeldes judíos habían vencido al ejército romano en Bet-Horón, nos surgieron aún más dudas.


Pero no íbamos a echarnos atrás.


Comenzamos una nueva vida en Pela.


Bienvenidos, hermanos de Jerusalén.


¿Qué tal el viaje?


Muy largo.


Pero nos alegramos de haber llegado.


Imagino lo que han pasado.


¡Qué tortura!


¡Es ridículo!


A decir verdad, la vida era...


más sencilla y más dura que en Jerusalén.


—¡Ay!


—¡Torpe...!


Tuvimos que acostumbrarnos.


—Toma, para tu familia.


—Gracias.


No parece tan difícil.


Es tu huerto, por decir algo.


Todo tuyo.


¡Vaya trabajo!


Aquello también puso a prueba nuestra fe.


¡Ay!


—¿Y esto?


—Es lo que queda, Nadab.


¿Esperas que trabaje de sol a sol comiendo semillas como un pájaro?


¡Estoy haciendo todo lo que puedo!


Espera, Débora.


Lo sé.


Lo siento Este niño...


tiene talento para la música.


¿Y acaso no hay nadie en Pela que te enseñe?


No, no hay nadie.


Sería un pecado desperdiciar ese don.


Claro, los mejores maestros están en Jerusalén...


¿Ves?


Tu mejor traje está hecho una pena.


Y eso no va a dar para otro, apenas para comer mañana...


¿Y qué quieres que haga?


Estamos sin comida, y sin dinero.


¡Estoy harta de este sitio!


¡Es que ya no lo aguanto más!


Lo sé, lo sé.


Me incomoda mucho vivir con gentiles, aunque sean hermanos; no me gustan.


Que sí, te entiendo.


¡Ya quiero regresar a mi propio hogar!


Ojalá pudiera ganar más dinero en este pueblucho, o volver a trabajar en Jerusalén.


Ese Gedeón, seguro que se ha quedado con todo.


Creerá que nunca volveremos.


—Creo que están todos.


—Ajá.


Podemos empezar.


Bien, un hermano del norte donó estos cereales para la congregación.


Los hemos repartido según el tamaño de cada familia.


Como siempre, Jehová nos ayuda cuando más lo necesitamos.


Muchas gracias, Jafet.


Pero...


esto no durará mucho.


¿Y luego?


¿Dónde está tu fe, Nadab?


Jehová siempre ha estado a nuestro lado; y lo seguirá estando.


Dicen que en Jerusalén hay comida.


Veo que tu corazón sigue allí.


Jerusalén es mi hogar.


Nací allí.


Y algún día volveré.


A mí también me costó irme.


Pero ahora vivimos aquí.


Nada indica que vayamos a regresar a Jerusalén.


Dime, Nadab, ¿por qué nos mandó Jesús salir de allí?


Porque se suponía que los romanos la destruirían.


Nadab, en este momento, 60.000 soldados romanos están arrasando Galilea.


¿Y crees que perdonarán a Jerusalén?


Puede que no, pero puede que sí.


¡Ha pasado un año ya!


No quiero pasar toda la vida aquí si resulta que no ocurre nada en Jerusalén.


No importa cuándo ni cómo llegará el fin.


Lo que importa es obedecer lo que Jesús mandó.


¡Qué fácil es para ti decirlo, Jafet!


No tienes familia que atender.


¿Y que hay de los que tenemos esposa, hijos, y negocios en Jerusalén?


Todos hicimos sacrificios.


Recuerda a Abrahán y Sara.


Dejaron una gran ciudad para vivir en tiendas.


Y nunca volvieron.


Jehová los bendijo.


Igual que a nosotros.


¿Llamas a esto bendición?


¡Por supuesto!


No logras ver todas las bendiciones que has recibido, porque vives anclado al pasado.


Todo lo que dijo Jesús sobre Jerusalén se cumplirá cuando Dios lo decida.


Mientras tanto, tenemos una obra que hacer.


La obra.


La gente nos tiene por tontos, porque predicamos una destrucción que no ha venido, porque dejamos nuestras casas.


La gente también se burló de Jesús.


Pero recuerda: todo el que haya dejado algo por el Reino recibirá cien veces más ahora, y luego vida eterna.


¡Qué ganas tengo de que todo esto termine!


Vivimos tiempos difíciles.


Así que...


piensa bien lo que harás.


Nadab, por tu bien, deja que la fe guíe tus pasos.


Será que me falta fe.


Pero Nadab seguía dudando de que hubiéramos hecho bien al huir de Jerusalén.


Esta cosecha va a ser buena.


La decisión de Jafet fue precipitada.


Gedeón se hace rico, y nosotros, cosechando.


Pasaban los meses, y a Nadab le atormentaba la misma pregunta.


Pues dime: ¿entonces por qué no ha llegado el fin?


En serio, ¿hasta cuándo vas a seguir con ese tema?


Yo no sabía la respuesta.


Lo importante era estar concentrados en las cosas espirituales y confiar siempre en Jehová.


Las respuestas llegarían en su momento.


En vez de pensar en lo que nos falta, debemos estar felices con lo que tenemos.


Nadab imaginaba que la vida en Jerusalén no habría cambiado nada.


Estaba muy equivocado.


Poco después de irnos, los crueles zelotes llevaron a la ciudad a una absurda guerra civil.


Dios es mejor general romano que yo.


Los enemigos se matan entre sí con sus propias manos.


Mientras tanto, en Roma se desató un verdadero caos político.


Al verse ante una rebelión militar y ser sentenciado a muerte por el Senado, Nerón decidió suicidarse.


En aquellos momentos, andar por fe era aún más importante, pero también más difícil.


Sebuel.


—Hola.


—¡Eh!


Sebuel: estoy decidido.


¿Ah, sí?


¿A qué?


A volver a Jerusalén.


Nadab, ¡otra vez estás con lo mismo!


Ya hace un año y medio que Nerón murió, y Roma aún es un caos.


¿Y eso a nosotros qué?


Las legiones romanas nunca volvieron.


¡Abre los ojos!


Jehová ha liberado la ciudad santa, otra vez.


¡Por fin ha llegado la hora!


¿La hora de qué?


De volver a casa.


Pero ¿de qué estás hablando?


Llevamos cuatro años matándonos en el trabajo.


¿Y qué es lo que hemos ganado?


Nuestra vida.


Nuestra vida está en Jerusalén.


Solo quiero cuidar de mi familia, y no puedo hacer eso aquí.


No nos va tan mal.


Pero podría irnos mucho mejor.


No tenemos que vivir en este pueblucho.


Pero hay que hacer algo ya.


Raquel y yo lo tenemos claro; la respuesta es no.


Y sal, que me pisas las plantas.


¡Estás hablando como Jafet!


¿Acaso no sabes pensar por ti mismo?


¿Qué nos mandó Jesús?


Ya obedecimos lo que nos mandó: ¡nos fuimos!


Pero él nunca dijo que no volviéramos.


Además, ¿qué ha pasado en Jerusalén?


¡Nada!


¡Aún!


¿Por qué no puede Jehová perdonar a Jerusalén?


Allí están su templo y su pueblo.


¡Si hasta perdonó a Nínive, una ciudad pagana!


Los ninivitas se arrepintieron.


Y tú sabes que los judíos ya no son el pueblo de Dios.


Está claro que Jehová ha protegido Jerusalén, y no una vez, sino dos.


Primero, con la derrota de Cestio Galo, y ahora, con todo el caos político en Roma.


¡Ni se acordarán de Jerusalén!


¿Cómo puedes estar tan seguro de que Jehová está con Jerusalén, si Jesús dijo que sería destruida?


Sebuel...


A ver, supongamos que Jehová aún quiere destruir Jerusalén.


Todos pensamos que lo haría justo cuando saliéramos; pero no fue así, ¿verdad?


No, en eso nos equivocamos.


¿Y cuándo lo va a hacer?


Nadab, recuerda que nadie sabe ni el día ni la hora.


Muy bien, vamos a ver.


Ven un momento.


Jehová predijo que Babilonia destruiría Jerusalén, ¿verdad?


Sí.


¿Mediante qué profetas?


Mediante varios.


Isaías, Jeremías y Ezequiel.


¿Voy bien?


Sí, claro.


¿Y qué?


¿Cuántos años antes predijo la destrucción?


No recuerdo.


Varios siglos.


¿Adónde quieres llegar?


¡Que fueron varios siglos, Sebuel!


¡Ahí quiero llegar!


Tú sabes que Jehová es paciente.


Si entonces esperó siglos, ¿por qué iba a darse tanta prisa ahora?


No lo sé, Nadab, pero ya has oído los informes de Jerusalén.


Hay varios bandos peleándose; ¡violencia, anarquía, muerte!


¡Cuentos!


A la gente le encanta exagerar las historias.


Además, ¿qué ciudad no tiene problemas?


Jerusalén no es distinta.


—Pero eso no es...


—Miles de familias viajan a Jerusalén tres veces al año.


Entran...


y después salen.


No pasa nada.


¿Por qué no ir solo para dar un vistazo?


Nadab, mi amigo, llevamos mucho pensando y orando sobre el asunto.


La cuestión está clara: o seguimos la orden de Jesús, o no.


Él nos mandó salir de Jerusalén y no nos dijo que volviéramos, ni siquiera por un día.


Hay que ser obedientes.


¡Pues nosotros nos vamos!


Por favor...


—Raquel, piensa en Barías.


—...


ven con nosotros.


¡Podrías verlo!


¿Y qué hay de Samir?


¿Es esto lo que él se merece?


Siempre hemos sido amigos, en las buenas y en las malas, así que voy a serte franco: cometes un grave error.


¿Cómo puedes estar tan seguro?


Por ti daría mi vida, pero no la tiraré a la basura volviendo a Jerusalén.


¡Tirar a la basura!


¡La tiraste a la basura al venir aquí!


Sigues tan enfocado en lo que dejaste atrás, que no ves las bendiciones que tienes delante.


Nos vamos.


¡Ahora!


Hermano, por favor, no te vayas.


¡Nadab!


¿Qué vas a conseguir?


Lo que es mío.


¡Es del tío Barías!


¡Dámela, hijo!


Ábrela, por favor.


Querida Raquel: Siento haber tardado tanto en responder tus cartas, ...


pero la situación en Jerusalén es desesperada.


Me alegra que no estés aquí; así no tienes que ver cómo está nuestra bella ciudad.


Jerusalén es como una bestia furiosa que se devora a sí misma.


Tengo hambre, deme algo por favor.


Ayuda...


Tres violentos bandos luchan por el poder como perros rabiosos.


¡Vas a morir!


En el templo, los que ofrecen sacrificios y los sacerdotes fueron asesinados, y mancharon el altar con su propia sangre.


La gente se muere de hambre.


Los bandos políticos, por pura rivalidad, quemaron todas las reservas de comida.


Hay miles y miles de muertos.


Han llegado noticias de que los romanos vienen a Jerusalén matando, saqueando y arrasando todo a su paso.


Parece que llegarán en solo unos días.


Hiciste bien en huir cuando pudiste.


Y harás mejor si no regresas en mucho tiempo.


Parece que, después de todo, Sebuel y tú tenían razón.


Te quiero, Barías.


Cuando recuerdo aquellos sucesos, me siento alegre y triste a la vez: alegre por saber que tomamos la decisión correcta, y triste por haber visto las desastrosas consecuencias del materialismo.


Estoy más convencido que nunca de que los verdaderos cristianos necesitamos mucha fe.


Primero, fe para andar por el estrecho camino a la vida aunque no sepamos con qué nos vamos a encontrar; segundo, fe para tomar decisiones que van en contra de la opinión popular, y tercero, fe para ser fieles a lo que decidimos.


Sebuel, cariño, estamos listos.


En Pela no contamos con las mismas comodidades que en Jerusalén, y la vida es bastante dura.


Pero soy muy feliz porque toda mi familia fue leal a Jehová y sobrevivió a los últimos días de Jerusalén.


No sabemos qué pasará en el futuro, pero estamos decididos: pase lo que pase, seguiremos andando por fe.






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