D'arcy MacEwan: Cuatro lecciones de 9.700 hombres (graduación de la clase 159 de la Escuela de Galaad) [11:56]


Menos mal que este discurso se titula “Cuatro lecciones de 9.700 hombres”, y no “9.700 lecciones de cuatro hombres”, sino sería larguísimo.


¿Pero quiénes eran todos esos hombres, y qué podemos aprender de ellos?


Pues abran su Biblia, por favor, en Jueces, capítulo 7.


Abramos la Biblia en Jueces 7, y vamos a leer juntos el versículo 7.


¿Quiénes eran estos hombres?


Los encontramos en este relato, Jueces 7:7: “Jehová entonces le dijo a Gedeón: ‘Los salvaré con los 300 hombres que lamieron el agua y entregaré a Madián en tus manos.


[Y noten:] Que todos los demás hombres se vuelvan a sus casas’”.


Así que el relato es el de Gedeón y sus 300 hombres.


Pero no vamos a hablar de Gedeón ni tampoco de los 300 hombres.


Nos vamos a centrar en todos los demás, en los 9.700 hombres que recibieron un cambio de asignación cuando les dijeron que se fueran a casa.


Bueno, ¿qué podemos aprender de ellos?


A ustedes se les va a enviar a fortalecer la obra en el campo y las sucursales en un momento en el que muchos están pasando por grandes cambios.


Ustedes mismos están experimentando muchos cambios o lo harán en el futuro: nuevo trabajo, nueva sucursal, nuevo país, nuevo idioma… Hasta podrían cambiar sus circunstancias personales.


Algunos de estos cambios tal vez los emocionen, pero otros quizá no tanto.


¿Qué puede ayudarnos a ser adaptables y a fortalecer a los demás en tiempos de cambio?


Eso es lo que aprendemos de estos hombres.


¿Cómo creen que se sintieron cuando los enviaron a casa?


Vamos a ponernos por un momento en su lugar.


El capítulo 6 nos ayuda a entender sus circunstancias.


Los versículos 1 a 6 nos cuentan que los israelitas llevaban siete largos años viviendo con miedo por culpa de los ataques de los madianitas.


Se escondían en cuevas, les destruían sus cosechas… Estaban agotados, desanimados y hundidos en la miseria.


En el versículo 14, Jehová convoca a Gedeón para la batalla.


Y el 34 y el 35 dicen que Gedeón toca el cuerno y envía mensajeros a los abí-ezritas, los de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí.


Al final 32.000 hombres responden a la llamada de Gedeón y acuden para apoyarlo.


Dejan todo atrás con tal de estar allí.


Es un momento clave; se acabó lo de esconderse en cuevas.


Pero en el capítulo 7, versículo 3, se les da la oportunidad de irse a casa.


Si están preocupados o tienen miedo, pueden irse sin avergonzarse.


Veintidós mil hombres se vuelven a su casa.


Pero no estos 9.700.


Ellos no tienen miedo.


Han oído hablar de los actos de salvación de Jehová.


Este va a ser su mar Rojo, su Jericó, su oportunidad de oro.


Quieren estar ahí.


Por eso lo han dejado todo, porque quieren estar ahí.


Es su momento.


Entonces sucede lo que dice el versículo 7.


Aunque estaban emocionados de estar allí, se les dice que vuelvan a sus casas.


¿Por qué?


Porque, como dice el versículo 6, se pusieron “de rodillas” para beber agua.


¿Cómo se sentirían?


“Por favor, dame otra oportunidad.


Te prometo que no vuelvo a ponerme de rodillas para beber agua”.


“Yo soy más fuerte que ese y más rápido que ese, y tengo más experiencia.


No es justo.


Yo hago falta aquí”.


Y vean el versículo 8.


Quizás les dijeron: “¡Hey!


Ustedes, vengan acá.


Sus cuernos y sus provisiones, déjenlos aquí antes de irse.


Nos van a hacer falta, así que déjenlos y después pueden irse a casa”.


¿Cómo se habrán sentido?


¿Decepcionados?


¿Creen que se hayan sentido tristes?


Eso sería lógico, ¿no?


Habían hecho muchos sacrificios porque querían estar allí.


Y aquí está la primera lección.


Cuando perdemos una asignación que amamos, es normal que nos sintamos tristes.


No es falta de fe.


No es una mala actitud.


Es un reflejo de nuestro deseo de servir a Jehová, de que valoramos lo que hacemos y que lo hacemos de corazón, de que nos sacrificamos y nos importa.


¿Cómo podemos ayudar a esos hermanos?


Quizás no necesiten que les digamos todo lo positivo que tiene ese cambio.


Lo verán con el tiempo.


Ahora es momento de escucharlos con empatía, de decirles que valoramos, que apreciamos todo el trabajo que han hecho.


Recordémosles que son valiosos, que los queremos y sobre todo que Jehová los quiere mucho.


Claro, aunque es normal sentirse triste cuando afrontamos un cambio, si algo así nos sucede a nosotros, no queremos quedarnos tristes para siempre.


¿Qué puede ayudarnos?


Esto nos lleva a la segunda lección.


¿Por qué mandaron a estos hombres a casa?


¿Fue realmente por la forma en que bebieron agua?


Vamos a ver por qué los mandaron a casa leyendo Jueces 7:2.


Jehová le dice a Gedeón: “Tienes demasiados hombres.


Así no puedo entregar a los madianitas en manos de ustedes.


Si lo hiciera, Israel tal vez se pondría a presumir a costa mía y diría: ‘Mi propia mano me salvó’”.


¿Entonces por qué se tuvieron que ir?


Para que el ejército fuera tan pequeño que la victoria solo pudiera atribuirse a Jehová.


Lo de beber agua era solo un proceso de selección.


Lo más importante era glorificar a Jehová.


¿Y no era esa la razón por la que estos hombres querían estar en la batalla, para glorificar a Jehová?


Es normal que se sintieran decepcionados, pero al final se alegrarían al ver que yéndose a casa le estaban dando mucha más gloria a Jehová que quedándose a pelear en la batalla.


Así que esta es la segunda lección: dar gloria a Jehová es nuestra misión principal y siempre lo será.


Nada ni nadie nos puede quitar eso, aunque cambien las circunstancias.


Nunca seremos demasiado viejos para esa asignación, para darle gloria a Jehová.


Si dar gloria a Jehová es nuestro motor en la vida, nuestro eje, si de verdad es lo que nos hace más felices, aunque nos sintamos decepcionados alguna vez, con el tiempo lograremos ser felices sin importar dónde estemos.


Tercera lección: todos pasamos por cambios, todos.


No solo los 9.700 hombres.


¿Y qué hay de los 300 que se quedaron?


Aquel momento tan emocionante con las antorchas, los jarrones, persiguiendo a los madianitas… duró solo una noche.


Fíjense en lo que dice Jueces 8:28.


Dice que, después de vencer a los madianitas, “hubo paz en la región por 40 años”.


Y el versículo 29 nos dice que hasta Gedeón “regresó a su casa y se quedó allí”.


Todos pasamos por cambios.


Entonces, ¿qué nos puede ayudar cuando nos llegue ese momento?


Unos hermanos que estaban tristes porque dejaron de ser misioneros en Burkina Faso después de 30 años nos dijeron: “Sea que te encante tu asignación o te parezca difícil, siempre busca lo positivo y disfrútala mientras la tengas”.


Les voy a poner un ejemplo, el de un joven llamado Kenneth que siempre había soñado con ir a Betel.


Al final lo invitaron a servir en Wallkill.


Estaba feliz, le encantaba estar en Betel.


Pero entonces sufrió una lesión y tuvo que regresar a casa.


Estaba destrozado; no era allí donde él quería estar.


Cuenta que todos los días pensaba en volver a Betel y que le pedía a Jehová que le permitiera regresar.


¿Y saben qué?


Cinco años después, lo volvieron a invitar.


Sin embargo, él cuenta que hay algo de lo que se arrepiente.


Él dice que realmente no supo valorar lo que ahora ve como un bonito privilegio: pasar tiempo haciendo el precursorado junto con su mamá y su hermana.


Recuerden: todas las asignaciones —hasta las que no nos gustan— tienen sus cosas buenas.


No las valoremos solo cuando ya sea demasiado tarde.


Y ahora la cuarta lección, que es mi parte favorita del relato.


Recuerden que los 300 hombres soplan los cuernos, rompen los jarrones, los madianitas comienzan a huir...


¿Y qué pasa después?


Vamos a Jueces 7:23: “Entonces los hombres de Israel fueron convocados: de Neftalí, de Aser y de todo Manasés.


Y ellos persiguieron a Madián”.


Fíjense en este detalle.


¿Reconocen a estas tribus?


Estas son algunas de las tribus a las que pertenecían los hombres que fueron convocados y que luego fueron enviados de vuelta a casa.


Ahora les dan una nueva misión: los llaman para perseguir a los madianitas.


Claro, si están dispuestos a aceptar.


Esta es la cuarta lección.


Las necesidades de la organización cambian.


Seamos flexibles, adaptables y estemos dispuestos a trabajar en lo que haga falta con todo el corazón.


Es cierto que a veces los cambios nos pueden decepcionar, pero no dejemos que eso se convierta en amargura.


Conserven esa hermosa actitud humilde que siempre han mostrado y que a Jehová le encanta.


Eso le permitirá seguir usándolos estén donde estén.


Así que ¿qué aprendimos de estos 9.700 hombres?


Tratemos con empatía a los que están experimentando algún cambio.


Y, si el cambio te toca a ti, céntrate en el trabajo, busca lo positivo y disfrútalo.


Nunca olvides tu asignación principal: darle gloria a Jehová.


Asegúrate de cumplir con esa asignación para siempre.





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