¿Quedarán impresionados?
Esa era una pregunta que Jesús siempre tenía en mente.
Recordemos que, cuando estuvo en la Tierra, tenía un objetivo: darle gloria a Dios.
Y la palabra gloria en la Biblia puede referirse a lo que hace que alguien sea impresionante.
Jesús no sentía que él fuera impresionante, pero sabía que su Padre sí lo era.
Él veía el amor de su Padre, su inmensa bondad, y quería que los demás se sintieran tan impresionados como él.
Veamos primero cómo lo logró y después qué aprendemos de él.
En el libro de Romanos veremos una de las maneras.
Acompáñenme al capítulo 15, y noten cómo Jesús le dio gloria a Jehová.
Romanos 15:7 dice: “Recíbanse con gusto unos a otros, tal como el Cristo también los recibió con gusto a ustedes, para que Dios reciba la gloria”.
Noten que Jesús le dio gloria a Dios al recibirnos con gusto.
Cuando la gente veía cómo la recibía Jesús, podía sentir el amor de Jehová, su bondad, su misericordia… Veían que Jehová estaba dispuesto a aceptar a cualquiera que quisiera acercarse a él, a toda clase de personas.
Jesús recibía a las personas como cuando recibimos a alguien en nuestra casa o en nuestro círculo de amigos.
Eso es lo que dice la nota para “recíbanse con gusto”.
Así que la forma en la que las trataba las hacía sentirse queridas por Jehová, mucho más cerca de él.
De hecho, en varias ocasiones la Biblia dice que, después de estar con Jesús, la gente se iba a su casa “glorificando a Dios”, es decir, quedaba impresionada por Jehová.
¿Les gustaría examinar algunos ejemplos?
Veamos dos relatos y lo que aprendemos de ellos, porque queremos que nuestra forma de recibir a los demás los deje impresionados con Jehová.
El primero está en Marcos, capítulo 10; busquémoslo juntos.
Este es el contexto.
Encontramos a Jesús muy ocupado.
Tiene muy poco tiempo para cumplir su misión antes de morir.
Acaba de tener una conversación intensa con los fariseos y sus discípulos, y de repente se presenta lo que pudiera parecer una molestia.
Leamos el versículo 13 de Marcos 10: “Entonces la gente empezó a traerle niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron”.
O, según otra versión: “Regañaron a los padres por molestarlo”.
Y no es que los discípulos fueran malas personas; simplemente no entendían del todo cómo Jehová veía a los niños.
En ese tiempo, muchas personas no les daban importancia.
Al fin y al cabo, los niños no tenían autoridad ni poder ni nada que ofrecer.
¿Pero cómo reaccionó Jesús cuando vio lo que hicieron sus discípulos?
No les dio las gracias.
El versículo 14 dice que “se indignó”.
Y, para que la gente pudiera ver la inmensa bondad de su Padre, Jehová, vean qué hace Jesús.
Versículo 16: “Y tomó a los niños en sus brazos y comenzó a bendecirlos poniendo las manos sobre ellos”.
¡Qué bonito relato!
Tal vez sea tu favorito.
Primero vemos a estos pobres niñitos a quienes han echado de allí y luego vemos cómo los recibe Jesús, el Hijo de Dios.
Noten lo que dijo cierta obra sobre Jesús: “Debe haber sido […] de sonrisa fácil […] y de risa alegre”.
Los niños habrán corrido hacia él.
Y noten que Jesús, aunque le quedaba muy poco tiempo y tenía mucho por hacer, fue cariñoso y no se apresuró.
Hizo que esos niños se sintieran importantes para Jehová.
Piensen en el efecto que esto pudo haber tenido en sus vidas.
Si ellos llegaron a ser cristianos fieles, es probable que hoy estén en el cielo con Jehová, listos para dejar a todos impresionados con él en Armagedón.
¿Cuál es la lección?
Después de Galaad, todos estarán ocupados —igual que lo estuvo Jesús— con muchas responsabilidades y muchas cosas que atender.
Y un día, de repente, alguien los va a interrumpir.
Quizás alguien que se sienta insignificante, que crea que no tiene importancia.
No ha ido a Galaad ni a la Escuela para Evangelizadores… Y es posible que se esté preguntando: “¿Qué hago yo aquí, en la casa de Jehová?”.
Cuando eso suceda, reciban a esa persona tal como lo haría Jesús, con amor, para que quede impresionada con Jehová.
Que sonriamos, que la escuchemos sin prisa… harán que se sienta importante para Jehová.
Eso le confirmará que forma parte del círculo de amigos de Jehová.
Piensa en cuando llegaste a Galaad.
¿Sentías que te habían invitado por error, que tú no eras nadie?
Seguro que alguien te recibió como lo hubiera hecho Jesús.
¡Y qué bien te sentiste!
Le diste gloria a Jehová.
El segundo relato está en el capítulo 23 de Lucas.
Jesús se está enfrentando a la prueba más dura de su vida.
Ahora no había niños a su lado, sino dos delincuentes a quienes habían colgado en un madero junto a él y se burlaban.
Se atrevieron a hablar con desprecio de él.
Entonces sucede algo increíble.
Lo vemos en Lucas 23:42.
Uno de los delincuentes se arrepiente y dice: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino”.
¡Imaginemos la escena!
Jesús en ese momento está llevando un gran peso de responsabilidad.
Si alguien tenía derecho a —por así decirlo— cerrar la puerta para que no lo molestaran y se pudiera concentrar, era Jesús en ese momento.
¿Qué respuesta dejaría a este hombre impresionado con Jehová?
Una como la que le dio Jesús al final del versículo 43.
Le dijo: “Estarás conmigo en el Paraíso”.
¡Qué bien se debe haber sentido aquel hombre!
Jesús podía haberle dicho: “No te preocupes.
Estarás en el Paraíso”.
Pero le dijo: “Estarás conmigo en el Paraíso”.
Jesús le prometió personalmente a ese hombre que no se olvidaría de él y que sería bien recibido en el círculo de amigos de Jehová en la Tierra.
Las palabras de Jesús no cambiaron la situación de ese hombre, pero cambiaron su perspectiva.
Le romperían las piernas pero no el corazón.
Porque tenía la esperanza de volver a vivir en el Paraíso.
¿Y cuál es la lección?
Después de Galaad, no dejarán de tener problemas.
Al contrario, hasta puede ser que tengan más, por tener que mudarse a otro país o aprender un nuevo idioma o un nuevo trabajo.
Puede que tú o un ser querido se enferme.
Y, tal como le pasó a Jesús, en el momento más difícil para nosotros, alguien se presentará con sus propios problemas.
Algunos pueden sentirse despreciables o quizás ya han sido despreciados.
Tal vez se avergüenzan de su pasado o quizás tienen una debilidad que los atormenta constantemente.
Cuando eso pase, aprovechemos la oportunidad para que queden impresionados con Jehová.
Asegurémonos de que lo que les vamos a decir los convenza de que no están solos, de que estamos ahí con ellos y no los vamos a abandonar, y de que son valiosos para Jehová.
Con lo que les digamos no vamos a cambiar su situación, pero sí vamos a cambiar su perspectiva: les daremos la seguridad de que pertenecen al círculo de amigos de Jehová.
Bueno, hemos visto dos relatos de cómo Jesús le dio gloria a Dios.
Claro, nosotros no somos Jesús, y nos falta mucho para ser como él, así que no siempre vamos a poder recibir a todos como nos gustaría.
Pero podemos imitar el objetivo de Jesús: tratar a la gente de forma que demos gloria a Jehová.
Sea que estuviera ocupado o bajo prueba y sin importar quién viniera a él —ya fuera un niño o alguien que quería ser recordado o cualquier otra persona—, Jesús trataba a todos de forma que quedaran impresionados con Jehová.
Como dice en Romanos 15:7 cierta traducción de la Biblia en inglés: “Tomen la iniciativa y recíbanse unos a otros para la gloria de Dios.
Jesús lo hizo; ¡háganlo ustedes!”.
