Geoffrey Jackson: Imitemos a Jesús cuando nos acusen injustamente (1 Ped. 2:22, 23)
“Toda la gente los odiará por causa de mi nombre”.
¿Y qué hace la gente que nos odia?
Pues a veces demuestran ese odio con la persecución y la violencia.
Pero vayamos al relato de Génesis, capítulo 3, y fijémonos en lo que Satanás le dijo a Eva.
¿Qué fue lo que hizo, motivado por su odio a Jehová?
Bueno, una de las cosas fue lanzar una acusación sin sentido.
Dio a entender que Jehová no les permitía comer de ningún árbol del jardín, una acusación totalmente absurda.
Además, insinuó que Jehová tenía malos motivos, que no quería que ellos disfrutaran de algo bueno.
Y para colmo dijo una mentira descarada sobre Jehová.
¿Verdad que Satanás y los que lo siguen continúan usando el mismo método?
Lanzan acusaciones sin sentido, cuestionan nuestros motivos y dicen mentiras descaradas sobre el pueblo de Dios.
Pero esto no nos sorprende, porque es exactamente lo que Satanás le hizo a Jesús.
Vamos a buscar juntos en la Biblia 1 Pedro 2:22, 23.
El versículo 22 dice sobre Jesús: “Él no cometió ningún pecado ni en su boca hubo engaño”.
En otras palabras, Satanás no tenía nada de lo que acusar a Jesús.
Pero fijémonos en lo que dice el versículo 23: “Cuando lo estaban insultando, no les devolvió sus insultos”.
Así que a Jesús lo insultaron.
¿Recuerdan algunos de esos insultos o las acusaciones sin sentido que hicieron contra él?
Repasemos algunas de esas acusaciones.
Algunos dijeron que él expulsaba demonios por medio del Diablo.
Otros dijeron que estaba endemoniado y que era samaritano.
Otros lo acusaron de borracho y glotón.
También lo acusaron de no respetar el sábado.
Algunos lo acusaron de afirmar que él era un dios.
Otros criticaron a sus amigos.
También tergiversaron sus palabras, como si hubiera dicho que derribaría el templo y lo reconstruiría en tres días.
Y, finalmente, lo acusaron de blasfemia.
Además de todo esto, también lo acusaron de muchas otras cosas.
¿Pero cómo reaccionó Jesús?
Volvamos a la Biblia, a 1 Pedro 2:23, y leamos el final del versículo 23.
Dice: “Cuando estaba sufriendo, no los amenazó.
Más bien, se puso en manos del que juzga con justicia”.
Así es, Jesús lo dejó todo en manos de Jehová porque a él lo que le importaba era lo que pensaba Jehová de él, y no lo que pensaran sus enemigos.
Y a nosotros no debería sorprendernos que nos pase algo parecido hoy día.
¿Qué ha estado ocurriendo últimamente?
En algunos países dicen que somos extremistas, incluso han catalogado la Traducción del Nuevo Mundo como publicación extremista.
Hemos escuchado acusaciones como “Los testigos de Jehová no quieren a sus hijos”, y todo porque respetamos las normas de la Biblia sobre la santidad de la sangre.
Otros han dicho: “Los testigos de Jehová no van al hospital ni al médico”.
Hay gente que dice todo tipo de cosas absurdas sobre nosotros, incluso afirman que escondemos o encubrimos el abuso de menores, cuando en realidad nuestras normas morales son más elevadas que las de cualquier otro grupo.
Así que no debería sorprendernos que lancen acusaciones sin sentido contra nosotros; es lo mismo que le pasó a Jesús.
¿Y qué es lo que hacen muchos cuando los acusan de algo que es totalmente falso?
Bueno, acuden a los tribunales para solucionarlo.
Nosotros hemos hecho eso a veces.
Esto se relaciona con 1 Pedro 2:12, que dice que debemos mantener “una conducta ejemplar” para que, cuando las personas de buen corazón comparen esas acusaciones con nuestra conducta, “le den gloria a Dios”.
Eso lo hacen las personas buenas, las que son justas.
Pero tenemos que recordar que a Jesús también lo llevaron a los tribunales.
Las autoridades judías lo declararon culpable por razones políticas, económicas y también razones religiosas.
Y luego lo llevaron ante un juez romano.
Y el juez, aunque sabía que Jesús era inocente, al final cedió a la presión política.
Por eso, no debería sorprendernos que nos pase algo así hoy día.
Para ilustrar este punto, pensemos en un partido de fútbol.
¿Qué vemos en este dibujo?
El árbitro le está pitando al jugador, lo está acusando de hacer algo mal.
Pero, si nos fijamos, ¿qué más vemos?
El árbitro está comprado, hay corrupción.
Y, claro, en el mundo de Satanás pasa lo mismo, aunque no sea tan evidente.
Sabemos que en este sistema ocurren cosas que no vemos, que se hacen a escondidas.
Hay personas corruptas o con intereses políticos.
En realidad, es como si jugáramos un partido pero siguiendo unas reglas diferentes a las que sigue el mundo.
Y el mundo va cambiando las reglas durante el partido de acuerdo con lo que le conviene.
Eso fue lo que vimos en el año 1918 cuando nuestros hermanos fueron condenados a prisión.
Ellos apelaron la sentencia y tenían derecho a pedir la libertad bajo fianza.
Pero el juez que atendió ese caso les denegó ese derecho.
¿Por qué tomó esa decisión?
Bueno, hubo razones que quizás no eran tan evidentes en aquel momento.
Por un lado, este juez era muy católico.
Más tarde, el papa Pío XI le otorgó la condecoración de la Orden de San Gregorio Magno.
Pero eso no fue todo, ¿saben qué ocurrió años más tarde?
Ese mismo juez que falló en contra de los hermanos fue condenado por corrupción a dos años de prisión por haber aceptado un total de 186.000 dólares a cambio de seis fallos.
¡Ahora todo tiene sentido, ajá!
Ya podemos entender por qué había tomado aquella decisión.
Por eso, no debería sorprendernos que, aunque algunas veces los tribunales fallan a nuestro favor, en muchas ocasiones toman decisiones en contra de nosotros.
Claro, en los últimos años hemos tenido muchas victorias legales, por eso nos puede resultar extraño que a veces se lancen acusaciones absurdas contra nosotros y se nos declare culpables en los tribunales.
Pero ¿no fue eso lo que le pasó a Jesús?
Claro que sí.
Recordemos, Jesús dijo: “Toda la gente los odiará por causa de mi nombre”.
Pensemos en el apóstol Pablo.
Cuando estuvo en Cesarea, fue juzgado por dos gobernantes romanos, Festo y Félix.
¿Y por qué no se hizo justicia?
Si leemos el capítulo 24 de Hechos, ¿qué descubrimos?
Que Félix lo que quería era recibir un soborno; era corrupto.
Además, él quería quedar bien con los judíos, así que tenía un interés político en el asunto.
Y, claro, aparte de eso, cuando pensamos en todo el relato, ¿de qué nos damos cuenta?
De que era la voluntad de Jehová.
Él permitió que Pablo siguiera preso para que se cumpliera la profecía de que él daría testimonio delante de reyes y gobernantes.
Entonces, ¿qué aprendemos de lo que hemos hablado hoy?
Que está muy bien cuando ganamos en los tribunales y que por ello se alabe el nombre de Jehová, pero en la mayoría de los casos vemos que las decisiones que se toman en los tribunales reflejan el odio que este mundo nos tiene.
A Jesús lo declararon culpable de algo que él no había hecho, por eso a nosotros nunca deberían sorprendernos las acusaciones absurdas que lancen en nuestra contra.
¿Qué debemos hacer?
Como dice 1 Pedro, capítulo 2, debemos seguir el ejemplo de Jesús.
Así es, él “se puso en manos del que juzga con justicia”.
Después de todo, ¿no es la opinión de Jehová lo que más nos importa?
