Stephen Lett: No seamos arrogantes (1 Ped. 5:5) [10:16]


En el discurso de esta mañana, hablaremos de algo que todos debemos esforzarnos por evitar.


El título es “No seamos arrogantes”.


¿Pero qué es la arrogancia?


La Biblia y las publicaciones nos ayudan a entender que la persona arrogante es atrevida y descarada y, por su propia cuenta, se toma libertades que no le corresponden.


¿Y qué piensa Jehová de los arrogantes?


Vayamos a Malaquías, capítulo 4.


Veamos lo que les pasará a estas personas en Armagedón.


Malaquías 4:1: “Porque, ¡miren!, viene el día, ardiente como un horno, en el que todos los arrogantes y todos los que hacen cosas malas serán como hierba seca.


El día que está por venir de seguro los devorará —dice Jehová de los ejércitos— y no les dejará ni una raíz ni una rama”.


Así que Jehová odia a las personas arrogantes y acabará con ellas por completo.


Y, por supuesto, nosotros no queremos ser arrogantes ni parecernos a ellos.


Por eso, hablemos de algunos personajes bíblicos que fueron arrogantes de diferentes maneras.


Así podremos evitar cometer los mismos errores que ellos.


El primer personaje es Eliab.


Leamos juntos 1 Samuel, capítulo 17, y veamos lo que dijo el hermano mayor de David, Eliab.


1 Samuel 17:28: “Cuando Eliab, el hermano mayor, escuchó a David hablando con los hombres, se enojó con él y le dijo: ‘¿Para qué viniste?


¿Con quién dejaste esas pocas ovejas en el desierto?


Te conozco, eres un insolente y tienes malas intenciones en tu corazón.


Solo has bajado aquí para ver la batalla’”.


Como vimos, Eliab dio por hecho que David tenía malos motivos.


Hasta dijo que era un insolente, un arrogante.


Pero eso no era verdad.


Fue Jesé, su padre, el que mandó a David al campamento de los israelitas.


Así que aquí el único arrogante fue Eliab, porque sin ningún derecho se tomó la libertad de juzgar los motivos de su hermano.


Entonces, ¿qué aprendemos de este relato?


Que no debemos juzgar los motivos de nuestros hermanos.


Y Jesús también nos habló de este asunto.


Él dijo: “Dejen de juzgar, para que no sean juzgados”.


Como sabemos, en realidad es Jehová quien “ve todas las intenciones y pensamientos” y él ha nombrado a Jesús “juez de vivos y de muertos”.


Ellos sí pueden juzgar, pero nosotros no tenemos ni la capacidad ni el derecho de hacerlo.


Quien juzga los motivos de los demás es arrogante.


Hablemos del segundo personaje, Herodes.


En Hechos, capítulo 12, dice que “se vistió con las ropas reales […] y empezó a darle un discurso al público”.


La gente se puso a gritar: “¡Es la voz de un dios, y no de un hombre!”.


Al instante, el ángel de Jehová lo castigó con una enfermedad mortal.


¿Y cuál fue la razón?


Pues que “no le dio la gloria a Dios”.


¿Y qué aprendemos?


Que no debemos aceptar la gloria que solo le pertenece a Jehová.


Pensemos en esto: ¿gracias a quién tenemos la capacidad de desarrollar cualquier talento o cualquier habilidad?


Pues es gracias a Jehová, ¿verdad?


Así que, si logramos alguna cosa o tenemos cierta habilidad, la gloria debe ir a Jehová.


Por eso, esforcémonos por tener la costumbre de dirigir humildemente la gloria a Jehová cuando alguien nos la dé a nosotros.


Hablemos ahora del tercer personaje: Coré y los que lo apoyaron en su rebelión.


Números, capítulo 16, dice que “se reunieron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: ‘¡Estamos hartos de ustedes!


[…] ¿Por qué se ponen […] por encima de la congregación de Jehová?’”


¿Cuál era su problema?


Ellos no valoraban las responsabilidades que ya tenían.


En vez de eso, sentían que se merecían un lugar más prominente en el pueblo de Jehová; querían algunas de las responsabilidades que Moisés y Aarón tenían y también su prominencia.


Entonces, ¿qué peligro debemos evitar?


Sentir que nos merecemos más responsabilidades en la organización de las que ya tenemos o, incluso peor, tratar de conseguirlas presionando a los demás.


Más bien, debemos estar muy agradecidos por todo lo que Jehová ya nos deja hacer en su pueblo y sentirnos satisfechos por eso.


Al hacer esto, evitaremos pensar que nos merecemos o que tenemos derecho a todo, algo que es muy común en el mundo de Satanás.


Y, siendo sinceros, ¿qué es lo que en realidad nos merecemos?


Romanos 6:23 dice: “El salario que el pecado paga es la muerte”.


Es lo que en realidad nos merecemos.


Pero, si aprendemos a ser agradecidos y a estar satisfechos, en vez de conseguir lo que creemos merecer, recibiremos algo mejor: la bondad inmerecida de Jehová.


Ni siquiera el Hijo primogénito de Dios pensó que se merecía más de lo que ya tenía.


Filipenses 2:6 dice que a Jesús “ni se le pasó por la mente tratar de ser igual a Dios”.


Jamás se le ocurrió algo así.


¿Y acaso sintió Jesús que se merecía algún tipo de ascenso por haberse mantenido fiel durante su vida en la Tierra?


No.


“Padre, glorifícame a tu lado con aquella gloria que yo tenía”.


“Por favor, dame solo lo que tenía antes”.


Nunca pensó que merecía más de lo que ya le había dado.


¿Y quién es nuestro cuarto personaje?


Uzías.


Si recuerdan, en 2 Crónicas, capítulo 26, se nos cuenta que, aunque Uzías no era sacerdote, entró en el templo para quemar incienso.


Ochenta y un sacerdotes trataron de detenerlo, pero él se enfureció.


Así que Jehová lo castigó enfermándolo de lepra.


Bueno, ¿qué nos enseña esto?


Que nunca debemos sobrepasar los límites de nuestra autoridad.


Veamos un par de ejemplos.


Dentro de la familia, Jehová les ha dado a los esposos el papel de cabeza, y tanto las esposas como los hijos se esfuerzan por respetar esa autoridad.


¿Y qué hay de los ancianos?


Ellos saben que su autoridad tiene límites.


Saben bien que estaría mal intentar ser “amos de la fe” de sus hermanos.


Por eso, lo que hacen es ser sus colaboradores.


También saben que no tienen autoridad para ir más allá de lo que está escrito, escrito en la Palabra de Dios y por el esclavo fiel y prudente.


A diferencia de Uzías, ellos se esfuerzan por respetar los límites.


Hablemos ahora del último personaje, Uzá.


Seguramente recuerden su historia.


Está en 2 Samuel, capítulo 6.


Allí dice que transportaban el arca del pacto en una carreta.


En un momento, los toros casi la vuelcan.


Uzá extendió la mano y agarró el Arca.


Entonces Jehová lo ejecutó.


Bueno, ¿qué aprendemos de esto?


Nunca deberíamos pensar que sabemos hacer las cosas mejor que Jehová.


Él lo había dejado muy claro: nadie podía tocar el Arca.


La persona que lo hiciera tenía que ser ejecutada.


Pero, por lo visto, Uzá pensó que su manera de hacer las cosas era la mejor.


¿Y cómo podríamos hoy caer en el mismo error?


Por ejemplo, si pensamos que sabemos mejor que Jehová lo que tenemos que hacer en asuntos como casarse “en el Señor” o ser obedientes y sumisos a los ancianos… Si alguna vez nos sentimos tentados a pensar así, recordemos a Uzá.


Bueno, esta mañana hablamos de la arrogancia y analizamos cinco personajes bíblicos a los que no queremos parecernos.


En resumen, recordemos el ejemplo de Eliab y esforcémonos por no juzgar los motivos de nuestros hermanos.


Recordemos a Herodes, y, si recibimos gloria por algo que hemos conseguido, dirijámosla a Jehová.


Recordemos a Coré y nunca pensemos que merecemos más responsabilidades en la congregación.


Recordemos a Uzías y hagamos todo lo posible por no sobrepasar los límites de nuestra autoridad.


Y, por último, recordemos a Uzá y nunca pensemos que sabemos mejor que Jehová lo que tenemos que hacer.


¿Y lograremos evitar siempre la arrogancia?


Si pasamos por las situaciones que analizamos, ¿lograremos hacerlo siempre todo bien?


No.


Pero, si luchamos por no ser arrogantes, Jehová bendecirá nuestros esfuerzos.


Así le demostraremos que somos una parte muy valiosa de su organización, y no un problema.


Y sobre todo le demostraremos que seremos muy valiosos para él en el nuevo mundo, cuando por fin deje de existir la arrogancia.





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