D’Arcy MacEwan: El amor y la gratitud nos impulsan a hacer sacrificios (Juec. 11:36) [9:44]


Hoy vamos a hablar de los sacrificios.


La pasada asamblea regional nos recordó que para adorar a Jehová es necesario darle cosas y también sacrificar cosas por él.


Y tanto en Betel como en las congregaciones hay buenos ejemplos de eso, de hermanos que están dispuestos a sacrificar mucho para servir a Jehová.


Pero hoy no nos centraremos en el qué, qué le damos a Jehová, ni tampoco en el cuánto le damos a él, sino en el porqué, por qué hacemos sacrificios por Jehová.


También veremos lo que podemos aprender sobre lo que nos motiva a hacer sacrificios.


Lo haremos examinando un relato de la Biblia, el de la hija de Jefté.


Este es un relato que conocemos bien.


Antes de ir a la guerra, Jefté le hizo un voto a Jehová: le dijo que, si le daba la victoria, la primera persona que saliera a recibirlo estaría totalmente dedicada a Dios, le serviría en el tabernáculo.


Todos sabemos lo que pasó.


La primera persona que salió a su encuentro fue su única hija.


Así que ella tendría que servir a Jehová en el tabernáculo el resto de su vida y quedarse soltera.


Se podrían contar muchas cosas sobre este relato, porque es fascinante.


Pero nos vamos a concentrar solamente en su respuesta, la respuesta que dio cuando escuchó el voto de su padre.


Por favor, abran sus Biblias en Jueces, capítulo 11.


Veamos cómo respondió cuando se enteró de lo que había hecho su padre, el voto que hizo y que le cambiaría la vida por completo a ella.


En Jueces, capítulo 11, su padre le dice lo que pasó al final del versículo 35: “Le hice un voto a Jehová y ahora no puedo volverme atrás”.


¿Cómo responde ella?


Seguro que pensamos en las palabras del 37: “Deja que me vaya dos meses; iré a las montañas.


Necesito orar y pensar”.


Pero eso no fue lo primero que ella dijo, ¿verdad?


¿Entonces qué fue?


Versículo 36: “Pero ella le dijo: ‘Padre mío, si le hiciste un voto a Jehová, tienes que hacer conmigo lo que prometiste’”.


“Tienes que hacer conmigo lo que prometiste”.


Ella demostró de inmediato que apoyaba el voto de su padre.


¡No lo pensó dos veces!


Dijo: “¡Lo haré!”.


¿Verdad que es increíble?


¿Por qué?


¿Será que no entendió del todo lo que implicaba?


¿Dijo eso porque se dio cuenta de que no tenía otra opción?


¿Lo hizo para hacer feliz a su padre?


Pues no tenemos que adivinarlo.


Podemos entender por qué aceptó tan rápido leyendo el resto del versículo.


Ella dice: “Tienes que hacer conmigo lo que prometiste [¿por qué?


Fíjense en lo siguiente que dice], ya que Jehová te ha vengado de tus enemigos, los ammonitas”.


“Ya que Jehová te ha vengado de tus enemigos”.


No sabemos el nombre de la hija de Jefté, pero con estas palabras sabemos lo que había en su corazón: amaba mucho a Jehová y le estaba agradecida por lo que había hecho.


Esa fue la razón por la que apoyó a su padre: estaba agradecida por lo que Jehová había hecho por Israel, por su papá y hasta por ella misma.


Pensemos en lo que la victoria sobre los ammonitas significó para ella.


El capítulo 10 nos da información para entender mejor esta historia.


Los ammonitas habían estado atacando a los israelitas 18 años.


Eso era lo único que esta jovencita conocía: la vida bajo opresión, el miedo, la incertidumbre de cuándo los atacarían de nuevo.


La hija de Jefté vivía al este del río Jordán, cerca de los ammonitas, y además en un territorio que ellos atacaban con frecuencia.


La Biblia dice que ellos “aplastaron y oprimieron” esa zona.


Los israelitas estaban tan desesperados que le rogaban a Jehová: “Sálvanos de los ammonitas”.


Quizá ella también oraba pidiendo lo mismo.


Imagínate lo que ocurrió cuando le dijeron a su padre que luchara por Galaad contra los ammonitas.


El relato solo dice que ella estaba feliz cuando él regresó, ¿pero se imaginan la escena cuando se fue?


¡Cómo se sentiría!


Seguro que estaba orgullosa de que estuviera dispuesto a pelear por el nombre de Jehová, ¿pero estaría asustada?


¿Habrá pensado que esa sería la última vez que vería a su padre vivo?


¿Te la imaginas pidiéndole a Jehová que ayudara a su papá a ganar la batalla y que lo protegiera?


No nos extraña que, cuando escuchó que habían ganado y vio a su padre regresar, saliera a su encuentro bailando al son de una pandereta como si dijera “Muchas gracias, Jehová”.


¿Y por qué reaccionó así?


Porque estaba feliz, estaba muy agradecida.


Eso fue lo que la motivó a apoyar la promesa de su padre, sin importar los sacrificios que tuviera que hacer.


La gratitud era el motor que la impulsaba a hacer esos sacrificios.


¿Y verdad que la gratitud y nuestro profundo amor por Jehová es lo que nos impulsa a hacer sacrificios a nosotros?


¿Te has preguntado alguna vez: “¿Dónde estaría yo sin Jehová?”?


Jehová nos dio la vida.


Jehová nos atrajo a él.


Y nos dio una preciosa familia espiritual.


Además, tenemos que pensar en las cosas que Jehová ha hecho por nosotros personalmente, cómo ha respondido a todas nuestras oraciones.


Y, cuanto más agradecidos nos sintamos a Jehová, más fácil nos resultará hacer sacrificios por él y más felices nos sentiremos al hacerlos.


Puede ser que a veces ni siquiera nos demos cuenta de que estamos haciendo un sacrificio, pero Jehová sí se da cuenta.


Aunque para nosotros lo que hagamos pase desapercibido, Jehová no lo pasa por alto.


¿Dónde vemos eso en el relato de hoy?


Bueno, leamos el versículo 39: “A los dos meses, cuando ella regresó a la casa de su padre, él cumplió el voto que había hecho.


Ella nunca tuvo relaciones sexuales con ningún hombre”.


Esta frase nos dice mucho, nos dice que ella permaneció fiel a su voto.


Y también nos muestra que Jehová quería que supiéramos que ella fue fiel.


Debió sentirse muy orgulloso de ella.


Vio los sacrificios que hizo y que cumplió su voto toda su vida.


¡Precioso!


Pero estas palabras nos revelan algo más.


¿Quién escribió este relato, quién más se fijó en sus sacrificios?


Al parecer el libro de Jueces lo escribió Samuel.


Y nuestras publicaciones han dicho que probablemente Samuel y la hija de Jefté sirvieron en la misma época en Siló.


Si fue así, estas palabras no solo nos dicen que Samuel sabía que ella se mantuvo fiel, sino que también observó su ejemplo día tras día, incluso cuando había problemas en el tabernáculo.


Seguro que él la entendía bien, porque los dos estaban en Siló porque uno de sus padres había hecho un voto.


¿Será que el ejemplo de ella lo motivó a él a cumplir el voto de su madre?


Sea como sea, ella fue un excelente ejemplo para Samuel.


Eso me recuerda a nuestros jóvenes, a los que se hicieron precursores al terminar sus estudios, o que llegaron a Betel cuando tenían 18 o 19 años.


¿Tuviste que separarte de tus amigos o hermanos menores?


Tal vez no lo admitan o no te lo digan, pero te ven como un ejemplo.


Se dan cuenta de los sacrificios que has hecho.


Y, sobre todo, ven tu sonrisa, tu entusiasmo, tu cara cuando les cuentas todo lo que haces para Jehová.


Seguro que ven cuánto has madurado espiritualmente.


Eres un referente para ellos, se fijan en lo que haces, y tu buen ejemplo los ayudará a tomar buenas decisiones.


Entonces, ¿cómo podemos resumir lo que hemos visto hoy?


¿Qué nos motiva a hacer sacrificios por Jehová?


No lo hacemos por obligación ni para recibir elogios: lo que nos motiva es el agradecimiento y el gran amor que sentimos por Jehová.


Nuestras decisiones honran a Jehová, y ayudan y animan a los demás.


Así que sigamos sirviendo a Jehová de todo corazón, sabiendo que él ve y valora mucho todos los sacrificios que hacemos por él.





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