Negede Teklemariam: 26 años encarcelado por mi fe [32:44]


La noche del 17 de septiembre de 1994, estábamos con mi familia durmiendo en casa.


Entonces escuchamos que alguien golpeó en la puerta.


Un grupo de soldados entró a la fuerza y comenzaron a buscarme habitación por habitación.


Tres de ellos me agarraron y me llevaron con lo puesto, ni siquiera dejaron que me cambiara de ropa.


Mamá me dijo: “¡Sé valiente!


Jehová está contigo.


Mientras seas leal a Jehová, él siempre te protegerá”.


Me llevaron a la comisaría, y la celda en la que me pusieron estaba tan oscura que no se podía saber cuántas personas había ahí.


A ninguno de nosotros nos tomaron nuestros datos.


Así que, cuando me encerraron, no se hizo ningún registro de mi detención.


Nos tuvieron allí encerrados unas dos horas; y después, como a las cuatro de la mañana, nos llevaron al estadio de Asmara.


Todavía estaba oscuro, pero se veía que había al menos unas 1.000 personas.


Como a las seis de la mañana, cuando empezó a haber más luz, pude distinguir el rostro de Paulos, un amigo de la infancia.


Y después también vi a Isaac.


Poco a poco los testigos de Jehová empezamos a juntarnos y, al final, éramos 14.


Más tarde llegaron unos camiones sin cubierta para llevarnos a Sawa, y cargaron cada camión con grupos de entre 60 y 75 personas.


En el que me subieron a mí había otros cuatro Testigos.


Afuera del estadio había muchos familiares de los que estábamos ahí detenidos, pero no reconocí a nadie.


Cuando estábamos en el camión, alguien me lanzó una bolsa con mi nombre, pero no pude ver quién fue.


Cuando la abrí, adentro había dos prendas de ropa que vi que eran de mi casa y mi folleto del texto diario.


Muchos años después supe que los que me habían lanzado esa bolsa habían sido mis hermanos.


La verdad es que yo ya había leído el texto de ese día la noche anterior.


El texto era una parte de Juan 16:33, que decía: Con todas las injusticias que vimos, todo el sufrimiento que vivimos a lo largo de los años, aprendimos lo que era sufrir tribulación de una manera que nunca habíamos imaginado.


Así que he recordado ese texto muchas veces.


Sawa es un campamento de entrenamiento militar que hay en Eritrea.


En realidad, puede decirse que es como una pequeña ciudad, porque a veces ahí viven 10.000 personas, 20.000 personas o incluso más.


La verdad es que es enorme, y dentro del campamento hay una pequeña prisión.


Yo era muy joven, pero pude mantenerme neutral.


Lo que me ayudó fue que estaba bien preparado.


Antes había pensado en cómo responder preguntas en caso de que quisieran saber por qué no participaba en el servicio militar obligatorio.


Por ejemplo, tenía que tener muy claro por qué no iba a recibir ese entrenamiento y cómo les explicaría que quería mantenerme neutral.


Claro, esto no fue nada fácil, porque todos se estaban uniendo al Ejército, teníamos la presión de otros jóvenes de nuestra familia y, por supuesto, del Gobierno.


Había muchas cosas en contra, muchas cosas que hacían difícil mantenerse neutral.


Así que estar totalmente convencido de mis creencias me ayudó a ser leal.


Muchas veces los soldados eran tan crueles con nosotros que estuvimos a punto de morir.


Lo llamamos prisión por decir algo, porque no hay palabras para describirla.


Allí no nos trataban como seres humanos y las condiciones de vida eran espantosas, casi insoportables.


La caseta en la que nos metieron era de láminas de metal y tenía una puerta, pero no se podía abrir.


Tenía una ventana, pero tampoco se podía abrir.


De día hacía muchísimo calor y, si tocabas el metal, te quemabas.


No corría el aire, y la habitación estaba abarrotada de gente.


Así que sentíamos un calor sofocante.


Dormíamos en el suelo porque no había camas, y no nos dejaban usar nada sobre lo que pudiéramos dormir.


Un día, cuando ya llevábamos meses encerrados en ese cuarto de metal, comenzaron a sacarnos uno por uno.


Entre las diez y las once de la noche me tocó a mí.


Los soldados me llevaron al desierto y me dijeron que cavara un hoyo.


Pero yo estaba tan débil que no tenía las fuerzas para hacerlo.


De todas maneras, me di cuenta de que ellos ya habían preparado uno.


Entonces me dijeron: “Hemos intentado de todo para convencerte, pero tú no quieres cambiar de opinión.


Así que el Gobierno ha decidido que tenemos que ejecutarte.


Tienes dos opciones, elige una.


La primera es que te pongas el uniforme y te hagas soldado, o que sigas diciendo que perteneces al Reino de Dios.


Pero, si eliges esta segunda, vamos a tener que meterte en ese hoyo”.


Por supuesto, yo no cedí y elegí la segunda opción, así que me metieron en ese hoyo y siguieron amenazándome.


Para asustarme dispararon muchas veces cerca de mi oído.


Después los guardias me dijeron: “El que trajimos justo antes que a ti no quiso aceptar nuestra oferta, así que lo matamos; pero el que trajimos antes que él aceptó hacerse soldado y ahora lleva puesto el uniforme”.


Y entonces me preguntaron qué iba a elegir yo.


Este era otro de los métodos que usaban con nosotros.


Intentaban engañarnos para que cambiáramos de opinión.


Y entonces los soldados me dijeron: “Ya estamos cansados de decírtelo una y otra vez.


Te hemos dado muchas oportunidades para que cambies, así que esta es la última vez que te vamos a dar la opción de que elijas entre ser soldado o morir.


Se acabó”.


Pero la verdad es que yo no tenía ni que pensarlo, sabía perfectamente lo que iba a hacer.


Así que les dije: “Si quieren matarme, háganlo.


Mátenme.


En realidad, pueden hacer lo que quieran conmigo, pero yo no me voy a poner el uniforme de soldado ni tampoco voy a recibir entrenamiento militar.


Esa es mi decisión”.


En lugar de matarme, me encerraron en un baño que usaban los soldados y pasé ahí el resto de la noche.


En la mañana, me llevaron a otro edificio separado del grupo con el que estaba antes.


Los guardias nos trataban peor que a animales.


Solo nos daban el agua y la comida suficientes para que no muriéramos.


Si nos enfermábamos, no nos daban los medicamentos que necesitábamos, y para comer nos daban siempre lo mismo: sopa de lentejas con pan.


Era tan poco lo que nos daban que no teníamos las energías para hacer el trabajo que nos pedían; estábamos desnutridos, y las cosas que teníamos que hacer nos desgastaban mucho en sentido físico.


Por culpa de este maltrato tan extremo, algunos de nuestros hermanos y hermanas se enfermaron muy gravemente.


Y otros incluso perdieron la vida.


Había otras personas presas con nosotros que no eran testigos de Jehová, pero a ellos les daban más agua y más comida.


Con nosotros se comportaban de forma muy distinta, solo porque éramos Testigos.


Nos maltrataban y cometían muchas injusticias con nosotros.


No solo estábamos presos.


Además, nos amarraban con cuerdas y eran muy crueles con nosotros.


Nos daban palizas terribles y nos ponían a hacer trabajos forzados.


Nos hacían trabajar muchísimo.


Querían que nos rindiéramos e hiciéramos lo que ellos querían.


Todo ese tiempo pasamos cosas muy duras.


Para mí, lo más duro de los 23 años que pasé en el campo de Sawa fue que ni siquiera podías hacer tus necesidades cuando tenías ganas.


Teníamos que pedir permiso, y siempre había un soldado vigilándonos y mirando.


¡¿Qué clase de vida es esa?!


Un tiempo después se repitió la misma situación.


Un oficial y unos soldados me llevaron a un lugar en medio del desierto.


Yo ni siquiera tenía las fuerzas para llevar la pala, así que los soldados tuvieron que llevarla por mí.


Rápidamente cavaron un hoyo.


Luego me dijeron: “Nos ordenaron que te metiéramos en este hoyo.


Pero a nosotros nos gustaría llevarte de vuelta al campamento y decirles a los oficiales que ahora sí vas a cooperar.


Pero, si no haces lo que te decimos, ya sabes lo que te espera: tendremos que meterte ahí”.


Les dije: “Hagan lo que tengan que hacer”.


Me metieron en el hoyo y me enterraron.


Me enterraron hasta el cuello.


A esas alturas, yo estaba muy débil por todos los meses de maltrato que había sufrido.


Era la peor hora de calor del día y el sol me estaba quemando la cabeza, y además estaba enterrado en arena que se había calentado al sol durante todo el día.


Sudaba y empecé a desmayarme.


Entonces pasó un auto con militares.


Aunque estaban lejos, vieron a alguien enterrado hasta el cuello.


Lo bueno fue que uno de los soldados no era del campamento, solo iba pasando por ahí y decidió detenerse.


Pero no era un soldado cualquiera: resulta que era un oficial de alto rango.


Él y los que lo acompañaban empezaron a decirles a los soldados que me habían metido en el hoyo: “Pero ¡¿qué hacen?!


¿Cómo se les ocurre tratar con tanta crueldad a un ser humano?


¿Quién les mandó enterrarlo vivo?”.


Ese oficial llegó para ayudarme, pero yo no lo conocía a él y él no me conocía a mí.


Si lo piensas, mi situación era tan desesperada, estaba tan lejos de todo que ¡¿quién me iba a ayudar ahí?!


Solo Jehová sabía lo que me estaba pasando, solo él.


Y que unos desconocidos fueran pasando por ahí, me vieran a lo lejos y decidieran rescatarme… Estoy seguro de que fue Jehová.


Había un hombre y una mujer que trabajaban en la cárcel.


Él era uno de los guardias y ella trabajaba de secretaria.


Estaban hablando entre ellos y decían: “Míralos, no creo que estos hombres vayan a salir vivos de este lugar.


Parece que los van a ejecutar.


Tomémosles una foto para que se sepa lo que les está pasando.


Así, si los llegan a matar y después no se sabe dónde los entierran, al menos sus familias sabrán que estuvieron aquí y que se veían así”.


Y eso fue lo que hicieron.


Tomaron la foto y se la mostraron a nuestras familias y al resto del mundo.


En la foto se ve a Paulos con las manos llenas de barro.


Y es que, en el momento en que nos llamaron para sacarnos la foto, estábamos trabajando muy duro afuera.


Solo entramos un momento y la sacaron.


No queríamos que nuestros padres u otros familiares nos vieran tristes o desanimados en la foto.


Todo lo contrario, queríamos que supieran que nos sentíamos felices de estar allí por el Cristo.


Por eso nos esforzamos por sonreír.


Cuando vas a la cárcel, lo normal es pensar que con el tiempo te van a liberar.


Y piensas: “Después de tantos años, seguro que me van a dejar ir o, por lo menos, van a dejar que presente mi caso ante la corte o ante un tribunal”.


Pero en nuestro caso ya habían pasado 23 años y nunca nos habían dado esa oportunidad.


No teníamos ninguna esperanza de que nos liberaran algún día, ni mucho menos de que nos hicieran un juicio.


Ya ni pensábamos en esa posibilidad.


Estábamos resignados y sentíamos que las autoridades solo estaban esperando, esperando a que nos volviéramos locos o a que nos muriéramos por falta de tratamiento médico.


Pero teníamos algo muy claro sobre nuestra situación: el hecho de que estuviéramos presos estaba muy relacionado con defender la soberanía de Jehová.


Y, aunque no teníamos esperanza de que nos liberaran pronto, meditar en el Paraíso aquí en la Tierra nos ayudó a aguantar.


Nos esforzábamos por centrarnos en la recompensa que Jehová nos daría en el futuro si nos manteníamos fieles.


Eso nos ayudó a no rendirnos, a seguir adelante.


Mi papá murió mientras estaba en la cárcel, por eso no pude despedirme de él.


Eso me dolió mucho.


Y no solo perdí a mi papá, también perdí a mi hermana.


Ella era mayor que yo.


También murió mientras estaba preso; tampoco pude despedirme de ella.


Tengo tantas ganas de que llegue el Paraíso y que Jehová la resucite… La volveré a ver.


Estoy seguro de que se va a poner muy feliz al ver que todo ese sufrimiento se acabó y que nunca más vamos a volver a pasar por cosas como esas.


Habrá llegado el momento en que los siervos de Jehová le sirvamos en paz.


Ya llevábamos unos 14 o 15 años presos cuando empezaron a surgir algunas oportunidades de huir, de escapar de esa cárcel.


La posibilidad de escapar podía parecer muy tentadora, muy buena, pero lo primero que se me venía a la cabeza era: “Si me voy, ¿qué les va a pasar a Isaac y Paulos?


¿Qué les van a hacer si me escapo?”.


En la cárcel también había personas que eran de otras religiones.


A ellos también los habían encarcelado por sus creencias.


Muchas veces vimos que, cuando uno de ellos se escapaba, a sus compañeros que quedaban en la cárcel los trataban el doble de mal.


Pero a nosotros Jehová nos enseña algo distinto: nos enseña a cuidarnos unos a otros.


Así que, antes de hacer cualquier cosa, siempre pensábamos en cómo eso afectaría a nuestros hermanos.


Y, claro, no solo éramos los tres.


Porque, después de que Paulos, Isaac y yo llegáramos a esa cárcel, también metieron presos a otros 10 testigos de Jehová.


Así que lo que hacíamos y nuestras decisiones influían mucho en ellos, en lo que sentían y en lo que hacían.


Ellos nos observaban; se fijaban en nuestro ejemplo.


En todo ese tiempo, la oración fue lo que nos ayudó a sobrevivir, sobre todo en los primeros años, porque no teníamos nada de alimento espiritual, ni Biblia ni publicaciones.


Lo único que podíamos hacer era orar.


Recuerdo que al principio le pedía a Jehová que por favor nos sacara de la cárcel.


Pero con el tiempo me di cuenta de que tenía que cambiar mi forma de pensar y cambiar mis oraciones.


Así que empecé a pedirle a Jehová que me ayudara a aguantar y a soportar la vida tan terrible que llevábamos en prisión.


Y estoy completamente seguro de que una de las razones por las que pudimos sobrellevar esos más de 26 años encarcelados es que Jehová respondió esas oraciones.


Como contaba antes, la vida en esa cárcel era terrible, sufríamos muchos maltratos.


Yo solo no habría podido aguantar todo eso.


Pero Jehová nos ayudó a adaptarnos y a soportar todo el sufrimiento que pasamos.


Hay un texto de la Biblia que me gusta y que me ha ayudado mucho.


Es Romanos 8:35-39.


Y se ha cumplido no solo en mí, sino también en el caso de todos los que estuvieron en prisión conmigo.


El 35 dice: Digo que este texto se cumplió en nosotros porque, vez tras vez, los guardias trataron de separarnos del amor del Cristo.


Ellos siempre nos decían cosas como: “Vamos a acabar con su fe.


Vamos a hacer que renuncien a su Dios y a sus creencias”.


Pero no lo lograron, porque a medida que pasaba el tiempo, en vez de debilitarse nuestra determinación, nos hacíamos cada vez más fuertes y estábamos más decididos a ser leales a Jehová.


Poco antes de que nos liberaran de la prisión de Sawa, sucedió algo que no esperábamos.


Cierto día, nos permitieron hablar ante un oficial de alto rango enviado por la Oficina del Presidente.


La verdad es que nos pusimos muy contentos de que nos dieran una oportunidad como esa, porque hasta ese momento nunca nos habían dado la posibilidad de defender nuestras creencias ante alguien del Gobierno.


Y no venía solo.


La sala estaba llena de gente, incluidos oficiales importantes del campamento de Sawa.


Entonces empezó a decir que lo que el Gobierno estaba haciendo con nosotros era justo, que no estaba mal, porque tenían el derecho de estar en contra de los Testigos.


Ese día, cuando volvimos a nuestra celda, conversamos sobre cómo responderíamos, cómo presentaríamos nuestro caso.


Era cierto que podíamos mencionar todas las cosas que nos estaban haciendo, como por ejemplo que no nos daban atención médica o que no podíamos ver a nuestras familias.


Podríamos habernos quejado de todo eso.


Pero ellos ya lo sabían.


Eran conscientes de que nos estaban maltratando, lo estaban haciendo a propósito.


Por eso, hablar de las cosas que estábamos sufriendo no iba a servir de nada.


Así que todos estuvimos de acuerdo en que lo mejor sería aprovechar aquella oportunidad para hablar sobre los testigos de Jehová y nuestra neutralidad.


Sentíamos que eso era importante porque circulaba mucha información falsa sobre nosotros en el país.


Al día siguiente llegaron los soldados a buscarnos.


Había llegado nuestro turno para hablar.


Cuando llegamos a la sala, nos dimos cuenta de que estaba incluso más llena que el día anterior, cuando le había tocado hablar al oficial del Gobierno.


Algo que nos puso muy contentos fue ver que esos oficiales tan crueles, esos mismos que nos habían maltratado todos esos años en Sawa, estaban ahí para escucharnos.


Y era la primera vez que nos dejaban hablar así en público, la primera vez que podíamos hablar sobre nuestra neutralidad y nuestras creencias.


Y lo mejor es que todos los oficiales iban a poder escuchar lo que teníamos que decir.


Nos habíamos preparado bien.


Y, desde que nos sacaron de nuestras celdas, no habíamos dejado de pedirle a Jehová que nos diera valor y las palabras adecuadas para defender nuestra fe.


Pudimos aclarar muchas mentiras que la gente dice de nosotros.


Por ejemplo, dicen que los testigos de Jehová estamos en contra del Gobierno, que no obedecemos a las “autoridades superiores” y que no queremos hacer ningún tipo de servicio por nuestro país.


La verdad es que la gente piensa muchas cosas que no son ciertas.


Piensan que no queremos hacer nada por el Gobierno, ningún tipo de servicio civil alternativo.


Y por eso muchos llegan a la conclusión de que no queremos obedecer las leyes y que no respetamos a las autoridades.


Jehová nos dio la tranquilidad para que pudiéramos aclarar cada una de estas mentiras, una por una.


Pudimos explicar que los testigos de Jehová sí estamos dispuestos a hacer cosas por el Gobierno siempre y cuando no tengan nada que ver con el servicio militar.


El oficial del Gobierno que había hablado el primer día se enojó muchísimo porque, claro, habíamos demostrado ante todos que lo que él había dicho era mentira.


Así que no quiso seguir escuchando.


Nosotros lo habíamos escuchado con paciencia cuando él habló de los Testigos, pero él no pudo hacer lo mismo.


Todos podíamos ver que estaba cada vez más y más furioso.


Al final ya no aguantó más.


Estaba tan enojado que se puso a hablar muy fuerte y trató de quitarnos el micrófono que estábamos usando.


Pero lo que pasó a continuación no se lo esperaba nadie.


Cuando los demás oficiales vieron que este hombre nos interrumpía y no nos dejaba hablar, se pusieron a defendernos y dijeron: “Queremos oír lo que estos prisioneros tienen que decir.


Nos gustaría que nos aclararan estos temas de los que estaban hablando”.


Como esos oficiales nos defendieron, pudimos seguir aclarando nuestras creencias.


Y así respondimos todas las preguntas que tenían sobre nosotros.


Así que el plan del Gobierno de poner a la gente en nuestra contra no funcionó.


Esa reunión con el Gobierno hizo que las personas cambiaran su opinión sobre los testigos de Jehová y que pensaran bien de nosotros.


Al terminar, nos sentimos muy contentos y tranquilos porque habíamos podido decir todo lo que teníamos pensado decir y causamos una buena impresión en los presentes.


Y los oficiales con los que ni siquiera nos habíamos dado la mano durante 15 años ahora nos abrazaron.


Y nos dijeron: “Estamos muy sorprendidos.


Nos gustó mucho lo que escuchamos”.


También pudimos conocer a algunas autoridades importantes y contarles sobre nuestras necesidades médicas y que algunos de nuestros hermanos estaban enfermos.


Pudimos defender nuestra fe y contar algunas de las cosas que nos estaban pasando.


Fue una ocasión muy especial.


No esperaba que nos liberaran ese día ni ese año.


Pero aprendí que Jehová puede liberar a sus siervos de cualquier prueba, no importa lo difícil que sea, y que puede hacerlo en el momento en que él quiera.


En esta imagen se ve al papá de Paulos.


Él le estaba dando las gracias a Jehová y le estaba diciendo: “Jehová, gracias por escucharnos y por responder nuestras oraciones después de tantos años”.


En ese momento me di cuenta de algo: es cierto que éramos nosotros los que habíamos estado presos todos esos años, pero nuestras familias también habían sufrido mucho.


Todo ese tiempo le estuvieron orando a Jehová por nosotros, pidiéndole que nos ayudara.


Y nos sentimos muy felices de ver cómo Jehová respondió en un solo día las oraciones que todos habíamos hecho.


Aunque Isaac estuvo preso con nosotros esos 26 años, él no se había bautizado.


Pero siempre fue un ejemplo para nosotros por su aguante y su lealtad a Jehová.


Cuando nos liberaron de la prisión, nos enteramos de algo que nos hizo muy felices.


Supimos que algunos de los guardias que nos habían vigilado en prisión habían aceptado la verdad y se habían hecho testigos de Jehová.


Luego, con el paso del tiempo, nos hemos ido enterando de que varias personas a las que les predicamos mientras estábamos presos aceptaron la verdad y llegaron a ser nuestros hermanos después de que se fueron de la cárcel.


Saber eso… la verdad es que nos hace sentir que el aguante que mostramos todo ese tiempo valió la pena.


Además, mientras estábamos en prisión, hubo otras cosas que nos fortalecieron mucho.


Por ejemplo, supimos que, por todo el mundo, había hermanos orando por nosotros en todo momento.


También nos mandaban cartas y cosas, cosas básicas que necesitábamos.


Los hermanos no se cansaron nunca de orar por nosotros.


Hasta los niños, que no podían pronunciar nuestros nombres, estaban orando.


También quiero darles las gracias a los hermanos que trabajan en el Departamento de Asuntos Legales.


Ellos trabajan mucho por los hermanos que están presos.


Se esforzaron por defendernos en distintos tribunales; ellos fueron nuestra voz.


Estos hermanos no se rindieron nunca.


Ellos siguieron tocando todas las puertas posibles.


Saber eso mientras estábamos presos nos ayudó a seguir aguantando porque sentíamos que afuera estaban luchando por nosotros para que saliéramos de prisión.


Tener la seguridad de que cuentas con el apoyo de tantos hermanos te da fuerzas para seguir adelante y no rendirte.


Es cierto que ahora estamos libres, pero no sabemos lo que va a pasar ni los cambios que vendrán.


Y por eso no es bueno tener miedo a ir a la cárcel ni a ser perseguidos.


Ahora es el momento de prepararnos, de fortalecernos para cuando venga la persecución.


Jehová nos ayudará a aguantar cualquier prueba.


Solo tenemos que pedírselo en oración, y seremos capaces de aguantar.


He aprendido que, sin importar lo que pase, lo veamos venir o no, él nos dará las fuerzas para seguir adelante.


La vida en prisión es muy difícil.


Lo recuerdo muy bien.


Sigo orando por los hermanos y las hermanas que todavía están encarcelados, para que estén bien y para que puedan adorar a Jehová en libertad.


Especialmente, siempre pido que los guardias que están ahí en la cárcel dejen de tratarlos con tanta crueldad.


Algunas de las hermanas no han podido ver a sus hijos crecer, y algunos hermanos ni siquiera han podido conocer a sus hijos.


Así que espero que pronto puedan salir de la cárcel, como yo.


Y hay algo que quiero decirles a los hermanos de todo el mundo: por favor, no dejen de orar por los que están en prisión.


Que nos hayan liberado a nosotros no significa que no queden hermanos en la cárcel.


Hay muchos ahí todavía y siguen metiendo a más.


Sigamos pensando en ellos, en lo que están sufriendo, y hablemos de ellos con otros.


Eso los va a ayudar mucho.


Y, de verdad, quisiera repetir esto, hermanos: por favor, no dejen de orar por todos ellos.








Tal vez te interesen estas entradas

Entrada destacada

JW Broadcasting: Mayo de 2026 [1:04:03]

Bienvenidos a JW Broadcasting®. ¿Qué clase de padre es Jehová? Hoy veremos la respuesta a esta…

Entradas Populares

Robert Luccioni: Tengamos muy presentes las promesas de Jehová (Apoc. 7:9) [10:26]

Robert Luccioni: Tengamos muy presentes las promesas de Jehová (Apoc. 7:9) [10:26]

Podemos encontrar el texto de hoy en Apocalipsis, capítulo…

Joel Dellinger: El día de Jehová “no llegará tarde” (Hab. 2:3)

Joel Dellinger: El día de Jehová “no llegará tarde” (Hab. 2:3)

¿Has dicho alguna vez “hasta cuándo”? Si estás pasando por …

Paul Gillies: “Felices los que fomentan la paz” (Mat. 5:9) [10:16]

Paul Gillies: “Felices los que fomentan la paz” (Mat. 5:9) [10:16]

En Mateo 5:9, Jesús dio una razón muy importante por la qu…

JW Broadcasting: Mayo de 2026 [1:04:03]

JW Broadcasting: Mayo de 2026 [1:04:03]

Bienvenidos a JW Broadcasting®. ¿Qué clase de padre es J…