Esta mañana vamos a hablar sobre la sabiduría.
La persona que es sabia ve la mejor manera de usar el conocimiento y el entendimiento para decidir bien, para resolver problemas, para evitar los peligros y para dar buenos consejos cuando otras personas los necesiten.
Y, claro, no podemos confiar en nuestro propio entendimiento, conocimiento y sabiduría; más bien, confiamos en el único que es realmente sabio, Jehová.
¿Por qué?
Bueno, como dice el Salmo 19, “los recordatorios de Jehová son confiables, hacen sabio al inexperto”.
Hoy percibimos la sabiduría de Jehová de varias maneras.
Por ejemplo, una de ellas es a través de su Palabra.
También por medio del espíritu santo y por el alimento espiritual que el Cuerpo Gobernante nos hace llegar.
¿Y por qué confiamos en esta sabiduría?
Bueno, sencillamente por lo que dijo Jesús en Mateo 11:19.
Allí Jesús dijo una verdad fundamental: “La sabiduría queda demostrada por sus resultados”.
Escuchar los consejos de Jehová siempre trae buenos resultados, siempre mejora nuestras vidas; nunca falla.
Pero, claro, como somos imperfectos, por más que lo intentemos, fallamos.
No siempre tomamos las mejores decisiones.
Estamos limitados.
Por eso, en estos minutos, vamos a hablar de ciertas decisiones o formas de actuar que pudieran parecernos sabias, pero que en realidad no lo son porque no se basan en “la sabiduría de arriba”.
Veamos el primer ejemplo.
¿Es suficiente con que una persona tenga buenas intenciones y buenos motivos para que sus consejos sean realmente sabios?
Dejemos que la Biblia misma conteste esa pregunta.
Abrámosla en Mateo, capítulo 16.
En el versículo 21, Jesús les explica a sus discípulos que tenía que sufrir muchas cosas y que iba a ser ejecutado.
¿Y cómo reacciona Pedro?
Miren lo que dice el versículo 22: “Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo: ‘¡Señor, no seas tan duro contigo mismo!
Eso jamás te va a pasar a ti’”.
¿Tenía buenas intenciones Pedro?
Sí.
¿Tenía buenos motivos?
Sí.
¿Fue su consejo sabio?
No.
Y Jesús explicó por qué en el siguiente versículo, en el 23, en su parte b: “Eres un estorbo en mi camino, porque no estás pensando como piensa Dios, sino como piensa el hombre”.
Jesús vino a la Tierra para cumplir con todas las profecías y el propósito de Jehová, lo que incluía su muerte.
Jesús no iba a permitir que nada ni nadie lo desanimara ni le impidiera cumplir con la voluntad de Jehová.
Las palabras de Pedro mostraban sus buenas intenciones, pero no la sabiduría de arriba.
Veamos otra situación.
Imaginemos que alguien está pasando por un problema gravísimo y está sufriendo mucho.
Ya no puede más; solo quiere un respiro, un poco de alivio.
Y entonces alguien le da una sugerencia para que pueda sentirse mejor.
¿Pero será sabia?
Busquemos la respuesta en 1 Samuel, capítulo 26.
Este relato nos cuenta que David está huyendo del rey Saúl, que quiere matarlo.
Así que David está muy angustiado.
Pero, en cierto momento, se entera de dónde está el campamento de Saúl.
Entonces, de noche, David y Abisái entran en el campamento y se acercan a Saúl mientras los soldados duermen.
¿Y qué dijo Abisái?
Leamos 1 Samuel 26:8: “Abisái le dijo a David: ‘Hoy Dios te está entregando a tu enemigo en tus manos.
Por favor, déjame clavarlo al suelo con la lanza.
Un solo golpe bastará, no tendré que darle otro’”.
¿Qué le estaba queriendo decir?
“Jehová te lo está entregando.
Mátalo.
Está aquí.
Por fin vas a tener el alivio que necesitas.
Yo te ayudo”.
¿Le pareció sabio a David el consejo de Abisái?
Para nada.
En el versículo 9, David le dice: “Si mato a Saúl, seré culpable ante Jehová”.
En el versículo 10 le dice: “Jehová se va a encargar de él a su debido tiempo”.
Pero en el 11 dice: “Sabiendo cómo ve Jehová las cosas, ¡jamás se me ocurriría ponerle la mano encima al ungido de Jehová!”.
“Sabiendo cómo ve Jehová las cosas”.
David no quería seguir este consejo —aunque le aliviaría su sufrimiento— porque sabía muy bien que implicaba hacer algo que a Jehová no le gustaba.
De la misma manera, nunca deberíamos ni dar ni aceptar consejos opuestos a la manera de pensar de Jehová, aunque nos traigan cierto alivio o nos permitan salir de una prueba difícil.
El siguiente punto que vamos a tocar es el hecho de que a veces nos afecta quién nos da el consejo y cómo lo da.
Y basándonos en eso decidimos si nos parece que es sabio o que no lo es.
¿Dónde aparece esta idea en la Biblia?
Busquemos, por favor, el libro de Eclesiastés, capítulo 9, y leeremos los versículos 16 y 17.
Recordemos que estamos hablando de cómo nos afecta quién da el consejo y cómo lo da.
El 16 dice: “Y me dije a mí mismo: ‘La sabiduría es mejor que la fuerza; aun así, la sabiduría del pobre se desprecia y no se hace caso de sus palabras’”.
El 17: “Es mejor hacer caso de las calmadas palabras del sabio que de los gritos del que gobierna entre los tontos”.
¿Qué quieren decir estos versículos?
Cuando una persona conocida, con confianza en sí misma, con mucha personalidad, dice algo, la gente se suele sentir más inclinada a creer que lo que dice es importante; pero puede que lo que diga esta persona tan prominente no tenga ningún valor.
Por otro lado, puede que haya alguien menos conocido, más callado, humilde… Y, como no es una persona tan importante o conocida, quizás pensemos que, bueno, lo que dice… no vale la pena que lo escuchemos.
El apóstol Pablo les escribió a los primeros cristianos por un asunto como este.
En 1 Timoteo, en el capítulo 1, Pablo habla de los que estaban apartándose de la fe y diciendo cosas que no deberían.
Fíjense en lo que menciona 1 Timoteo 1:7.
Ahí dice de estos falsos maestros: “Quieren ser maestros de la ley [y noten ahora], pero no entienden ni las cosas que dicen ni las cosas en las que insisten tanto”.
Estos maestros parecían importantes.
Hablaban con seguridad, con convicción, con entusiasmo…, pero estaban equivocados.
La obra Perspicacia habla sobre la descripción que hizo Pablo de estos hombres.
Ahí dice: “Pablo conocía la tendencia humana a dejarse atraer por quienes tienen una educación destacada, un gran talento o una personalidad y manera de hablar enérgicas [reciben mucha atención]; sabía que las ‘palabras en tranquilidad de un hombre sabio pero necesitado’ a menudo se pasan por alto para prestar atención a quienes dan una mayor apariencia de poderío”.
¿Qué aprendemos?
Que a algunos les impresiona que otros hablen con voz fuerte, con mucha confianza en sí mismos…, con aires de superioridad; pero hablar fuerte y con convicción no es lo mismo que tener un buen argumento.
Así que tengamos cuidado de no guiarnos solo por quién lo dice y cómo lo dice.
Preguntémonos: “¿Refleja la sabiduría de arriba?”.
Esa es la clave.
Y finalmente veremos que necesitamos dos cualidades esenciales para que podamos reflejar la sabiduría de arriba.
Necesitamos cultivar humildad y modestia.
Cuando somos humildes, reconocemos que los demás pueden tener mejores ideas que las nuestras.
La modestia hace que reconozcamos nuestras limitaciones y que no siempre vamos a tener la razón.
Proverbios 18 nos ayuda a ver por qué es necesario cultivar humildad y modestia.
Abramos la Biblia, por favor, en Proverbios 18:17.
Veamos lo que dice: “El primero en presentar su caso parece tener la razón, hasta que viene la otra parte y lo interroga”.
Alguien pudiera llegar a una reunión en Betel o a una reunión de ancianos o cualquier otra reunión y proponer una superidea.
Pero después los demás le empiezan a hacer algunas preguntas, y resulta que la idea al final no era tan buena.
¿Y cómo se lo explicarían?
Seguramente lo harían razonando sobre el asunto y usando principios de la Biblia.
En resumen, lo que hemos aprendido esta mañana es que la sabiduría de arriba es muy valiosa.
Queremos aprender de Jehová, pero tenemos que estar atentos para no confundir la sabiduría humana con la sabiduría de arriba.
