Después de haberle dicho al pueblo lo que tenía que decirle, entró en Capernaúm.
Ahora bien, había un oficial del ejército que tenía un esclavo al que apreciaba mucho y que estaba muy enfermo, a punto de morir.
Cuando oyó hablar de Jesús, mandó a algunos ancianos de los judíos a pedirle que viniera a curar a su esclavo.
Ellos fueron adonde estaba Jesús y se pusieron a suplicarle con insistencia.
Este hombre se merece que le hagas ese favor, porque ama a nuestra nación y él fue quien nos construyó la sinagoga.
Así que Jesús se fue con ellos.
Pero, cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial del ejército envió a unos amigos a decirle: Señor, no te molestes en venir, porque no merezco que entres bajo mi techo.
Tampoco me consideré digno de presentarme ante ti.
Pero da la orden y mi siervo se curará.
Porque yo también obedezco órdenes y doy órdenes a los soldados que están bajo mi mando.
A uno le digo ‘¡Vete!’
y se va, y a otro le digo ‘¡Ven!’
y viene, y a mi esclavo le digo ‘¡Haz esto!’
y lo hace.
Al oír eso, Jesús se quedó asombrado y les dijo a los que lo seguían: Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga una fe tan grande.
Les digo que muchos vendrán del este y del oeste y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados afuera, a la oscuridad.
Ahí es donde llorarán y apretarán los dientes.
Ve y dile: “Que lo que pediste se cumpla de acuerdo con la fe que demostraste”.
¡Señor!
Y en ese momento su siervo se curó.
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al esclavo bien de salud.
Poco después de esto, viajó a una ciudad llamada Naín, y sus discípulos y una gran multitud viajaban con él.
Al acercarse a la puerta de la ciudad, resulta que estaban sacando a un muerto, el único hijo de una mujer.
Además, ella era viuda.
También iba con ella una multitud bastante grande de la ciudad.
Cuando el Señor vio a la mujer, se conmovió profundamente.
No llores más.
Enseguida se acercó y tocó la camilla funeraria, y los que la llevaban se detuvieron.
Joven, a ti te digo: ¡levántate!
El muerto se sentó y empezó a hablar.
¿Qué pasó?
¡Mi hijo!
¡Mi hijo!
¡Mi hijo, mi hijo!
¡Mi hijo!
¡Estás vivo, hijo!
Y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos se quedaron muy impresionados y empezaron a glorificar a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, y “Dios se ha acordado de su pueblo”.
Y estas noticias acerca de él se extendieron por toda Judea y por toda aquella región.
Entonces los discípulos de Juan le contaron a este todas estas cosas.
De modo que Juan mandó llamar a dos de sus discípulos y los envió a preguntarle al Señor: ¿Eres tú el que tiene que venir, o tenemos que esperar a otro?
Cuando llegaron adonde estaba Jesús, los hombres le dijeron: Juan el Bautista nos envió a preguntarte si eres tú el que tiene que venir o si tenemos que esperar a otro.
En ese momento, él curó a muchas personas de enfermedades, de dolencias graves y de espíritus malvados, y les concedió la vista a muchos ciegos.
Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: ahora los ciegos ven, los lisiados caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncian las buenas noticias.
Feliz el que no tropieza por mi causa.
Cuando los mensajeros de Juan se habían ido, Jesús se puso a hablarles a las multitudes acerca de Juan.
¿Qué salieron a ver en el desierto?
¿Una caña sacudida por el viento?
Entonces, ¿qué salieron a ver?
¿A un hombre vestido con ropa fina?
¡Si los que llevan ropa espléndida y viven rodeados de lujo están en casas de reyes!
Pero, entonces, ¿qué salieron a ver?
¿A un profeta?
Les digo que sí, y mucho más que un profeta.
Es aquel de quien está escrito: “¡Mira!
Voy a enviar a mi mensajero delante de ti, y él irá delante de ti preparándote el camino”.
¡Miren, el Cordero de Dios!
Les digo que entre los seres humanos no hay nadie mayor que Juan.
Sin embargo, el que es menor en el Reino de Dios es mayor que él.
Desde los días de Juan el Bautista, el Reino de los cielos es la meta hacia la que la gente avanza con empeño.
Y los que avanzan con empeño logran alcanzarlo.
Porque, hasta la llegada de Juan, tanto los Profetas como la Ley profetizaron lo que pasaría.
Quieran aceptarlo o no, él es el “Elías que tenía que venir”.
El que tenga oídos, que escuche con atención.
Cuando todo el pueblo y los cobradores de impuestos oyeron esto, declararon que Dios es justo, pues habían sido bautizados con el bautismo de Juan.
Pero los fariseos y los expertos en la Ley, al no haber aceptado que él los bautizara, despreciaron la dirección que Dios les había dado.
¿Con quién compararé a esta generación?
Es como los niños que están sentados en las plazas de mercado y les gritan a sus compañeros de juegos: “Les tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron; les cantamos canciones de duelo, pero ustedes no se golpearon el pecho de tristeza”.
Porque llegó Juan sin comer ni beber y la gente dice: “Tiene un demonio”.
Y llegó el Hijo del Hombre, que sí come y bebe, y la gente dice: “¡Miren!
Un glotón y un bebedor de vino, que es amigo de cobradores de impuestos y pecadores”.
En cualquier caso, la sabiduría queda demostrada por sus resultados.
Entonces, empezó a reprender a las ciudades donde había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían arrepentido: ¡Ay de ti, Corazín!
¡Ay de ti, Betsaida!
Porque, si los milagros que se hicieron en ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían arrepentido con tela de saco y ceniza.
Les digo que el Día del Juicio les será más soportable a Tiro y a Sidón que a ustedes.
Y tú, Capernaúm, ¿acaso vas a ser elevada hasta el cielo?
Bajarás hasta la Tumba.
Porque, si los milagros que se hicieron en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad todavía existiría.
Te digo que el Día del Juicio le será más soportable a la tierra de Sodoma que a ti.
Te alabo públicamente, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has escondido estas cosas de los intelectuales y sabios, y se las has revelado a los niños pequeños.
Sí, Padre mío, porque te ha parecido bien hacerlo así.
Mi Padre me ha entregado todas las cosas.
Nadie conoce realmente al Hijo excepto el Padre.
Y nadie conoce realmente al Padre excepto el Hijo y todo aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos ustedes, que trabajan duro y están sobrecargados, y yo los aliviaré.
Pónganse bajo mi yugo y aprendan de mí, porque soy apacible y humilde de corazón.
Conmigo encontrarán alivio.
Porque mi yugo es fácil de llevar y mi carga pesa poco.
Ahora bien, uno de los fariseos insistía en invitarlo a comer con él.
Así que Jesús entró en la casa del fariseo y se sentó a la mesa.
Y sucedió que una mujer que era conocida en la ciudad como pecadora se enteró de que él estaba comiendo en casa del fariseo y trajo un frasco de alabastro lleno de aceite perfumado.
Se puso detrás de él, llorando junto a sus pies, y comenzó a mojárselos con sus lágrimas y a secárselos con su cabello.
También le besaba los pies tiernamente, y derramó el aceite perfumado sobre ellos.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo a sí mismo: Si este hombre fuera realmente un profeta, sabría quién lo está tocando; sabría qué clase de mujer es: una pecadora.
Simón, tengo algo que decirte.
¡Dime, Maestro!
Dos hombres le debían dinero a un prestamista; uno le debía 500 denarios, y el otro, 50.
Como no tenían con qué pagarle, los perdonó generosamente a los dos.
Entonces, ¿cuál de ellos lo amará más?
Supongo que el hombre al que le perdonó más.
Contestaste bien.
¿Ves a esta mujer?
Entré en tu casa y no me diste agua para los pies, pero esta mujer me ha mojado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su cabello.
No me diste un beso, pero esta mujer, desde el momento en que entré, no ha dejado de besarme los pies tiernamente.
No me pusiste aceite en la cabeza, pero esta mujer derramó aceite perfumado sobre mis pies.
Por esta razón te digo que los pecados de ella, aunque son muchos, quedan perdonados, porque amó mucho.
Pero, a quien se le perdona poco, ese ama poco.
Tus pecados quedan perdonados.
¿Quién es este hombre que hasta perdona pecados?
Tu fe te ha salvado.
Vete en paz.
Poco después, él fue de ciudad en ciudad y de aldea en aldea predicando y anunciando las buenas noticias del Reino de Dios.
Con él iban los Doce, así como ciertas mujeres que habían sido curadas de espíritus malvados y de enfermedades: María, a quien llamaban Magdalena —de quien habían salido siete demonios—, Juana la esposa de Cuza —el encargado de la casa de Herodes—, Susana y muchas otras mujeres que usaban sus bienes para atenderlos.
Después Jesús entró en una casa, y una vez más se reunió tal multitud que ellos ni siquiera podían comer.
Entonces le trajeron a un endemoniado que estaba ciego y mudo.
Y Jesús lo curó, de manera que el mudo pudo hablar y ver.
Todas las multitudes quedaron impactadas.
¿No será este el Hijo de David?
Este expulsa a los demonios por medio de Belcebú, el gobernante de los demonios.
Sabiendo lo que pensaban, él les dijo: Todo reino dividido internamente va a la ruina y ninguna ciudad o familia dividida internamente se mantendrá en pie.
De la misma manera, si Satanás expulsa a Satanás, está dividido internamente.
¿Cómo podrá su reino seguir en pie?
Además, si yo expulso a los demonios por medio de Belcebú, ¿por medio de quién los expulsan los hijos de ustedes?
Por eso ellos mismos los juzgarán a ustedes.
Pero, si yo expulso a los demonios por medio del espíritu de Dios, es que el Reino de Dios los ha tomado a ustedes desprevenidos.
Además, si alguien quiere invadir la casa de un hombre fuerte y robarle sus cosas, primero tiene que atar al hombre, ¿no les parece?
Solo entonces le podrá saquear la casa.
El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama.
Por eso les digo que a los hombres se les perdonará todo tipo de pecado y blasfemia, pero la blasfemia contra el espíritu no se les perdonará.
Por ejemplo, al que diga algo contra el Hijo del Hombre, su pecado se le perdonará; pero al que hable contra el espíritu santo no se le perdonará, no, ni en este sistema ni en el que va a venir.
O hacen que sea un árbol bueno y su fruto bueno, o hacen que sea un árbol podrido y su fruto podrido.
Porque el árbol se conoce por su fruto.
Crías de víboras, ¿cómo pueden hablar cosas buenas si son malos?
Porque la boca habla de lo que abunda en el corazón.
La persona buena saca cosas buenas de su tesoro de bondad; mientras que la persona mala saca cosas malas de su tesoro de maldad.
Les digo que en el Día del Juicio la gente tendrá que dar cuenta de cualquier cosa inútil que diga.
Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado.
Maestro, queremos que nos des una señal.
Esta generación infiel y malvada siempre anda buscando una señal.
Pero no se le dará ninguna excepto la señal de Jonás el profeta.
Porque, así como Jonás estuvo en el vientre del gran pez tres días y tres noches, el Hijo del Hombre estará en el corazón de la tierra tres días y tres noches.
En el juicio, los habitantes de Nínive se levantarán con esta generación y la condenarán.
Porque ellos se arrepintieron al escuchar lo que Jonás predicó.
Pero, fíjense, aquí tienen a alguien que es más que Jonás.
Y, en el juicio, la reina del sur se levantará con esta generación y la condenará.
Porque ella vino desde el último rincón de la tierra para oír la sabiduría de Salomón.
Pero, fíjense, aquí tienen a alguien que es más que Salomón.
Cuando un espíritu maligno sale de una persona, pasa por lugares resecos buscando un sitio donde descansar, pero no lo encuentra.
Entonces dice: “Volveré a mi casa, de la que me fui”.
Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y decorada.
Entonces se va y lleva a otros siete espíritus todavía peores que él y, después de meterse dentro, se quedan allí.
Y la situación final de la persona resulta peor que la primera.
Eso es lo que le pasará a esta generación malvada.
Cuando su familia se enteró de lo que estaba pasando, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: “Se ha vuelto loco”.
Mira, tu madre y tus hermanos están de pie afuera y quieren hablar contigo.
¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?
¡Mira!
¡Estos son mi madre y mis hermanos!
Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a la orilla del mar.
Y las multitudes que llegaron eran tan grandes que él se subió a una barca y se sentó, mientras toda la multitud estaba de pie en la playa.
Entonces les enseñó muchas cosas usando comparaciones.
¡Escuchen!
Un sembrador salió a sembrar.
Y, al ir sembrando, algunas semillas cayeron junto al camino, y vinieron las aves y se las comieron.
Otras cayeron en terreno rocoso, donde había poca tierra, y brotaron enseguida porque la tierra no tenía profundidad.
Pero, cuando salió el sol, las plantas se quemaron y se marchitaron porque tenían pocas raíces.
Otras cayeron entre espinos, y los espinos crecieron y las ahogaron.
Y otras cayeron en la tierra buena y empezaron a dar fruto: unas dieron 100 veces más de lo que se había sembrado; otras 60, y otras 30.
El que tenga oídos, que escuche con atención.
De modo que los discípulos se acercaron y le preguntaron: ¿Por qué les hablas usando comparaciones?
A ustedes se les concede entender los secretos sagrados del Reino de los cielos, pero a ellos no.
Porque al que tiene se le dará más, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
Por eso les hablo a ellos usando comparaciones.
Aunque ven, en realidad no ven y, aunque oyen, no oyen ni tampoco comprenden nada.
En ellos se cumple esta profecía de Isaías: “Ustedes van a oír, pero jamás van a comprender.
Van a mirar, pero jamás van a ver.
Porque el corazón de este pueblo se ha hecho insensible.
Se han tapado los oídos y han cerrado los ojos, para que nunca vean con los ojos ni oigan con los oídos ni comprendan con el corazón ni regresen a Dios y yo los sane”.
Sin embargo, felices los ojos de ustedes, que ven, y sus oídos, que oyen.
Porque les aseguro que muchos profetas y personas justas desearon ver las cosas que ustedes están observando, pero no las vieron, y oír las cosas que ustedes están oyendo, pero no las oyeron.
Así que ahora escuchen lo que significa el ejemplo del sembrador.
Cuando alguien oye la palabra del Reino pero no la comprende, el Maligno viene y arranca lo que se sembró en su corazón.
Esta es la semilla que se sembró junto al camino.
La semilla que se sembró en terreno rocoso es el que oye la palabra y enseguida la acepta con alegría.
Pero no tiene raíces profundas en su interior y solo sigue adelante por un tiempo.
Cuando surgen dificultades o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza.
La semilla que se sembró entre los espinos es el que oye la palabra pero deja que las preocupaciones de este sistema y el poder engañoso de las riquezas la ahoguen, y por eso la palabra no da fruto.
Y la semilla que se sembró en la tierra buena son los que oyen la palabra y comprenden su significado.
Estos sí dan fruto.
Unos producen 100 veces más; otros 60, y otros 30.
El Reino de los cielos puede compararse a un hombre que sembró en su campo buena semilla.
Mientras los hombres dormían, vino su enemigo, sembró mala hierba entre el trigo y se fue.
Cuando los tallos brotaron y aparecieron las espigas, también apareció la mala hierba.
Así que los esclavos del señor de la casa vinieron y le dijeron: “Amo, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?
Entonces, ¿por qué hay mala hierba?”.
Él les dijo: “Esto lo hizo un hombre, un enemigo”.
Los esclavos le preguntaron: “¿Quieres que vayamos y la arranquemos?”.
Él respondió: “No, no sea que al arrancar la mala hierba arranquen también el trigo.
Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y en la temporada de la cosecha les diré a los cosechadores que primero arranquen la mala hierba y la aten en manojos para quemarla y que luego recojan el trigo y lo guarden en mi granero”.
El Reino de los cielos es como un grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.
Esta semilla es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es la más grande de todas las plantas de huerto y se convierte en un árbol, y así las aves del cielo vienen a refugiarse entre sus ramas.
El Reino de los cielos es como la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres grandes medidas de harina.
Al final, toda la masa fermentó.
Jesús les dijo todas estas cosas a las multitudes usando comparaciones.
De hecho, nunca les hablaba sin utilizar alguna comparación.
Así se cumplió lo que se había anunciado por medio del profeta, que dijo: “Abriré mi boca usando comparaciones; proclamaré cosas que han estado escondidas desde la fundación”.
Luego, después de despedir a las multitudes, entró en la casa.
Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: Explícanos el ejemplo de la mala hierba en el campo.
El sembrador de la buena semilla es el Hijo del Hombre.
El campo es el mundo.
La buena semilla son los hijos del Reino.
La mala hierba son los hijos del Maligno y el enemigo que la sembró es el Diablo.
La cosecha es la conclusión de un sistema y los cosechadores son los ángeles.
De manera que, así como se arranca la mala hierba y se quema en el fuego, así pasará en la conclusión del sistema.
El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y ellos sacarán de su Reino todas las cosas que llevan al pecado y a las personas que violan la ley, y las arrojarán en el horno de fuego.
Ahí es donde llorarán y apretarán los dientes.
En ese tiempo, los justos brillarán en el Reino de su Padre tanto como el sol.
El que tenga oídos, que escuche con atención.
El Reino de los cielos es como un tesoro que estaba escondido en un campo y que un hombre encontró.
El hombre lo volvió a esconder y, de la alegría que le dio, fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo.
El Reino de los cielos también es como un comerciante viajero que buscaba perlas finas.
Al encontrar una perla muy valiosa, se fue y enseguida vendió todas las cosas que tenía y la compró.
El Reino de los cielos también es como una red de pesca que bajaron al mar y recogió peces de todo tipo.
Cuando se llenó, la arrastraron hasta la playa, se sentaron y pusieron los peces buenos en recipientes, pero los que no servían los desecharon.
Eso es lo que pasará en la conclusión del sistema.
Los ángeles saldrán, separarán a los malvados de los justos y los echarán en el horno de fuego.
Ahí es donde llorarán y apretarán los dientes.
¿Comprendieron el sentido de todo esto?
— Sí.
— Sí.
Sí.
En ese caso, sepan esto: todo maestro que ha sido instruido acerca del Reino de los cielos es como un hombre, el señor de la casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.
Después de ponerles estas comparaciones, Jesús se fue de allí.
