Episodio 4: “Para eso he venido” [54:56]


Y entraron en Capernaúm.


En cuanto comenzó el sábado, él entró en la sinagoga y se puso a enseñar.


La gente quedó impactada con su manera de enseñar, porque les enseñaba como alguien con autoridad, y no como los escribas.


Justo en ese momento estaba en la sinagoga de ellos un hombre poseído por un espíritu maligno.


Para que se asombren.


¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús el Nazareno?


¿Viniste a destruirnos?


Sé perfectamente quién eres: ¡el Santo de Dios!


¡Basta!


¡Cállate y sal de él!


Y el espíritu maligno, después de provocarle convulsiones al hombre y de gritar con todas sus fuerzas, salió de él.


Todos quedaron tan asombrados que empezaron a debatir el asunto entre ellos.


Pero ¿qué es esto?


¡Es una nueva forma de enseñar!


Hasta a los espíritus malignos les da órdenes con autoridad, y estos lo obedecen.


De modo que la fama de Jesús enseguida se extendió en todas direcciones, por toda la región de Galilea.


¡Es un milagro!


Luego salieron de la sinagoga y, junto con Santiago y Juan, fueron a la casa de Simón y Andrés.


Y resulta que la suegra de Simón tenía una fiebre muy alta, y le pidieron que la ayudara.


Así que se inclinó sobre ella.


—Fiebre...


—Y reprendió a la fiebre.


… sal de ella.


Y la fiebre se le fue.


Al instante ella se levantó y se puso a atenderlos.


Cuando se estaba poniendo el sol, todos los que tenían enfermos, con diferentes enfermedades, se los llevaron a él.


Rabí.


Maestro.


¡Por favor, acércate, Rabí!


¡Maestro, ayúdanos, por favor!


Y él los curó poniendo las manos sobre cada uno de ellos.


Esto pasó para que se cumpliera lo que se había dicho por medio del profeta Isaías: “Él mismo tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias”.


También de mucha gente salían demonios gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios!


Cállate y sal de él.


Pero él los reprendía y no los dejaba hablar porque ellos sabían que él era el Cristo.


Temprano por la mañana, mientras todavía estaba oscuro, se levantó y salió; se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar.


—Maestro.


—Maestro.


—Sal, por favor.


—Por favor, sal.


—Por favor, sal.


—Por favor.


Maestro.


¿Dónde está el Maestro?


¿Dónde está?


—¿Dónde está el Maestro?


—Maestro.


¡Por favor!


¿Dónde está el Maestro?


¿Dónde está el Maestro?


Por favor.


¿Dónde está?


Pero Simón y los que estaban con él salieron a buscarlo por todos lados, y lo encontraron.


Todos te están buscando.


Vámonos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también predique allí, porque para eso he venido.


Jesús fue por toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos y predicando las buenas noticias del Reino.


Y curaba a la gente de todo tipo de enfermedades y todo tipo de dolencias.


Su fama se extendió por toda Siria.


Le traían a todos los que sufrían enfermedades y fuertes dolores, a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos.


Y él los curaba.


¡Salgan de ella!


Ya eres libre.


Por eso lo seguían grandes multitudes de Galilea y de la Decápolis, así como de Jerusalén y Judea y de la región al otro lado del Jordán.


¡Un leproso!


¿Qué?


¿Qué dices?


¡Leproso!


—¡Vete de aquí!


—¡Leproso!


¡No te acerques!


—¡Vete!


—¡Leproso!


—¡Fuera!


—¡Aléjate!


Un leproso se le acercó suplicándole hasta de rodillas.


Yo sé que si tú quieres me puedes limpiar.


Jesús se conmovió tanto que extendió la mano y lo tocó.


Yo quiero.


Queda limpio.


Enseguida la lepra desapareció y él quedó limpio.


Entonces Jesús le mandó que se fuera, justo después de ordenarle con firmeza: Cuidado con decirle nada a nadie.


Eso sí, vete a presentarte ante el sacerdote y lleva por tu purificación las cosas que Moisés indicó, para que les sirva de testimonio.


Pero, después de irse, el hombre se puso a proclamar lo que había pasado y a divulgarlo por todas partes.


Así que Jesús ya no podía entrar libremente en ninguna ciudad.


Se quedaba a las afueras, en lugares retirados, y aun así la gente seguía viniendo de todos lados a verlo.


Él, por su parte, a menudo se iba a orar a lugares retirados.


Algunos días más tarde, Jesús volvió a entrar en Capernaúm, y corrió la voz de que estaba en casa.


Así que muchos se juntaron allí, tantos que no cabía ni uno más, ni siquiera a la entrada.


Y él se puso a predicarles el mensaje.


Entonces le trajeron a un paralítico, al que cargaban entre cuatro hombres.


Pero, como había allí una multitud, no pudieron entrar con él hasta donde estaba Jesús.


De verdad les aseguro que viene la hora —de hecho, ha llegado ya— en que los muertos oirán la voz del Hijo de…, oirán la voz… Así que quitaron parte del techo justo encima de él, hicieron una abertura y bajaron la camilla en la que estaba acostado el paralítico.


Suéltenlo.


Cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados.


Ahora bien, estaban sentados allí algunos escribas que razonaban en su corazón: ¿Por qué habla así este hombre?


Está blasfemando.


¿Quién puede perdonar pecados aparte de Dios?


Jesús, que enseguida se dio cuenta de que estaban razonando de ese modo entre ellos, les dijo: ¿Por qué están razonando eso en su corazón?


¿Qué es más fácil?


¿Decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados”, o decirle “levántate, recoge tu camilla y anda”?


Pero para que vean que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra...


Yo te digo: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa.


Al instante, y delante de todos, el hombre se levantó, recogió su camilla y salió caminando.


Todos quedaron asombrados y glorificaron a Dios, y decían: “Nunca hemos visto algo así”.


Una vez más, Jesús se fue a la orilla del mar.


Toda la multitud venía a verlo, y él les enseñaba.


Luego, al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo: Sé mi seguidor.


Enseguida Mateo se levantó y lo siguió.


Más tarde, Jesús y sus discípulos estuvieron comiendo en su casa.


También estuvieron con ellos en la comida muchos cobradores de impuestos y pecadores.


Y es que muchos de ellos lo seguían.


Pero los escribas que eran fariseos, al ver que Jesús comía con pecadores y cobradores de impuestos, se pusieron a decirles a los discípulos de él: ¿Él come con cobradores de impuestos y pecadores?


Los que están fuertes no necesitan un médico, pero los enfermos sí.


Así que vayan y aprendan lo que significan estas palabras: “Lo que quiero es compasión, no sacrificios”.


No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, para que se arrepientan.


Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: ¿Por qué nosotros y los fariseos tenemos la costumbre de ayunar pero tus discípulos no?


Cuando hay una boda, los amigos del novio no tienen por qué estar de duelo mientras el novio está con ellos, ¿verdad?


El que tiene a la novia es el novio.


Pero el amigo del novio, cuando está cerca de él y lo escucha, se siente inmensamente feliz al poder oír la voz del novio.


Pero llegará el día en que les quitarán al novio, y entonces sí ayunarán.


Nadie cose un parche de tela nueva en un manto viejo, porque la tela nueva, al encogerse, tira de la prenda vieja y la rotura se hace mayor.


Ni nadie pone vino nuevo en odres viejos.


Si esto se hiciera, el cuero reventaría y el vino se derramaría, y los odres ya no servirían para nada.


La gente pone el vino nuevo en odres nuevos, así se conservan las dos cosas.


Después de beber vino añejo, nadie quiere del nuevo, porque dice: “El añejo es bueno”.


Así que siguió predicando por las sinagogas de Judea.


Después de esto hubo una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.


Ahora bien, en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, hay un estanque llamado en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos.


En ese lugar estaba recostada una multitud de enfermos, ciegos, cojos y personas que tenían extremidades atrofiadas.


Y había allí un hombre que llevaba 38 años enfermo.


Al ver a este hombre allí acostado, y sabiendo que llevaba enfermo mucho tiempo, Jesús le preguntó: ¿Te gustaría ponerte bien?


Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando el agua se agita.


Además, cada vez que voy a entrar, alguien se me adelanta y baja antes que yo.


¡Levántate!


Recoge tu camilla y camina.


Y el hombre enseguida se puso bien, recogió su camilla y comenzó a caminar.


Aquel día era sábado.


Así que los judíos se pusieron a decirle al hombre que había sido curado: Hoy es sábado.


No te está permitido cargar la camilla.


El hombre que me curó me dijo “Recoge tu camilla y camina”.


¿Quién es el hombre que te dijo “Recógela y camina”?


Pero el hombre que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.


Después de esto, Jesús lo encontró en el templo y le dijo: Mira, te has curado.


Ya no peques más, no sea que te pase algo peor.


El hombre se fue y les dijo a los judíos que era Jesús el que lo había curado.


Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.


Mi Padre hasta ahora sigue trabajando, y yo también.


A raíz de eso, los judíos se esforzaron todavía más por matarlo, porque, además de no respetar el sábado, llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios.


De verdad les aseguro que el Hijo no puede hacer ni una sola cosa por su cuenta, solo hace lo que le ve hacer al Padre.


Porque todas las cosas que hace el Padre, el Hijo también las hace de la misma manera.


Porque el Padre quiere al Hijo y le enseña todas las cosas que él mismo hace, y le enseñará obras más grandes que estas para que ustedes se queden asombrados.


Porque, al igual que el Padre resucita a los muertos y les da vida, el Hijo también le da vida a quien él quiere dársela.


Porque el Padre no juzga a nadie, sino que le ha confiado la labor de juzgar al Hijo, para que todos honren al Hijo así como honran al Padre.


El que no honra al Hijo no honra al Padre, que lo envió.


De verdad les aseguro que el que oye mis palabras y cree en el que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida.


De verdad les aseguro que viene la hora —de hecho, ha llegado ya— en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan hecho caso vivirán.


Porque, tal como el Padre tiene vida en sí mismo, también le ha concedido al Hijo tener vida en sí mismo.


Y le ha dado autoridad para juzgar, porque él es el Hijo del Hombre.


No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán: los que hicieron cosas buenas, para una resurrección de vida, y los que hicieron cosas malas, para una resurrección de juicio.


Yo no puedo hacer ni una sola cosa por mi cuenta.


Juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque no busco hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.


Si solo yo diera testimonio a mi favor, mi testimonio no sería verdadero.


Pero hay otro que da testimonio a mi favor, y sé que el testimonio que él da acerca de mí es verdadero.


Le enviaron mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.


Ahora bien, yo no acepto el testimonio de ningún hombre, pero digo estas cosas para que ustedes se salven.


Ese hombre era una lámpara que ardía y brillaba, y ustedes por un poco de tiempo estuvieron dispuestos a alegrarse muchísimo con su luz.


Pero mi testimonio tiene más peso que el de Juan, porque las obras que mi Padre me mandó a hacer, estas obras que yo hago, confirman que el Padre me envió.


Y el Padre, que me envió, es quien ha dado testimonio acerca de mí.


Ustedes nunca han oído su voz ni han visto su aspecto, y su palabra no reside en ustedes porque no creen al que él envió.


Ustedes estudian con mucho cuidado las Escrituras porque piensan que por medio de ellas tendrán vida eterna; y son estas mismas las que dan testimonio acerca de mí.


Aun así, ustedes no quieren acudir a mí para tener vida.


Yo no acepto las alabanzas de la gente.


Pero sé muy bien que en ustedes no hay amor a Dios.


Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben.


Si viniera otro en su propio nombre, a ese sí lo recibirían.


¿Cómo van a creerme ustedes, que aceptan alabanzas unos de otros en vez de buscar la aprobación del único Dios?


No piensen que yo los voy a acusar delante del Padre.


El que los acusa a ustedes es Moisés, en quien ponen su esperanza.


En realidad, si le creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque él escribió sobre mí.


Pero, si no creen en sus escritos, ¿cómo van a creer lo que digo yo?


Ahora bien, él iba cruzando en sábado los campos de cereales, y sus discípulos comenzaron a arrancar algunas espigas mientras caminaban.


¡Mira eso!


¿Por qué están haciendo lo que no está permitido hacer en sábado?


¿Es que nunca han leído lo que hizo David cuando se vio en necesidad y él y sus hombres tuvieron hambre?


En el relato acerca del sacerdote principal Abiatar, cuando David entró en la casa de Dios, comió de los panes de la presentación.


Y nadie puede comer de ese pan excepto los sacerdotes.


Y David también los compartió con sus hombres.


Además, ¿no leyeron en la Ley que los sábados los sacerdotes en el templo no respetan el sábado y no por eso son culpables?


Pues yo les digo que tienen aquí algo más importante que el templo.


Si hubieran entendido qué significan las palabras “Lo que quiero es compasión, no sacrificios”, no habrían condenado a los que no son culpables.


El sábado se hizo para la gente, y no la gente para el sábado.


Así que el Hijo del Hombre es Señor hasta del sábado.


Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar.


Y había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.


Los escribas y los fariseos no le quitaban los ojos de encima a Jesús para ver si curaba en sábado.


¿Está permitido curar a alguien en sábado?


Y así encontrar un motivo para acusarlo.


Entonces Jesús le pidió al hombre que tenía la mano paralizada: Levántate y ven aquí al centro.


¿Qué está permitido hacer en sábado?


¿Hacer el bien, o hacer daño?


¿Salvar una vida, o quitarla?


Pero ellos se quedaron callados.


Si tienen una oveja y esta se cae en un hoyo en sábado, ¿quién de ustedes no agarraría esa oveja y la sacaría de ahí?


¡Un hombre vale mucho más que una oveja!


De modo que está permitido hacer algo bueno en sábado.


Extiende la mano.


Cuando él la extendió, la mano se le recuperó y quedó sana como la otra.


Entonces los fariseos salieron de allí y de inmediato empezaron a reunirse con los miembros del partido de Herodes para planear la muerte de Jesús.


Pero Jesús se dirigió al mar con sus discípulos, y una gran multitud de Galilea y de Judea lo siguió.


Hasta de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán y de los alrededores de Tiro y Sidón llegó una gran multitud, pues habían oído todo lo que él hacía.


Así que él les pidió a sus discípulos que le tuvieran lista una pequeña barca para evitar que la multitud lo apretara.


Y es que, como había curado a tantos, todos los que tenían enfermedades graves se le echaban encima para tocarlo.


Hasta los espíritus malignos caían a sus pies cuando lo veían, y gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.


Pero una y otra vez Jesús les ordenaba con firmeza que no le dijeran a nadie quién era él.


Así se cumplió lo que se había dicho por medio del profeta Isaías: “Miren, este es mi siervo, a quien elegí; mi amado, quien tiene mi aprobación.


Pondré mi espíritu sobre él, y él les aclarará a las naciones lo que es la justicia.


No discutirá ni gritará.


Y nadie oirá su voz en las calles principales.


No romperá la caña que está quebrada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia.


Realmente, las naciones pondrán su esperanza en el nombre de él”.


Uno de esos días, él se fue a la montaña a orar y estuvo toda la noche orándole a Dios.


Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a 12 de ellos, a los que llamó apóstoles.


En el grupo de 12 que formó estaban Simón (a quien también llamó Pedro), Santiago hijo de Zebedeo y su hermano Juan (a quienes también llamó Boanerges, que significa “hijos del trueno”), Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananita y Judas Iscariote (el que más tarde lo traicionó).








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