Disfruta del ministerio: Buen uso del tiempo
Mi territorio consiste en su mayoría en edificios de departamentos.
En casi todos hay un sistema de seguridad que solo permite la entrada a los residentes.
Suelo salir por las mañanas, pero en una mañana puede ser que no hable con nadie.
Y me pregunto: “¿Será el territorio el problema o seré yo?”.
Servimos en el campo portugués, en Pretoria, una ciudad grandísima.
Cada vez es más difícil encontrar a las personas en casa o dar cursos bíblicos en las casas de las personas.
Y nos habíamos acostumbrado a ir a los parques y quedarnos allí hasta que apareciera alguien que hablara portugués.
Pero es que no hay tantos.
Estábamos esperando que la gente viniera a nosotros.
Y, como no venía nadie, nos desanimamos.
Algo tenía que cambiar.
Es algo muy bonito ver cómo el mensaje de la verdad le toca el corazón a una persona.
Y siempre le pido a Jehová poder ver eso.
Un día por fin me lo concedió.
Comencé un curso con alguien que no me fallaba.
Si hoy no podía estudiar, estudiaba mañana.
Pero, con el tiempo, estudiar la Biblia ya no era lo más importante para ella.
Poco a poco, perdió el entusiasmo que tenía.
Dejó de ir a las reuniones, ya no quería hacer cambios en su vida ni estar con los hermanos.
Durante una adoración en familia, mi esposo y yo habíamos hecho un horario para la predicación.
Y en mi horario yo había puesto: predicación por las mañanas y por las tardes hacía las tareas de la casa y otras cosas.
Ahora hago las tareas de la casa por las mañanas y por las tardes salgo a predicar cuando hay gente en casa.
Entonces le pedí a Jehová que me ayudara a ver si era el momento de dejar de darle clases de la Biblia a esta persona.
Busqué información y encontré un video sobre cómo ponerle fin a un curso.
Y entendí que era el momento de dejar de darle clases de la Biblia.
Pero no fue nada fácil.
Me encanta todo esto que nos han dicho de empezar conversaciones con la gente en las tiendas, en el parque o hasta con los vecinos.
Es una buena forma de aprovechar el tiempo porque hablas con la gente donde ella está: en los negocios, en las calles...
Empezamos un curso con un muchacho que vendía papas.
Y nos veíamos los martes, ahí mismo en la calle.
El muchacho progresó y se bautizó en menos de dos años.
Enseguida vi buenos resultados, porque empecé a encontrar gente en casa.
Cuando iba por las mañanas, no encontraba a nadie en casa.
Pero en las tardes, sí.
Cuando estamos en el carrito, en vez de estar ahí parados hablando el uno con el otro, tratamos de fijarnos en las personas que pasan.
Y, si nos miran, les sonreímos.
Una vez me fijé en una señora que llevaba puesto un collar que por costumbre llevan las personas que han perdido a un ser querido en la muerte.
Así que le pregunté con mucho respeto si había perdido a alguien, y me dijo que sí, que su padre había muerto y que ella estaba muy triste.
Entonces le leímos un texto sobre la esperanza de la resurrección, y le gustó mucho.
Dijo que eso le había salvado la vida.
Así aprovechamos mejor el tiempo.
No estamos vigilando el carrito.
Le puse fin al curso y me sentí fatal, aunque sabía que en realidad tenía que ponerle fin al curso.
Desde ese momento, tuve que dejarla en manos de Jehová.
Jehová se va a encargar de ella.
Si es su voluntad, en otro momento ella va a aprender de Jehová; aunque sea con otra persona, ella va a aprender.
Empecé a hacer más revisitas, a dirigir otros cursos...
Esta vez con personas que sí estaban progresando y querían hacer cambios.
Ahora les dedico mi tiempo y energías a estas personas.
Cuando lo pienso, el territorio y la gente son los mismos: lo que cambió fue mi horario.
Y, ahora que puedo encontrar a más personas y hablar con ellas, disfruto mucho más la predicación.
Jehová quiere que aprovechemos nuestro tiempo para encontrar a personas de buen corazón.
Si recordamos que las vidas de las personas están en juego, siempre usaremos bien el tiempo.